@abrilpenaabreu
La ministra de la Mujer, Mayra Jiménez, reveló una cifra que debería estremecer a la República Dominicana de arriba abajo: por cada peso que el Estado invierte en atender la violencia contra las mujeres, apenas destina 25 centavos a prevenirla. Veinticinco. Centavos. Para evitar una tragedia que ya parece una pandemia nacional.
Y entonces uno comprende por qué, aun cuando se anuncian reducciones de feminicidios, seguimos viviendo con miedo, con rabia y con la sensación de que cada esfuerzo llega tarde. Porque si la prevención es la parte más débil de esta ecuación, el desenlace no puede ser otro: mujeres muriendo, niños huérfanos, comunidades marcadas de por vida.
La pregunta que nadie quiere hacer —pero que este país necesita escuchar— es simple: ¿La disminución del 16 % en feminicidios es gracias a lo que hacemos o a pesar de todo lo que hemos dejado de hacer?
Porque la verdad es dura: República Dominicana no está invirtiendo en cambiar la raíz del problema. No hay campañas masivas sostenidas. No hay presencia constante del tema en escuelas y liceos. No existe un programa nacional serio de educación emocional, igualdad de género o resolución pacífica de conflictos. Nadie está formando, desde la infancia, a una generación capaz de amar sin controlar, sin violentar, sin destruir.
Tampoco estamos interviniendo a tiempo.
Tenemos solo unos pocos centros especializados para trabajar con agresores, cuando deberían existir decenas a nivel nacional. No hay seguimiento a los hombres que ya mostraron señales de alarma —los celos, la amenaza, el empujón “sin importancia”—. Se espera a que la violencia escale… y cuando explota, el Estado aparece. Pero ya es tarde.
Y lo más grave: no existe un sistema integrado entre el Ministerio de la Mujer, Salud Pública, la Policía, la Procuraduría y las demás instituciones. Cada caso es un rompecabezas donde la víctima es quien tiene que cargar las piezas. La revictimización institucional es tan violenta como el golpe original.
Por eso esos “25 centavos” no son solo un dato técnico, son la evidencia de una falla moral de un Estado que invierte más en recoger cadáveres que en evitar que existan, de un país que gasta más en urgencias que en soluciones, de una sociedad que sigue tratando la violencia como un incendio inevitable y no como una cultura que sí puede ser transformada.
La prevención no es un lujo. Es la única parte del sistema que realmente salva vidas. Y mientras sigamos apostando a ella con las sobras, con lo mínimo, con migajas, seguiremos condenando a las mujeres a convertirse en estadísticas y al país a vivir con esta vergüenza crónica.
Veinticinco centavos para prevenir y un peso para atender, esa ecuación no funciona, nunca ha funcionado y mientras no la cambiemos, no habrá discurso oficial que pueda ocultar lo esencial: aquí no estamos derrotando la violencia; apenas la estamos contando.



