Por Abril Peña
Yo soy de las que digo que el pleito debe de echarse aquí siempre he pensado así, pero… not todos pensamos igual o vivimos las mismas circunstancias.
Un país no se vacía solo cuando los pobres se van. Un país también se vacía cuando se marchan los que tienen talento, preparación y futuro. Y lo hacen la mayoría en silencio. Sin protestas. Sin trending topics. Sin titulares y añorando luego su terruño.
En los últimos años he recibido mensajes de jóvenes profesionales que empacaron su título, su currículum y su decepción. Se fueron. A España, a Estados Unidos, a Canadá e incluso a urbes menos conocidas.
Algunos con papeles. Otros, simplemente huyendo de una promesa rota. No se fueron por hambre. Se fueron por hartazgo.
Por ver cómo este país premia la mediocridad, castiga la excelencia y frustra el mérito.
Según el Barómetro de las Américas 2016–2017, el 42% de los dominicanos mayores de 18 años expresó su deseo de emigrar en los tres años siguientes. República Dominicana fue el cuarto país de la región con mayor intención de emigrar, superado solo por Haití, Jamaica y Dominica.
Ese deseo no ha menguado. Para muchos jóvenes, el futuro ya no está aquí, porque las oportunidades no coinciden con su preparación.
La ONU estimó en 2020 que 1.6 millones de dominicanos vivían fuera del país, lo que representa el 15.4% de la población nacional. Solo en Estados Unidos residen 1.3 millones de dominicanos, formando una de las comunidades migrantes de mayor crecimiento.
Desde los años 80, ya no emigran solo los pobres: se van también los profesionales, los técnicos, los soñadores formados en aulas locales pero marginados en el sistema.
Mientras tanto, las remesas —que en 2021 representaron entre el 10% y 11% del PIB— mantienen a flote miles de hogares. Pero también evidencian lo que el país ha dejado de construir con su propia gente.
No todos se van por necesidad económica. Muchos se van porque aquí su inteligencia incomoda. Porque ver a un incompetente con poder mientras ellos sobreviven como pasantes con dos maestrías es más que frustrante: es humillante. Porque en este sistema, tener principios se paga caro, y tener preparación te puede cerrar más puertas de las que abre.
Según el Ministerio de Economía, el salario promedio en República Dominicana es de RD$33,600, unos US$574 mensuales. En sectores como salud, comunicaciones o administración pública, los sueldos de profesionales rondan entre US$500 y US$700. Solo en minería o finanzas se superan los US$1,000 mensuales.
Pero la vida cuesta más. La educación privada puede llegar hasta US$17,000 anuales. El sistema de salud público no da abasto ni cubre nuestras necesidades y aún pagando seguro la salud privada en impagable para muchos. El transporte, la vivienda, los alimentos… todo junto? nada da tregua.
Mientras tanto, un influencer con miles de seguidores o un creador de contenido en OnlyFans puede generar entre US$1,000 y US$5,000 al mes sin preparación formal, sin jerarquías y sin trámites y ni siquiera con buen contenido, tristemente muchos de los más exitosos no aportan absolutamente nada sin embargo en meses, superan lo que muchos profesionales ganan en un año.
Y no se trata de envidia, sino de una ecuación nacional rota, donde la inversión en formación no se traduce en dignidad laboral, ni hablar de ascensión social ni de riqueza, ya eso es otra cosa.
Pero la cosa no se queda ahí, como si fuese poco la subutilización del talento es otra tragedia.
Según un estudio de 2019, el 41.6% de los jóvenes entre 19 y 24 años no terminó la secundaria, y aún así, el desempleo juvenil entre universitarios alcanza el 26%, uno de los más altos de América Latina.
Muchas jóvenes dominicanas, aun con títulos universitarios, terminan limpiando casas en Europa porque sus estudios no valen allá… ni aquí.
Profesionales sobrecalificados ocupan puestos de entrada, mientras los espacios intermedios siguen reservados a los bien conectados.
Y mientras tanto, el país se entretiene. Con el escándalo político del día. Con el próximo viral de TikTok, X, IG o FB. Con las cifras que explican pero no cambian realidades.
Y así, sin darnos cuenta, perdemos a nuestros mejores cerebros, nuestros científicos, nuestros técnicos, nuestros futuros líderes.
Es un éxodo silencioso. Uno que no escandaliza, pero duele. Uno que no abre noticieros, pero cerrará las puertas del desarrollo cuando más lo necesitemos.
Y aquí seguimos, invirtiendo en “capacitación para el empleo”, pero luego no poder ofrecer un empleo digno.
Hablando de “retención del talento”, pero sin condiciones mínimas para que el talento quiera quedarse y ni siquiera con condiciones que visibilicen sus esfuerzos, ya no se trata de si el país tiene futuro., se trata de para quién lo tiene.
Y la pregunta sigue allí, con cada vuelo que despega:
¿Qué país estamos construyendo, si los mejores se nos van… y los que se quedan, ya no creen?



