@abrilpenaabreu
Los partidos viven quejándose de la antipolítica, de ese individualismo corrosivo que nos cubre como niebla, y que hace que cada quien ande “en lo suyo”, sin tiempo ni ánimo para luchar por causas colectivas. Se lamentan de que nadie quiere fajarse por el bien común, pero pocos quieren hablar —o se atreven a tergiversar— las verdaderas razones por las que hemos llegado a este punto.
La verdad es que muchos de los activistas políticos de verdad, los que creen en ideas, en causas y en pueblos, están cansados. Están desencantados. Durante años vieron cómo los partidos políticos —todos, sin excepción— asignaban sus cuotas a los de siempre, a los favoritos de los grupos internos, mientras la meritocracia se convertía en excepción y no en regla. Antes, si uno trabajaba, estudiaba, se fajaba y crecía, podía escalar. Hoy, esa escalera está rota.
Ahora las cuotas son para los que valen. Y el resto, los que tienen apellidos, lealtades, amigos o padrinos, se enquistan en los partidos y se convierten en amos de comités de base eternos, regiones eternas, intermedios eternos. ¿Cómo pedirle a un joven que se integre, si lo que ve son estructuras que operan como si viviéramos en el siglo XIX?
¿Cómo pedirle que trabaje por la mayoría, si ve que los pocos que logran subir, muchas veces terminan desacreditados sin prueba alguna, víctimas de una narrativa que ha normalizado llamar “ladrón” a cualquiera que haga política?
Entonces, ¿vale la pena echar el pleito por todos o es mejor dedicarse a lo propio?
La pregunta es legítima, pero la respuesta es compleja. Porque lo más triste es que este desencanto no es solo triste, es peligroso. Los partidos y las asociaciones políticas —con todos sus errores— han sido el instrumento que ha permitido que vivamos en democracia. Son el balance, el canal, el espacio que impide que el poder sea de uno solo.
Y mientras más se debilitan, más se desprestigian y más se reducen en importancia ante la ciudadanía, más cerca estamos de perder los avances que tanto nos ha costado lograr.
No se trata de defender lo indefendible. Se trata de no permitir que el hartazgo nos lleve a entregar la democracia en bandeja de plata.



