En geopolítica no hay sentimentalismos, hay intereses. Y cuando Donald Trump mueve fichas, lo hace sin pedir permiso ni explicaciones largas. Por eso el mensaje es tan claro como incómodo: Washington le baja el pulgar a María Corina Machado y decide jugar, al menos por ahora, con el poder real que queda en Caracas, quedándose, oliendo donde guisan.
Sí, leyó bien. Con Nicolás Maduro fuera de circulación, EE. UU. opta por darle oxígeno político al Ejecutivo encabezado por Delcy Rodríguez. No porque le caiga bien, no porque confíe en ella, sino porque es lo que hay para apagar el incendio inmediato.
Aquí se cae otro mito: la oposición “ideal” no siempre es la opción útil. Machado representa coherencia, discurso duro y resistencia. Pero también representa confrontación total, ruptura, vacío de gobernabilidad y una transición impredecible. Y eso, para Washington, no sirve cuando el objetivo es control, estabilidad y resultados rápidos.
Estados Unidos no está pensando en épica democrática, está pensando en orden, flujo petrolero, control territorial y evitar el caos regional. Y para eso, prefieren tratar con quien tiene las llaves del Estado, aunque venga del mismo engranaje del régimen que dicen combatir.
¿Golpe bajo para la oposición? Sin duda. ¿Traición a la narrativa democrática? También.
¿Sorpresa? Ninguna. Porque en política internacional los aliados duran lo que duran los intereses. Hoy Machado es incómoda. Delcy es funcional. Mañana, quién sabe.
Lo más duro de este giro es el mensaje implícito: la transición venezolana no se decidirá en las plazas ni en los discursos, sino en los despachos. Y quien no controle poder real, queda fuera del juego, aunque tenga razón.
Así se escribe la historia cuando mandan los imperios: No con aplausos, sino con descartes.



