@abrilpenaabreu
En República Dominicana hemos aprendido a hablar de educación desde las carencias, y con razón, los problemas son reales, profundos y merecen nombrarse sin anestesia. Pero hay una parte de la historia que rara vez contamos, la de las escuelas públicas que sí funcionan, la de los maestros que logran resultados extraordinarios y la de los estudiantes que compiten internacionalmente mientras el país mira para otro lado. Porque aquí cuando una escuela pública fracasa confirma lo que todos suponíamos, pero cuando triunfa se convierte en una anécdota que nadie repite. Esa también es una forma de injusticia.
En Villa Tapia, provincia Hermanas Mirabal, funciona el Liceo Científico Dr. Miguel Canela Lázaro, un centro público que integra ciencia, tecnología, ingeniería, artes y matemáticas, cuyos estudiantes investigan, desarrollan proyectos y compiten internacionalmente. En 2021 obtuvo el Task Challenge Award en el Human Exploration Rover Challenge organizado por la NASA, no fue un diploma simbólico sino un reconocimiento en una competencia que exige diseñar soluciones reales a desafíos de exploración espacial, y en 2023 volvió a aparecer entre los ganadores con el Jeff Norris and Joe Sexton Memorial Pit Crew Award. Ambos reconocimientos están publicados por la propia NASA.
Detengámonos ahí un momento: estudiantes dominicanos de una escuela pública obteniendo reconocimientos en competencias organizadas por la NASA. ¿Cuántos de nosotros conocemos sus nombres? ¿Cuántas veces han sido invitados a un programa de televisión? ¿Cuántos niños dominicanos saben que existen? Probablemente sabemos más sobre la última controversia de un influencer que sobre estos muchachos. Y después preguntamos por qué los jóvenes crecen sin referentes.
Los referentes no aparecen solos, una sociedad los construye cuando decide a quién mira y a quién celebra, y mientras sigamos reservando el aplauso para el escándalo y la viralidad, seguiremos produciendo exactamente los aspiracionales que tenemos. Una egresada de ese mismo liceo, Marianny Vásquez, alcanzó el índice académico más alto de su promoción en UNIBE. Katherine Amarante accedió a una beca para estudiar Ingeniería Mecatrónica en INTEC. El talento no tiene clase social, la diferencia está en las oportunidades, la dirección del centro y la calidad de los docentes.
Y este no es un caso aislado. En 2024 el Ministerio de Educación otorgó medallas de oro del Premio a la Calidad Educativa al Liceo Científico de Villa Tapia, al Centro Educativo Belén de Nagua, la Escuela Primaria Verón en Punta Cana, el Liceo María Teresa Quidiello en Santo Domingo Oeste, el Politécnico José Francisco Bobadilla en Azua y el Centro Educativo Japón Colonia Japonesa en Constanza. En 2025 los reconocimientos llegaron a Los Olivos Fe y Alegría, la Escuela República de Japón y el Politécnico Nuestra Señora del Carmen, entre otros. Y en 2026 estudiantes de cuatro centros públicos formaron el Team Merengue, reconocido internacionalmente en una competencia de robótica.
No estamos hablando de milagros ni de excepciones, estamos hablando de un patrón que el sistema se niega a estudiar con seriedad. Cada vez que debatimos cómo mejorar la educación dominicana alguien menciona a Finlandia, a Singapur, a Corea del Sur, y está bien aprender de experiencias exitosas, pero antes de importar modelos completos valdría la pena preguntarse qué hace diferente una escuela en Villa Tapia, cómo selecciona y acompaña a sus docentes, cómo organiza su dirección, qué alianzas construye y por qué sus egresados destacan en universidades exigentes. Esas preguntas son más útiles que seguir repitiendo que necesitamos convertirnos en Finlandia.
Visibilizar estos casos no significa decir que la educación dominicana está resuelta ni negar las brechas reales que existen en comprensión lectora, infraestructura y calidad docente en miles de escuelas. Significa reconocer que dentro de un sistema con problemas existen respuestas que merecen convertirse en política nacional y no en anécdota de fin de año.
Porque si una escuela pública dominicana puede producir estudiantes reconocidos por la NASA, la pregunta ya no es si la excelencia pública es posible. La pregunta es por qué seguimos tratando esos logros como rarezas en lugar de replicarlos con la misma urgencia con que señalamos los fracasos.
Algunos de los mejores ejemplos de este país ya están sentados en un aula pública esperando que alguien decida prestarles atención.



