Editorial

¿Está lista República Dominicana para una mujer presidenta… o solo nos gusta la idea?

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@abrilpenaabreu

La pregunta incómoda no es si una mujer puede gobernar, porque eso ya está respondido, hay mujeres dirigiendo ministerios, empresas, universidades, organismos internacionales y sosteniendo hogares enteros con una eficiencia que ningún discurso necesita validar. La verdadera pregunta es otra, más difícil y más reveladora: ¿estamos listos para obedecer, cuestionar, criticar y evaluar a una mujer en el poder con la misma vara con la que evaluamos a un hombre?

Porque una cosa es aplaudir la idea de una mujer presidenta en abstracto, cuando es una posibilidad teórica y todavía cómoda, y otra muy distinta es verla tomando decisiones difíciles sobre seguridad, economía, migración o reformas impopulares, y juzgarla por esas decisiones sin que el género interfiera en el veredicto.

República Dominicana vive en eso una contradicción que merece nombrarse con honestidad, las mujeres dominicanas son hoy mayoría en las universidades del país, encabezan una parte importante de los hogares, tienen creciente presencia profesional y empresarial, y han demostrado en prácticamente todos los espacios donde se les ha dado acceso real que la capacidad no era el problema, sino el acceso mismo. Eso es real y hay que reconocerlo, pero al mismo tiempo seguimos siendo una sociedad profundamente conservadora en muchos aspectos, una donde a las mujeres en posiciones de poder se les juzga con frecuencia más por el tono de voz, el carácter, la ropa o la personalidad que por los resultados de su gestión, donde a un hombre fuerte se le llama líder y a una mujer firme se le llama mandona, emocional o difícil, y donde esa diferencia de vocabulario no es un detalle semántico sino el síntoma de un prejuicio que opera de manera silenciosa pero efectiva en la forma en que este país procesa el poder femenino.

Y aquí está la contradicción que el optimismo fácil prefiere ignorar: esta es también la misma sociedad que en 2026 todavía debate en los comentarios de redes sociales si una mujer asesinada se lo buscó porque dependía económicamente de alguien, que justifica de manera implícita o explícita los femicidios con la premisa del chapeo, que trata la autonomía femenina como una provocación y la dependencia como una condena, y que considera que todas las mujeres son cueros o chapiadoras hasta que demuestren lo contrario, y a veces ni así. Una sociedad que procesa así la vida cotidiana de las mujeres no está automáticamente lista para procesar su liderazgo político con ecuanimidad, porque esas dos cosas viven en el mismo ecosistema cultural y no se pueden separar con un discurso de campaña.

Los puestos de poder real tampoco cuentan la historia que el avance superficial sugiere. Con muy pocas excepciones genuinas, los centros de decisión económica, empresarial y política donde se construye el poder que importa siguen siendo predominantemente masculinos en este país, y eso no es un detalle menor porque el poder tiende a reproducirse en su propia imagen, a cooptar a quienes se le parecen y a tolerar a las que no solo hasta cierto punto, el punto en que empiezan a incomodar de verdad.

La historia latinoamericana ya ha dado ejemplos que no permiten conclusiones simples en ninguna dirección. Michelle Bachelet gobernó Chile con altos niveles de aprobación en distintos momentos. Cristina Fernández de Kirchner dejó una figura profundamente polarizante. Xiomara Castro enfrenta enormes retos institucionales en Honduras. Claudia Sheinbaum llegó al poder en uno de los países más complejos de la región. Lo que esos casos demuestran no es que las mujeres gobiernan mejor ni peor, sino que gobiernan igual de bien o igual de mal que los hombres según su visión, su carácter y su capacidad de administrar el poder, y que el género no es ni garantía de éxito ni excusa para el fracaso.

Entonces, ¿está el tema sobre la mesa porque la sociedad dominicana maduró o porque es electoralmente conveniente tenerlo ahí? Probablemente las dos cosas mezcladas, y hay que decirlo con esa honestidad, porque la presencia de figuras femeninas reales y poderosas dentro del PRM, con Carolina Mejía y Raquel Peña como referentes concretos, ha empujado una conversación que tiene sustancia propia, pero que también existe porque en este momento tiene utilidad política, y la prueba real de si es convicción o conveniencia la dará el momento en que esa mujer candidata tome una posición que incomode a los mismos que hoy aplauden la idea, porque ahí es precisamente donde los aplausos suelen volverse más escasos.

La pregunta no es si una mujer puede llegar al Palacio Nacional. La pregunta es si nosotros, como sociedad, estamos preparados para verla gobernar sin aplicarle un estándar diferente, sin exigirle que sea más suave cuando sea firme, más firme cuando sea empática, más sonriente cuando tome decisiones difíciles, ese doble estándar agotador que ningún hombre en el poder enfrenta con la misma intensidad y que en una sociedad que todavía debate si las mujeres asesinadas se lo buscaron, tiene un peso específico que no puede ignorarse.

Quizás República Dominicana está más lista de lo que creemos, o quizás solo está lista para la idea, que es una cosa muy distinta a estar lista para la realidad. Porque muchos que dicen estarlo lo están solo mientras la candidata responde al molde que tienen en la cabeza, hasta que tiene carácter, hasta que toma decisiones que incomodan, hasta que deja de ser el concepto abstracto de una mujer presidenta y se convierte en una mujer concreta con una agenda y con la disposición de ejercer el poder sin pedir permiso.

Ahí es donde está la verdadera prueba y ahí es donde este país todavía tiene trabajo por hacer, porque el techo de cristal no siempre está arriba. A veces sigue estando en la mente de los mismos que aplauden la idea.