Editorial

Hemos tocado fondo, y ni cuenta nos dimos

Compartir

@abrilpenaabreu

La sociedad en la que vivimos ha cambiado… y no para mejor. Cuando ocurrió el caso de José Rafael Llenas Aybar, pensamos que habíamos llegado al límite. Que era una aberración, una excepción trágica. Pero después vino Lohara, Chamán Chacra y una seguidilla de horrores que nos demostró que, junto al desarrollo, también habíamos involucionado.

Hoy, sin embargo, no es que estemos mal. Es que estamos peor.

Feminicidios casi diarios. Gente matándose por deudas mínimas. Una madre golpea a su bebé de apenas semanas. Un joven explota y mata a sus vecinos. Un padre se suicida con su hijo para castigar a la madre. Otro clava a su hija con furia y sin razón.

Parecen escenas de una novela macabra. Pero no. Es nuestro presente.

Y lo más escalofriante: ya ni nos sorprendemos.

La violencia se ha banalizado. Lo inaceptable se ha vuelto costumbre.

Hemos construido una sociedad donde el respeto se diluye, donde los conflictos cotidianos se resuelven con agresión, donde lo absurdo se transforma en tragedia. Donde no se piensa, solo se reacciona.

Y no digamos el futuro… ¿Qué presente estamos construyendo?

La salud mental está en sus horas más oscuras. Y eso si tenemos suerte, porque de lo contrario la realidad sería aún peor: que no estemos hablando de enfermedad, sino de pura maldad. De una descomposición humana que no se arregla con medicamentos, sino con alma.

El problema es estructural, pero también íntimo. Social, pero también familiar. Educacional, pero también espiritual. Y si no nos detenemos —colectiva e individualmente— a preguntarnos cómo llegamos aquí, mañana será demasiado tarde para encontrar el camino de vuelta.