@abrilpenaabreu
Sólo así ase puede describir la sensación al ver el video de una supuesta comedia realizada por Los Gómez que ha provocado un escándalo nacional, y no es para menos, bromear con la violación sexual de una menor de edad no es humor negro. No es irreverencia. No es creatividad. Es un contenido asqueante y nauseabundo que dice mucho del código de valores de sus protagonistas o de los niveles de frustración a los que han llegado para llamar la atención y cualquiera de las dos posibilidades es terrible, y no hablemos de los consumidores de ese tipo de contenido, hay algo enfermo en disfrutar que te describan como una persona es violado pero es más asqueante si la víctima es una niña.
Que se trate de un contenido exclusivo para suscriptores de Patreon tampoco constituye una excusa. Cobrar por el acceso no convierte la degradación en creatividad ni elimina la responsabilidad de quienes lo producen. Al contrario: significa que fue pensado, grabado, editado y publicado como un producto por el cual esperaban recibir dinero.
No todo lo que pueda generar suscripciones, visualizaciones o ingresos debe hacerse, porque el dinero no sustituye la conciencia ni borra los límites éticos.
La explotación sexual infantil no puede convertirse en materia prima para provocar risas, generar visualizaciones o producir dinero. Mucho menos en un país donde las cifras de agresiones sexuales contra niños, niñas y adolescentes deberían estremecernos.
Después, cuando se plantea la necesidad de establecer límites a determinados contenidos, aparecen los gritos de siempre: “¡Eso es censura!”, “¡Quieren limitar la libertad de expresión!”.
Pero la libertad de expresión no es una licencia para degradarlo todo. No significa que cualquier barbaridad deba quedar libre de consecuencias sociales, éticas o legales. Toda libertad convive con responsabilidades, especialmente cuando el contenido banaliza una conducta criminal y revictimiza simbólicamente a quienes han padecido ese horror.
No se trata de prohibir el humor incómodo ni de perseguir la irreverencia. Se trata de preguntarnos hasta dónde permitiremos que la degradación siga cubriéndolo todo, mientras fingimos que cualquier cosa puede justificarse diciendo que era una broma.
Porque después del escándalo siempre aparece el mismo libreto: “Discúlpenme, no fue nuestra intención”.
Pero llega un momento en que la falta de intención deja de ser una excusa. Si para provocar risas, conseguir reproducciones o cobrar por un contenido hay que bromear con la violación de una niña, el problema no está en quienes se indignaron. El problema está en quien todavía piensa que eso puede llamarse comedia.



