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Tiananmén: el día que China quiso borrar de la historia

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Por Abril Peña

ElPregoneroRD-Distrito Nacional, Aquel 4 de junio de 1989, las cámaras del mundo captaron un gesto inmortal: un hombre de pie frente a una columna de tanques, armado solo con el valor. Su identidad se desconoce hasta hoy, pero su imagen quedó grabada como símbolo universal de la resistencia civil. Lo que no quedó grabado, o lo fue y luego fue borrado, es el resto de la historia: las balas, los gritos, los cuerpos.

La masacre de Tiananmén no fue solo una tragedia: fue una advertencia. Miles de estudiantes y ciudadanos se congregaron durante semanas en la plaza más importante de Pekín para exigir reformas democráticas, libertad de prensa y un alto a la corrupción. Las protestas eran pacíficas, pero crecían. Y un régimen autoritario no tolera lo que no puede controlar.

El 4 de junio, el gobierno del Partido Comunista ordenó el uso de la fuerza militar. Tanques y soldados irrumpieron en la plaza. Lo que siguió fue una carnicería. Hasta hoy, no se conoce el número real de muertos: algunas estimaciones hablan de cientos; otras, de miles. Y en China, ni siquiera se puede preguntar.

El poder del silencio impuesto

En la China continental, mencionar Tiananmén es ilegal. Las redes sociales censuran automáticamente cualquier intento de conmemoración. Los libros escolares no lo mencionan. Y los padres que perdieron hijos en la masacre aún hoy son vigilados por el Estado. Tiananmén no solo fue una masacre física: fue también una masacre de la memoria.

El aparato de censura chino logró algo impresionante: que una de las matanzas más documentadas de la era moderna sea invisible dentro de su propio país e incluso para el mundo, poco se habla ya de ellos. Pero la verdad no desaparece porque se prohíba. Se esconde, se transmite en susurros, se hereda en silencio.

Un espejo incómodo para el mundo

Hoy, mientras China se proyecta como potencia tecnológica y comercial, su talón de Aquiles sigue siendo la libertad. Tiananmén no es una herida cerrada: es una herida cubierta. Y el mundo, seducido por éxito de China, por los contratos, la inversión y la diplomacia, prefiere no recordar lo que ayer criticaba.

¿De qué sirve recordar Tiananmén hoy? Porque el silencio no puede ser la respuesta frente a la barbarie. Porque cada vez que un Estado asesina a su propia gente por pensar diferente y el mundo lo calla, ese crimen se repite, en otra plaza, con otro nombre.