Opinión

Colombia ante su hora decisiva: entre la esperanza de cambio y el riesgo de repetir su historia

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Por Rosanna Barrera

Hay momentos en la vida de las naciones en los que votar deja de ser un simple acto democrático y se convierte en una revisión histórica de sus propios errores. Colombia se encuentra exactamente en ese punto.

Las próximas elecciones presidenciales no representan únicamente la escogencia de un nuevo jefe de Estado. Representan algo mucho más profundo: la evaluación de décadas de aciertos parciales, fracturas políticas, promesas incumplidas, ciclos de polarización y modelos ideológicos que, una y otra vez, han demostrado que por sí solos no construyen desarrollo.

Porque la historia reciente de Colombia —y, en gran medida, la de América Latina— deja una lección que todavía muchos gobiernos se resisten a comprender: cambiar de corriente política no garantiza transformación. Cambiar de discurso no garantiza gobernabilidad. Y cambiar de ideología no sustituye la capacidad de administrar un Estado.

El espejismo del cambio: cuando la ideología no basta

Durante años, Colombia transitó por distintos modelos políticos que prometieron corregir errores estructurales.

Álvaro Uribe

encarnó seguridad, autoridad y recuperación del control territorial, aunque acompañado de una polarización que marcó profundamente el debate nacional.

Juan Manuel Santos dejó como principal legado la apuesta por la paz, fortaleciendo imagen institucional e influencia diplomática, pero también abriendo divisiones profundas sobre cómo reconciliar justicia, memoria y estabilidad.

Iván Duque representó continuidad institucional y cierta estabilidad económica, aunque terminó atrapado entre protestas sociales, desgaste político y cuestionamientos sobre capacidad de liderazgo.

_Y luego llegó Gustavo Petro._

Representó el primer gran giro de izquierda en la presidencia contemporánea de Colombia y, para muchos sectores, una esperanza de transformación social, redistribución, reformas estructurales y renovación política.

Pero la historia también enseña que las victorias simbólicas no necesariamente se traducen en gobiernos eficaces.

Petro y la fragilidad de gobernar desde la confrontación

El gran cuestionamiento que deja el gobierno de Gustavo Petro no se reduce exclusivamente a una discusión ideológica. Reducirlo a izquierda contra derecha sería una lectura superficial.

El problema central fue, para una parte considerable del país, la dificultad de convertir una narrativa de cambio en una arquitectura estable de gobernabilidad.

Su administración quedó asociada, para críticos y sectores moderados, a una etapa de *alta confrontación política, choques institucionales, tensiones recurrentes, fragilidad en consensos, incertidumbre económica y una percepción de distancia entre ambición discursiva y ejecución concreta.*

Gobernar desde el conflicto permanente suele tener un costo alto.

«Un Estado que vive atrapado en confrontaciones constantes desgasta legitimidad». Un liderazgo que no logra construir puentes termina administrando bloqueos. Y un proyecto político que concentra demasiada energía en la disputa corre el riesgo de debilitar la ejecución.

Ese fue, para muchos, uno de los mayores límites del petrismo.

No porque la izquierda, por definición, fracase.
Sino porque ningún modelo político prospera cuando la gobernabilidad se erosiona más rápido que las promesas que lo sostienen.

Colombia frente al nuevo tablero electoral

Colombia irá a primera vuelta presidencial el 31 de mayo de 2026 y, si ningún candidato supera la mayoría absoluta, la segunda vuelta se celebrará el 21 de junio de 2026.

Entre las principales figuras que concentran atención política aparecen Iván Cepeda, identificado como la candidatura más cercana a la continuidad del bloque de izquierda y del petrismo; Paloma Valencia, representante de una línea de derecha institucional; Abelardo de la Espriell,  con discurso de mano dura y conservadurismo fuerte; y Sergio Fajardo, visto por sectores moderados como una alternativa de centro con perfil técnico.

Pero la pregunta de fondo no es quién representa mejor una corriente política.

La pregunta central es otra: ¿puede Colombia corregir el rumbo sin repetir la vieja ilusión latinoamericana de que cambiar de color político, de izquierda a derecha o de centro, por sí solo, resolverá los problemas estructurales del Estado?

La falsa creencia latinoamericana: cambiar de color político no equivale a avanzar

Colombia deja una advertencia que trasciende sus fronteras.

América Latina ha alternado durante décadas gobiernos de derecha, izquierda, populistas, reformistas, tecnócratas y coaliciones híbridas.
Y, sin embargo, los grandes problemas persisten: fragilidad institucional, desigualdad, corrupción, violencia, baja productividad, clientelismo, burocracia y escasa continuidad de políticas de Estado.

¿Por qué?

Porque la región sigue confundiendo cambio ideológico con transformación estructural.

No basta cambiar un presidente.
No basta cambiar un partido.
No basta cambiar un discurso.

Se requiere capacidad de gestión, madurez institucional y liderazgo que sepa gobernar sin convertir la confrontación en método permanente.

¿Dónde está la esperanza de Colombia?

La esperanza de Colombia no debería descansar en un nombre, una ideología o una narrativa electoral.

Su verdadera esperanza está en elegir liderazgo con visión de Estado, estabilidad institucional, capacidad de diálogo, firmeza democrática y ejecución real.

Un país no se levanta por cambiar de bandera política.
Se levanta cuando aprende a gobernarse con madurez.

¿Puede Colombia convertirse en referente regional?

Sí. Pero no por una ideología.

Colombia podría convertirse en referente si logra demostrar que la madurez democrática es superior al fanatismo político; que la gobernabilidad es más valiosa que la confrontación; y que la institucionalidad pesa más que los proyectos personalistas o excesivamente polarizados.

Si corrige rumbo, puede enviar un mensaje poderoso a América Latina.

Si repite ciclos de tensión, desgaste y fragmentación, será otra advertencia regional.

La hora decisiva

Al final, Colombia no votará solo por un presidente.

Votará por estabilidad o desgaste.
Por gestión o retórica.
Por visión de Estado o fragilidad política. Por liderazgo o repetición.

Quizás, por primera vez en mucho tiempo, la gran decisión no sea entre izquierda o derecha.

Sino entre aprender de la historia… o volver a tropezar con ella.

rosannabarrera0207@hotmail.com