Por Valentín Medrano Peña.
En la niñez se desea ser adulto, se hacen planes. Se posponen deseos, se sueñan y perfilan logros. Se aspira a ser.
En la adultez se añoran cosas de la niñez, pues las reglas de adultos sujetan muy fuerte y las obligaciones impiden correr irresponsablemente y dormir pesadamente y vivir en la celeridad de un cuerpo atómico con energía para encender un pueblo. Hay que ser sosegado, hay que aplacar al niño.
Y entre la adultez más adulta y la niñez más infantil está la juventud.
La juventud. Se es bello si se es joven, juventud es sinónimo de hermosura. Dentro y fuera de nuestros cuerpos jóvenes todo fluye de forma diferente y se acopla y funciona, las sensaciones son más perceptibles y golpean fuertemente.
No hay rumbo cierto pero si un camino grato. Se sufre y se ama y se es feliz a intervalos sucesivos y raudos. Todo es esplendor, aunque no lo notemos, habrán de pasar años para entender que aún las complejidades y traumas fueron enseñanzas.
La juventud prepara, forma y esculpe al hombre y lo orienta señalando los potenciales, y aumenta la claridad en la meta ya trazada, y cambia de metas y aumenta metas y deja y corrige y reitera y renueva metas.
La juventud ama, ama mucho y a muchos, tiene licencia para amar y para equivocarse, el error es la constante a superar, y lo logra en repeticiones, en retahíla de errores y correcciones. Y ama más y ama de nuevo y sabe que en amar está la clave, que amar es la salvación.
La juventud no es un día, es una época que se espera, se vive o se vivió y nos construye. Y a la que volvemos o nos invade a propio gusto haciéndonos saber quienes somos en realidad detrás del antifaz social.
Felicidades en sus días jóvenes. Y a los jóvenes de vejez retrasada, como yo.



