Mientras el mundo mira el plato vacío, los cocineros se reparten el postre. Venezuela, Taiwán y Ucrania aparecen en el menú global como si fueran porciones negociables, no países con pueblos, historia y soberanía.
Primero fue Venezuela. Ataque, captura, precedente. Luego viene la advertencia desde Moscú: Medvedev suelta la bomba verbal y deja caer que la destitución de Zelensky “podría ocurrir en un futuro próximo”, y remata con la frase más inquietante: “Después del precedente de Maduro… estaría más justificado”. O sea, que el manual ya está escrito: si se pudo allí, ¿por qué no aquí?
Y mientras tanto, Taiwán observa en silencio incómodo. Porque cuando las grandes potencias prueban que pueden mover fichas sin pedir permiso, los tableros pequeños tiemblan primero.
Aquí no se trata solo de Trump, Putin o Xi como nombres propios. Se trata de la idea peligrosa de que el orden mundial vuelve a decidirse entre tres o cuatro tipos en una mesa cerrada, con mapas abiertos y principios cerrados. Democracia cuando conviene, soberanía cuando estorba, derecho internacional solo si no molesta.
Lo más alarmante no es la amenaza de Medvedev. Lo verdaderamente grave es que ya suena creíble.
Si ayer fue Maduro, hoy se menciona a Zelensky y mañana podría ser cualquiera. Porque cuando el pastel se reparte sin invitar a los pueblos, siempre hay alguien que termina siendo el plato fuerte.
Así que no relajen así. Que cuando los poderosos se ponen de acuerdo demasiado rápido, casi nunca es por el bien de los débiles.



