Opinión

Literatura dominicana: la patria que no estamos leyendo

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SERIE: NACIONALISTAS DE HOJALATA

Por Abril Peña

Bastó decir que grabar una canción con un haitiano no convierte a un artista dominicano en traidor para que aparecieran los defensores de la patria. Llegaron indignados, repartiendo certificados de dominicanidad, denunciando conspiraciones y cuestionando el compromiso de cualquiera que no compartiera su postura.

Muchos probablemente no habían pasado del titular. Otros reaccionaron a un fragmento de video o a una publicación de Instagram. Entre todos, seguramente había quienes no leen a un escritor dominicano desde que salieron del colegio.

Esa contradicción explica el sentido de esta serie: abundan los nacionalistas dispuestos a defender una patria que apenas conocen.

Porque la República Dominicana no está únicamente en la frontera, la bandera o el himno, también está escrita en novelas, cuentos, poemas y ensayos que explican nuestra historia, nuestras desigualdades y nuestra manera de entender el mundo.

El problema es que una parte de quienes gritan más fuerte en defensa de la dominicanidad no ha leído una sola página de esa patria en años.

El nacionalista de hojalata no necesita leer demasiado para sentirse experto, le basta un titular alarmante, una imagen fuera de contexto, un video de treinta segundos o una publicación que confirme lo que ya quería creer.

No pregunta de dónde sale la información, no revisa antecedentes, no compara versiones, tampoco necesita conocer la historia del país, sus procesos migratorios o las ideas de quienes ayudaron a construir su identidad.

Tiene algo que considera suficiente: indignación, con ese equipaje sale a defender la patria en comentarios de Instagram, cadenas de WhatsApp y debates donde confunde agresividad con conocimiento.

Lo interesante es que puede pasar horas discutiendo sobre dominicanidad sin haber leído a Pedro Mir, Juan Bosch, Salomé Ureña, Pedro Henríquez Ureña o Aída Cartagena Portalatín desde la última vez que un profesor le pidió estudiar para un examen.

Y posiblemente ni siquiera entonces los leyó. Le bastó con memorizar una fecha, copiar un resumen o repetir el nombre de una obra.

Pero una cosa es reconocer un apellido (si corremos con suerte) y otra muy distinta comprender lo que ese autor escribió sobre el país.

Pedro Mir escribió sobre una nación atravesada por desigualdades, injusticias y preguntas que todavía siguen vigentes. Juan Bosch retrató la pobreza, la violencia y la fragilidad de la vida campesina en cuentos que permiten entender aspectos fundamentales de nuestra realidad.

Salomé Ureña vinculó literatura, educación y conciencia nacional. Pedro Henríquez Ureña pensó nuestra cultura dentro de una conversación latinoamericana más amplia. Marcio Veloz Maggiolo exploró la memoria, la historia y las complejidades de una sociedad que nunca ha sido tan simple como algunos pretenden.

Aída Cartagena Portalatín, Hilma Contreras y Ángela Hernández ayudaron a narrar experiencias que durante demasiado tiempo quedaron fuera del relato dominante.

¿Qué significa defender la dominicanidad sin conocer esas voces?

¿Cómo pretendemos comprender lo que somos si ignoramos a quienes dedicaron su vida a observar, interpretar y narrar este país?

Podemos repetir que Hay un país en el mundo es un poema de Pedro Mir. La verdadera pregunta es si sabemos cuál era ese país y por qué todavía nos incomoda reconocerlo.

También podemos recordar a Juan Bosch por su trayectoria política y desconocer por completo cuentos como La mujer o Dos pesos de agua.

El problema no es no haber leído una obra específica, el problema es convertir el desconocimiento en orgullo mientras se pretende decidir quién es suficientemente dominicano.

La literatura nacional no cabe en un examen, parte de esta distancia comienza en la escuela, a muchos dominicanos les enseñaron la literatura como una obligación: nombres, fechas, movimientos literarios y fragmentos que debían memorizar para aprobar.

Luego terminó el colegio y también terminó el contacto con los autores nacionales, no porque esos escritores carecieran de valor, sino porque nunca se construyó una relación real entre sus obras y la vida cotidiana de los estudiantes.

¿De qué sirve aprender el año de nacimiento de un autor si nadie explica por qué sus cuentos siguen ayudando a entender la pobreza, la migración, el poder o la violencia? La lectura necesita contexto, conversación y cercanía, un adolescente tiene más posibilidades de interesarse cuando descubre personajes, conflictos y escenarios que reconoce.

