Opinión

Cuba: el símbolo que vale más que el petróleo

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Por Abril Peña

Hay países que interesan por petróleo, otros por minerales estratégicos, algunos por mercados gigantescos, y luego está Cuba, una pequeña isla empobrecida, sin grandes reservas energéticas, con una economía colapsada y una población que sobrevive entre apagones, escasez y resignación acumulada, y sin embargo Donald Trump parece más obsesionado con ella que con países que tienen diez veces su peso económico. La pregunta es legítima y merece una respuesta honesta: ¿por qué?

Porque Cuba no es un negocio. Es un símbolo.

Para Trump, lograr un cambio político en la isla sería un trofeo histórico, el último gran bastión ideológico del hemisferio occidental, una victoria con enorme peso simbólico frente al electorado cubanoamericano de Florida donde el anticastrismo sigue siendo una fuerza política real y organizada, y un mensaje geopolítico en un mundo donde Washington mira con creciente incomodidad los vínculos de La Habana con Moscú, Pekín y Teherán, vínculos que figuras como Marco Rubio llevan años convirtiendo en argumento central de la política exterior hacia la isla. Reducir ese interés únicamente a cálculos electorales sería ingenuo, porque el Caribe sigue siendo para Estados Unidos un espacio estratégico de seguridad e influencia, y en un mundo donde las potencias vuelven a disputarse zonas de control, Cuba sigue siendo una pieza que supera ampliamente su peso económico real.

Pero detrás de la narrativa simplista de dictadura mala versus dictadura buena hay una realidad mucho más incómoda que conviene nombrar con honestidad, porque Cuba no cayó del cielo en manos de Fidel Castro.

Muchas veces se habla de la Revolución Cubana como si hubiera destruido una democracia funcional, cuando la realidad histórica es bastante más dura. Antes de Fidel estaba Fulgencio Batista, quien gobernó de forma dictatorial entre 1952 y 1959 tras un golpe de Estado que frenó elecciones democráticas, con un régimen marcado por represión, censura, corrupción, desigualdad extrema y estrechos vínculos con élites económicas, intereses extranjeros y mafias que encontraron en La Habana un gran centro de apuestas, prostitución y lavado de dinero. Fidel Castro no derrocó una democracia liberal, derrocó otra dictadura, y antes de Batista el país ya había atravesado décadas de caudillismos, golpes de Estado e inestabilidad que venían moldeando una cultura política de gobiernos fuertes mucho antes de 1959. Cuba arrastra desde hace casi un siglo una historia donde la democracia sostenida ha sido más la excepción que la regla.

El problema es que la revolución tampoco terminó siendo la respuesta que prometió. Cambió el color ideológico del poder pero no necesariamente su naturaleza, de un autoritarismo de derecha a uno de izquierda, con décadas de partido único, control político, censura, persecución de opositores y limitaciones severas a libertades fundamentales. El castrismo prometió emancipación y terminó construyendo un sistema donde disentir también tuvo consecuencias, aunque esas consecuencias vinieran envueltas en un discurso de soberanía y resistencia que para una parte significativa de la población no fue solo propaganda sino identidad.

Decir eso no obliga a ignorar otra verdad que también existe y que los análisis más simplistas suelen omitir: el régimen cubano produjo logros sociales reales, un sistema médico que durante décadas generó indicadores sanitarios admirables para un país con tan pocos recursos, formación masiva de médicos, desarrollo de vacunas, investigación biomédica que llegó a exportarse, y una potencia deportiva desproporcionada para el tamaño de su economía que compitió de tú a tú con países infinitamente más ricos en escenarios olímpicos y mundiales, todo eso pese al embargo, la pobreza y las limitaciones estructurales. Reconocer esos logros no implica justificar el sistema político, simplemente obliga a admitir algo incómodo: incluso modelos profundamente fallidos pueden producir éxitos concretos en determinadas áreas, y la Cuba de hoy, con sus apagones de veinte horas, su escasez de medicamentos, su fuga de talento y su cansancio social generalizado, es también el resultado del agotamiento de esos mismos logros que alguna vez fueron motivo de orgullo.

Y aquí aparece la pregunta que pocos parecen querer hacerse con la seriedad que merece. ¿Qué pasa si un día el castrismo finalmente cae?

Muchos fuera de Cuba parecen asumir que el día siguiente sería automático, elecciones, libre mercado, democracia, prosperidad y punto final, pero la historia demuestra que los países no funcionan así y que las democracias no se instalan como una aplicación en un teléfono sino que se aprenden, se construyen y se sostienen, y Cuba es una nación que ha vivido gran parte de su historia moderna bajo modelos de poder vertical, primero caudillismos y autoritarismos antes de Castro, luego más de seis décadas de control político bajo el castrismo, lo que significa generaciones enteras criadas bajo un sistema donde el Estado decidía gran parte de la vida cotidiana, donde la ideología moldeó la educación, la narrativa nacional y hasta la identidad política de millones de personas que no necesariamente comparten el mismo sueño que les atribuyen desde Miami o desde Washington.

La historia de las transiciones ofrece lecciones que conviene no ignorar. Polonia transitó hacia una democracia relativamente exitosa tras el colapso soviético. Rumanía vivió un proceso mucho más traumático. Rusia pasó del comunismo a un modelo que eventualmente regresó hacia un liderazgo fuerte y altamente centralizado. Vietnam y China optaron por apertura económica sin abandonar el control político del Estado. Nicaragua transitó de revolución a democracia para luego regresar hacia nuevas formas de concentración de poder. Pensar que Cuba inevitablemente escogería un modelo parecido al de las democracias liberales occidentales podría ser más un deseo externo que una certeza histórica, porque los pueblos también desarrollan valores propios, y décadas de resistencia, educación ideológica, nacionalismo y fuerte sentido comunitario moldean mentalidades que no se reescriben con un cambio de gobierno.

Muchos cubanos están agotados, quieren comida, electricidad, internet estable, medicinas y oportunidades, pero eso no significa necesariamente que todos estén soñando con convertirse en una copia política de Miami, y quizás el error de muchos análisis sobre Cuba es creer que el gran reto de la isla es tumbar una dictadura, cuando el verdadero reto podría venir después, porque aprender a vivir sin un régimen que durante más de seis décadas definió cómo pensar, qué decir, qué producir, qué consumir y hasta qué callar, podría ser mucho más difícil que derrocarlo.

Los pueblos no cambian únicamente cuando cambian los gobiernos. Cambian cuando cambian las costumbres, la cultura política y la forma de imaginar el futuro, y eso, en cualquier país, toma mucho más tiempo que una elección, algo que Donald Trump, que probablemente ve en Cuba un símbolo, un legado político, el último gran trofeo ideológico del Caribe, una pieza aún pendiente en un tablero hemisférico donde Estados Unidos no ha dejado de mirar con atención cualquier influencia rival en su patio trasero, haría bien en recordar antes de asumir que el día después de una transición en la isla será tan simple como la narrativa que lo llevó a obsesionarse con ella.

Cuba podría estar acercándose al final de una era, pero la historia demuestra que las revoluciones dejan cicatrices y moldean mentalidades, y los pueblos, después de décadas de una misma forma de vivir, rara vez cambian tan rápido como el resto del mundo espera.