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Preservar lo que somos: un deber con la historia, la identidad y el futuro

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Por Abril Peña

Este 29 de julio conmemoramos el natalicio de Pedro Henríquez Ureña, uno de los más grandes pensadores dominicanos y latinoamericanos, quien consagró su vida intelectual a un llamado urgente que hoy sigue vigente: América Latina debe ser ella misma. No una imitación de Europa ni una sombra de los Estados Unidos. Nuestra región, y en particular nuestra República Dominicana, está llamada a construir su identidad desde su historia, su cultura y su gente.

Y en tiempos en que la globalización nos arrastra hacia la homogeneidad, cuando los algoritmos imponen modas y las ciudades pierden sus acentos arquitectónicos, hablar de patrimonio cultural no es nostalgia: es resistencia. Es futuro.

Preservar el patrimonio cultural dominicano —desde las ruinas de La Vega Vieja hasta los palos tocados en los bateyes; desde la bachata, que nació en los márgenes, hasta el merengue que nos une en cada rincón del país; desde los petroglifos taínos hasta la lengua que nos queda en topónimos como Maguana o Yuboa— no es un acto romántico, sino político. Es entender que la cultura no es adorno, sino estructura.

Pese a los esfuerzos, el abandono de muchos sitios históricos, la pérdida de costumbres ancestrales y la desconexión generacional con nuestras raíces siguen siendo una herida abierta. La ausencia de políticas públicas sostenidas, de incentivos para que las comunidades preserven su legado, y de un sistema educativo que realmente enseñe quiénes somos, ha dejado en manos del azar —o del olvido— lo que debería estar protegido por la nación.

Sin embargo, hay señales de esperanza: comunidades que restauran sus propias iglesias centenarias, jóvenes que rescatan ritmos autóctonos desde lo urbano, organizaciones que promueven la lectura y la recuperación de palabras de origen taíno, colectivos que reviven tradiciones orales y saberes populares, proyectos escolares que documentan la memoria de sus pueblos.

Eso es lo que Pedro Henríquez Ureña soñó: una América Latina consciente de su valor, creadora de su pensamiento, defensora de su expresión. No se trataba de cerrarnos al mundo, sino de dialogar desde lo que somos. Porque quien no tiene una voz propia solo repite lo que otros dicen.

En un país que muchas veces ha vendido su alma cultural al turismo, necesitamos recordar que nuestra riqueza no está solo en las playas, sino en el alma de un pueblo que canta, cuenta, pinta y resiste. La identidad no se hereda pasivamente: se construye, se defiende, se transmite.

Preservar nuestro patrimonio no es mirar atrás, es garantizar que el mañana tenga raíces. Es asegurar que, cuando nuestros hijos y nietos escuchen un merengue típico, visiten una ruina colonial, o pronuncien el nombre de su pueblo, sientan que hay algo profundo que los sostiene. Algo que les dice: esto eres tú.