Por Abril Peña
El 28 de julio de 1914 no parecía, al principio, distinto a cualquier otro día de verano en Europa. Pero esa fecha marcaría el inicio de una catástrofe global: la Primera Guerra Mundial. Lo que empezó como un conflicto entre Austria-Hungría y Serbia tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando, terminó por involucrar a casi todo el mundo, dejando más de 20 millones de muertos y cambiando la historia para siempre.
Fue la primera guerra moderna, pero también la primera gran tragedia del siglo XX, un siglo que apenas comenzaba y ya demostraba su capacidad destructiva. Las alianzas automáticas, el nacionalismo exacerbado, las carreras armamentistas y la diplomacia frágil convirtieron lo que pudo ser un conflicto regional en una guerra total.
La llamada “Gran Guerra” no solo se libró con fusiles, trincheras y gases tóxicos. También se libró en el alma colectiva del mundo, que pasó de la euforia del progreso industrial al horror de los campos de batalla. Europa, hasta entonces centro cultural y económico del planeta, quedó devastada, física y moralmente. De esas ruinas surgiría un nuevo orden… y nuevas tensiones.
Porque la Primera Guerra Mundial no terminó con la paz: terminó con un tratado (Versalles, 1919) que humilló a Alemania, sembró el resentimiento y preparó el terreno para el ascenso de Hitler. Es decir, la Segunda Guerra Mundial nació del fracaso de la primera.
Hoy, a 110 años del estallido, sus lecciones siguen vigentes. La diplomacia débil, el juego de bloques, los conflictos mal gestionados y la fe ciega en el poderío militar siguen repitiéndose en distintas formas. Basta ver lo que ocurre entre Rusia y Ucrania, en Medio Oriente, o en los crecientes roces entre potencias.
En América Latina, aunque no fuimos protagonistas directos de esa guerra, sí sentimos sus efectos: crisis económicas, nuevos alineamientos internacionales y una redefinición del rol de las pequeñas naciones en el escenario global. La historia global siempre nos alcanza, aunque estemos lejos de las trincheras.
Recordar el 28 de julio de 1914 no es solo un ejercicio de memoria. Es una advertencia. Porque como dijo el filósofo George Santayana: “quien olvida su historia está condenado a repetirla”. Y si algo ha demostrado la humanidad, es que siempre está tentada a tropezar dos veces —o más— con la misma guerra.



