Editorial

El acoso callejero no es un debate de redes. Es una realidad que el país se niega a mirar

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@abrilpenaabreu

Durante días hemos visto una guerra digital a propósito de un video viral, con unos defendiendo el derecho a acercarse, otros hablando de libertad, otros cuestionando la vida privada de una joven, y todos, sin excepción, discutiendo el tema equivocado. Porque el verdadero problema no es una publicación en redes sino que en República Dominicana todavía no entendemos qué es el acoso callejero, y esa ignorancia no es inocente, tiene consecuencias reales sobre la vida cotidiana de miles de mujeres que modifican la forma en que caminan, hacen ejercicio o utilizan los espacios públicos por miedo a algo que este país se niega a llamar por su nombre.

Los datos existen y son contundentes, aunque casi nadie los cita en medio del escándalo digital. La Encuesta Experimental sobre la Situación de las Mujeres realizada por la Oficina Nacional de Estadística, el Ministerio de la Mujer y el BID encontró que el 39.2% de las mujeres dominicanas de 15 años o más ha sufrido violencia en espacios públicos, que el 92.5% de quienes fueron víctimas experimentó acoso sexual, que el 84.3% de los hechos ocurrió en calles, parques o playas, y que en el 64.7% de los casos el agresor era un desconocido. Y sin embargo, solo el 4.5% denunció. Eso no habla de mujeres que exageran, habla de mujeres que aprendieron que denunciar no sirve de nada.

Lo que revela el debate no es únicamente la existencia del acoso sino la reacción que genera, porque muchísimas personas siguen creyendo que un piropo siempre es un halago, otras piensan que cualquier interacción ya es acoso, y entre ambos extremos desaparece el concepto fundamental que debería estar en el centro de la conversación: el consentimiento. El problema no es hablarle a alguien. El problema es insistir cuando esa persona ya manifestó, con palabras o con su lenguaje corporal, que no desea interactuar, y en ese punto el halago deja de ser halago y se convierte en algo que la persona que lo recibe tiene todo el derecho a rechazar sin que eso desate una guerra en redes sobre su vida privada.

Hay otro elemento que merece nombrarse con honestidad: los hombres también pueden sufrir acoso, y cuando ocurre la reacción social suele ser distinta, con frecuencia se convierte en motivo de burla antes que de indignación, como quedó en evidencia con el episodio de los militares manoseados durante un desfile, que mostró con precisión la doble vara con la que esta sociedad juzga estas situaciones según quién sea la víctima. Pero hay que decir también con la misma honestidad que República Dominicana no tiene estadísticas nacionales sobre hombres víctimas de acoso, lo que significa que estamos discutiendo un fenómeno que no hemos medido en toda su dimensión.

Y aquí está el vacío más grande de todos: República Dominicana tampoco tiene una legislación específica que tipifique el acoso sexual callejero. No existe. Lo que existe es un debate ruidoso sobre un video viral, sin ley, sin estadísticas completas y sin políticas públicas diseñadas a partir de evidencia. Discutimos mucho un problema que conocemos muy poco, y esa es la definición exacta de cómo un país puede tener una conversación durante días sin avanzar ni un centímetro.

Las redes sociales harán lo que siempre hacen, escoger un bando y defender ese bando hasta el próximo video viral. Pero las políticas públicas no pueden construirse desde los bandos sino desde la evidencia, y la evidencia nos dice que miles de mujeres en este país viven con miedo en los espacios que deberían ser de todos. Ese debería ser el centro de la conversación. No quién publicó el video que hizo estallar el debate.