Por Abril Peña
Con la muerte del papa Francisco, se cierra un capítulo único en la historia reciente de la Iglesia Católica. Su legado no fue perfecto —ninguno lo es—, pero marcó un antes y un después en la forma en que la institución más antigua de Occidente enfrentó sus demonios internos y el desafío de seguir siendo relevante en un mundo que cambia vertiginosamente.
Cuando Jorge Mario Bergoglio fue elegido papa en 2013, la Iglesia Católica estaba inmersa en una crisis de confianza. No solo perdía fieles en América Latina, Europa y Estados Unidos, sino que enfrentaba una de las peores tormentas éticas de su historia reciente: escándalos de pederastia sistemáticamente encubiertos, corrupción financiera en el Vaticano y una desconexión alarmante con los dilemas del mundo contemporáneo.
Francisco llegó con una frase que marcaría su pontificado: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres.” No se trataba de un eslogan populista, sino de una declaración de guerra al clericalismo, a la burocracia eclesiástica instalada en el confort del poder. Su estilo austero, su lenguaje directo y su decisión de vivir fuera del tradicional Palacio Apostólico fueron señales claras de que el cambio no sería solo cosmético.
La batalla por la credibilidad
El papa Francisco intentó devolverle legitimidad moral a una institución herida. Habló sin rodeos sobre los abusos sexuales cometidos por sacerdotes, pidió perdón públicamente en varias ocasiones y destituyó a obispos encubridores. Pero también fue criticado por no haber avanzado más rápido en crear estructuras vinculantes que garanticen justicia real y reparación para las víctimas. Su pontificado fue, en muchos sentidos, un equilibrio constante entre lo que quería hacer y lo que la maquinaria institucional le permitía.
El acercamiento a los márgenes
Donde sí logró mover las placas tectónicas fue en la narrativa. Francisco introdujo un tono pastoral distinto. Llamó “hermanos y hermanas” a los migrantes, denunció la destrucción del medio ambiente, defendió la justicia social y rompió con décadas de discurso hostil hacia las comunidades LGBTQ+.
Sin cambiar la doctrina oficial, promovió un trato más humano y menos excluyente. En 2023, autorizó la bendición de parejas del mismo sexo, bajo ciertas condiciones, lo que marcó un antes y un después en la relación de la Iglesia con esta comunidad. No fue una apertura total, pero sí un gesto histórico que reconocía la dignidad de todos, más allá de las etiquetas.
¿Y las mujeres?
El otro gran desafío que Francisco enfrentó sin resolver del todo fue el de la participación femenina en la Iglesia. Reconoció abiertamente que la mujer ha sido relegada a funciones subalternas dentro del catolicismo, habló del “genio femenino” y abrió espacios inéditos para su voz en el Vaticano, como permitir que mujeres ocupen cargos antes reservados a clérigos.
Pero no avanzó hacia la ordenación sacerdotal de mujeres —tema aún considerado tabú— y su postura fue conservadora en cuanto al diaconado femenino (aunque permitió su estudio). En resumen, abrió puertas, pero no tumbó muros.
El papa del siglo XXI
Francisco no reformó la Iglesia en su totalidad, pero sí le devolvió algo de humanidad. Fue el papa que abrazó a los que lloraban, que habló de cuidar la Tierra como a una madre y que se atrevió a incomodar tanto a conservadores como a progresistas. En una época donde el crecimiento del protestantismo evangélico y del islamismo desafiaba el dominio católico, él intentó reconciliar a la Iglesia con los tiempos que vive, sin traicionar del todo su esencia.
No todos estuvieron de acuerdo con su visión. Pero incluso sus críticos más agudos coinciden en algo: fue un líder necesario en un momento de colapso espiritual.
Y aunque su legado aún esté escribiéndose, nadie podrá negar que, mientras otros se aferraban al dogma, Francisco se atrevió a mirar de frente el abismo y dar un paso hacia el cambio.
Con su partida, no muere solo un papa. Se va una figura que, a su manera, intentó reconciliar fe y mundo moderno. Un líder que entendió que la autoridad espiritual no se impone desde el púlpito, sino que se gana con coherencia, compasión y coraje.



