Cultura Opinión

Nacionalistas de hojalata: la patria también se construye

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@abrilpenaabreu

Hay dominicanos dispuestos a defender cada centímetro del territorio nacional pero incapaces de reconocer el valor histórico de una casa antigua antes de verla convertida en estacionamiento, torre o negocio, y esa contradicción merece nombrarse con la misma claridad con la que nombramos las demás, porque la patria no está solamente en la bandera, el himno o la frontera, la patria también está en una galería de madera, en una celosía, en una casa victoriana, en un antiguo ingenio, en una plaza pública y en esas viviendas de colores que todavía sobreviven en algunos pueblos dominicanos, y nosotros estamos dejando caer una parte importante de ella mientras discutimos en Instagram quién es suficientemente dominicano.

La arquitectura no es únicamente una cuestión de cemento, belleza o utilidad, cada edificio cuenta algo sobre la sociedad que lo levantó, cómo vivía, qué materiales tenía disponibles, de qué manera enfrentaba el clima, cuáles eran sus creencias y cómo se relacionaban sus habitantes. Las casas dominicanas tradicionales fueron diseñadas mucho antes de que comenzáramos a hablar de sostenibilidad, sus galerías protegían del sol y de la lluvia, las puertas y ventanas enfrentadas permitían la circulación del aire, los aleros y los techos altos respondían al calor del Caribe, y todo eso no nació de una moda importada sino de la experiencia acumulada de generaciones que aprendieron a construir con madera, palma, yagua, tejamanil y zinc adaptándose al territorio que tenían. La arquitectura colonial española convivió con soluciones indígenas y saberes constructivos de origen africano, luego llegaron los estilos republicanos, victorianos, neoclásicos, art déco y modernos, y cada período fue transformado por el clima, los materiales y la creatividad dominicana. Por eso defender nuestra arquitectura no significa pretender que el país permaneció aislado, significa reconocer cómo fuimos capaces de convertir múltiples influencias en una expresión propia, porque la dominicanidad nunca ha sido una caja cerrada, ha sido una construcción histórica.

Cuando hablamos de patrimonio arquitectónico casi siempre pensamos en la Ciudad Colonial, y existen razones suficientes porque conserva su trazado urbano original, sus murallas, fortalezas y edificaciones monumentales, y la Unesco reconoce que ese conjunto ha incorporado edificaciones de distintas épocas sin perder su condición de centro histórico vivo. Pero la memoria construida de la República Dominicana no termina en las calles de la Zona Colonial, está en las casas victorianas de Puerto Plata y Montecristi, en la arquitectura republicana de Santiago, en los edificios vinculados a la industria azucarera y la inmigración en San Pedro de Macorís, en los antiguos ingenios, almacenes, muelles, mercados, iglesias y estaciones ferroviarias dispersos por todo el país, y en los pueblos donde todavía sobreviven casas con galerías, guardamalletas, tragaluces y colores caribeños que explican la vida dominicana mejor que cualquier monumento imponente.

El problema es que solemos reconocer ese valor cuando ya es demasiado tarde, porque la pérdida del patrimonio arquitectónico rara vez comienza con una excavadora sino con el abandono, un inmueble histórico deja de recibir mantenimiento, el techo empieza a filtrar, la madera se deteriora, la humedad avanza, el edificio se convierte en peligro público y finalmente la demolición se presenta como la única alternativa posible, así lo que fue consecuencia de años de negligencia termina justificándose como una decisión inevitable. Puerto Plata ofrece una advertencia dolorosa, su zona histórica fue declarada como tal mediante el Decreto 552-73 pero parte de su patrimonio republicano ha disminuido por incendios, abandono y demoliciones, incluida la recordada Quinta Limardo, y en muchos municipios del país los inmuebles desaparecen sin que exista un inventario actualizado, una documentación fotográfica adecuada o una reacción institucional oportuna, y los sustituimos con una arquitectura genérica que podría estar en cualquier ciudad del mundo, fachadas de cristal, bloques cerrados, enormes letreros y construcciones que no conversan con el clima, la historia ni el entorno. Modernizamos el espacio pero borramos su personalidad.

La República Dominicana tiene legislación para proteger su patrimonio, la Ley 318 de 1968 incluye dentro del patrimonio monumental los edificios coloniales, conjuntos urbanos y otras construcciones con interés histórico y establece que esos bienes no pueden sufrir destrucción ni alteración inconsulta, y la Constitución coloca el patrimonio histórico bajo la salvaguarda del Estado, pero tener una ley no significa conservar, y en 2025 el Comité del Patrimonio Mundial de la Unesco volvió a exhortar al Estado dominicano a concluir con urgencia la revisión de su legislación cultural mientras lamentaba los daños sufridos por las ruinas del convento de San Francisco. El problema nunca fue la ausencia de marco legal sino la capacidad para identificar los bienes, vigilarlos, sancionar las intervenciones ilegales y ofrecer alternativas reales a sus propietarios.

Preservar no significa congelar las ciudades ni impedir el desarrollo, una ciudad no tiene que convertirse en museo para conservar su identidad porque los edificios históricos pueden adaptarse para albergar viviendas, restaurantes, hoteles, oficinas, escuelas y centros culturales, y los centros históricos bien gestionados atraen visitantes, generan empleos y crean oportunidades para guías, restauradores, arquitectos, artesanos e investigadores, pero la diferencia entre aprovechar el patrimonio y explotarlo es que cuando una zona histórica se transforma solamente para el turismo y expulsa a sus habitantes pierde la vida que le daba sentido, y la Unesco ha insistido precisamente en que la Ciudad Colonial conserva no solo edificaciones sino el tejido social que la mantiene como un centro histórico vivo.

La protección comienza por el conocimiento, y es curioso que algunos sectores reaccionen con enorme indignación ante cualquier influencia extranjera pero no digan nada cuando se derriba una casa histórica, se abandona un ingenio o se transforma brutalmente un centro tradicional, como si la soberanía solo estuviera amenazada cuando el peligro puede asociarse con Haití, porque también perdemos identidad cuando sustituimos nuestra arquitectura por modelos importados sin adaptación ni criterio, cuando dejamos desaparecer las técnicas constructivas tradicionales y cuando permitimos que los pueblos se vuelvan indistinguibles unos de otros. No toda amenaza a la identidad cruza la frontera, algunas llegan en forma de abandono, indiferencia, especulación inmobiliaria e improvisación urbana.

Cuando desaparece un edificio histórico no perdemos solamente madera, piedra o concreto. Perdemos una parte del relato que explica quiénes somos.

La soberanía no solamente se protege en la frontera. También se diseña, se habita, se restaura y se conserva. Un país que derriba su memoria termina viviendo en un territorio que ya no reconoce.

Lo demás es mucho discurso, mucha bandera y puro nacionalismo de hojalata.