Y aquí aparece un problema que no podemos ignorar: según los resultados de PISA 2022, solo el 25 % de los estudiantes dominicanos evaluados alcanzó el nivel básico de competencia lectora. Hubo avances frente a la medición anterior, pero la cifra sigue evidenciando una dificultad profunda para comprender textos y desarrollar pensamiento crítico.

Una sociedad con debilidades de comprensión lectora también se vuelve más vulnerable a la manipulación, los discursos simplistas y las indignaciones fabricadas, quizás por eso algunos se sienten más cómodos compartiendo consignas que leyendo argumentos.

Conviene hacer una distinción importante, no haber leído a determinados autores no convierte automáticamente a nadie en mal dominicano. Existen desigualdades educativas, libros costosos, bibliotecas insuficientes y comunidades donde el acceso a la lectura sigue siendo limitado.

La crítica no está dirigida a quien no tuvo oportunidades, está dirigida a quien exhibe su nacionalismo como superioridad moral mientras desprecia el conocimiento, rechaza los matices y se niega a revisar cualquier idea que contradiga sus prejuicios.

También sería un error reducir la literatura dominicana a una lista de escritores consagrados, la patria está en las décimas, los cuentos populares, la tradición oral, los relatos campesinos y las historias transmitidas entre generaciones. Está en la literatura infantil, en los textos contemporáneos, en los autores provincianos y en las voces que rara vez aparecen en las listas escolares.

Una nación no solo se cuenta desde las grandes editoriales o las bibliotecas de la capital, se cuenta desde sus barrios, sus campos y sus comunidades.

Mientras aquí discutimos quién merece llamarse dominicano, escritores y autoras vinculados con nuestra identidad han llevado esas historias a públicos internacionales. Julia Alvarez, Junot Díaz y Elizabeth Acevedo han explorado experiencias relacionadas con la migración, la familia, el desarraigo y la vida de la diáspora dominicana.

Rita Indiana ha demostrado que nuestra literatura también puede dialogar con nuevas generaciones y abordar temas contemporáneos desde una voz propia.

Sus obras recuerdan que la dominicanidad no se agota dentro de las fronteras físicas ni desaparece porque una historia se escriba desde Nueva York o dialogue con otra lengua.Lo verdaderamente preocupante es que lectores de otros países conoce. mejor esas experiencias que quienes aseguran defender la identidad nacional.

Una sociedad que valora su literatura necesita bibliotecas activas, libros accesibles, programas de lectura, docentes preparados y espacios donde los autores puedan encontrarse con nuevas generaciones, también necesita medios de comunicación que recomienden obras dominicanas, familias que incorporen la lectura y políticas que apoyen la producción editorial.

La literatura no se protege únicamente con homenajes. Se protege cuando se lee. ¿Cuándo compraste tu último libro dominicano? Esa pregunta puede resultar incómoda, pero es necesaria. ¿Cuándo fue la última vez que compraste un libro de un autor nacional? ¿Cuándo recomendaste una novela dominicana, regalaste un cuento infantil escrito aquí o conversaste con tus hijos sobre un poeta de nuestro país? ¿Cuántos escritores vivos conoces? ¿Cuántas escritoras dominicanas podrías mencionar sin buscar en internet?

No se trata de establecer un examen de ciudadanía ni de convertir la lectura en una competencia, se trata de preguntarnos por qué una colaboración musical con un haitiano puede provocar una tormenta de acusaciones, mientras el desconocimiento de nuestra literatura apenas genera preocupación. ¿Por qué nos inquieta tanto lo que viene de fuera y tan poco lo que dejamos desaparecer por dentro?

La soberanía cultural no se defiende únicamente denunciando influencias externas, también se construye cuando conocemos nuestras historias, respaldamos a nuestros creadores y transmitimos esa herencia a quienes vienen detrás.

El nacionalismo de hojalata necesita enemigos, consignas y discusiones rápidas, la identidad verdadera exige algo más difícil: conocimiento. Exige leer, preguntar, reconocer contradicciones y aceptar que la República Dominicana es mucho más compleja que una publicación indignada en redes sociales.

Nadie tiene que leer cien libros para amar su país. Pero quien pretende repartir certificados de dominicanidad debería preguntarse cuánto conoce de la nación que asegura defender, porque la patria también fue escrita por quienes la pensaron, la cuestionaron y la narraron.

Y si todo nuestro nacionalismo cabe en un titular, en un comentario de Instagram o en un ataque contra quien piensa diferente, quizás no estamos defendiendo la República Dominicana. Quizás solo estamos defendiendo nuestra ignorancia.