@sbrilpenaabreu
En política abundan las promesas, también los discursos grandilocuentes y las metas ambiciosas. Pero, de vez en cuando, surge una frase que, si se toma en serio, obliga a mirar hacia adentro. Esta semana el presidente Luis Abinader dijo que “debemos tener la valentía de revisar lo que no funciona”. Y, por una vez, vale la pena detenerse más en esa idea que en el escenario donde fue pronunciada.
Porque gobernar no consiste únicamente en inaugurar obras, crear programas o anunciar reformas. Gobernar también implica reconocer errores, evaluar resultados y tener la humildad suficiente para admitir que no todo lo que se hizo dio el resultado esperado.
Ese es, quizás, el ejercicio más difícil en la administración pública.
En República Dominicana tenemos una costumbre que atraviesa gobiernos de todos los colores políticos. Cada administración llega con nuevas iniciativas, nuevas oficinas, nuevos proyectos y nuevos nombres. Lo que rara vez ocurre es que alguien se siente a preguntarse qué instituciones ya no cumplen su función, qué programas consumen millones sin resultados medibles o qué políticas públicas simplemente fracasaron.
Pareciera que aquí todo se acumula. Se crean estructuras, pero casi nunca se eliminan. Se anuncian soluciones, pero pocas veces se mide si realmente resolvieron el problema que les dio origen.
Y esa falta de evaluación termina costándole dinero al Estado y oportunidades al ciudadano.
Si de verdad queremos hablar de desarrollo hacia 2036, el primer paso no es solamente crecer económicamente. También es aprender a administrar mejor lo que ya tenemos. Eso implica hacer preguntas incómodas. ¿Hay instituciones que duplican funciones? ¿Existen programas sociales cuyos resultados nunca se han medido? ¿Se están utilizando correctamente los recursos públicos?¿Estamos financiando estructuras que ya perdieron su razón de ser?
Responder esas preguntas requiere mucho más valor político que cortar una cinta o inaugurar una obra. Porque eliminar una institución genera resistencia. Revisar un programa molesta intereses. Reorganizar el Estado significa enfrentarse a quienes se benefician de que todo permanezca exactamente igual y ese es el verdadero desafío.
Pero la reflexión tampoco debe quedarse únicamente en el Gobierno. La frase del presidente debería servir como espejo para toda la sociedad, los partidos políticos deben revisar qué prácticas ya no funcionan. Las universidades deben preguntarse si están formando a los profesionales que demanda el mercado.
El sector privado tiene que evaluar constantemente su productividad y competitividad. Incluso los ciudadanos debemos cuestionarnos si seguimos repitiendo hábitos que frenan nuestro propio desarrollo.
Las sociedades que progresan no son las que creen hacerlo todo bien, son las que tienen la capacidad de corregirse antes de que los problemas se vuelvan irreversibles.
Ahora bien, las palabras deben traducirse en hechos, si el Gobierno realmente está dispuesto a revisar lo que no funciona, esa revisión debe comenzar por su propia gestión. Debe sustentarse en indicadores, auditorías, evaluaciones independientes y decisiones basadas en evidencia, no en conveniencias políticas.
Porque el verdadero liderazgo no consiste en defender cada decisión tomada. Consiste en tener la madurez de corregir cuando los resultados demuestran que existe un camino mejor. Decir que hay que revisar lo que no funciona es fácil, lo difícil es señalar qué no funciona, aceptar los errores y tener el coraje político de cambiarlo. Ahí es donde comienza, realmente, el buen gobierno.



