Editorial

El tapón no es el problema: somos nosotros

Compartir

El video que se hizo viral este Jueves Santo en la carretera Sánchez, tramo Baní–Azua, no muestra nada nuevo, muestra lo de siempre.

Un “taponazo” kilométrico que muchos atribuyen, como cada año, a la carretera, al volumen de vehículos o al destino turístico de turno. Pero basta mirar con atención para entender que el problema va mucho más allá.

Ese tapón, en gran medida, no se creó solo por la cantidad de carros.

Se creó por la forma en que conducimos.

Vehículos utilizando las orillas como carriles improvisados, conductores invadiendo el carril contrario. Personas tratando de “colarse” para avanzar unos metros más rápido, sin entender —o sin importarles— que esa misma conducta termina paralizando todo. El resultado es siempre el mismo: caos, largas filas… y frustración colectiva.

Pero aquí hay una verdad incómoda que debemos decir sin rodeos:

no podemos seguir esperando, en contextos como este, un comportamiento disciplinado, respetuoso y civilizado por parte de toda la ciudadanía, no porque no debamos aspirar a ello, sino porque la realidad, año tras año, demuestra lo contrario.

Y es precisamente por eso que la otra pregunta es obligatoria: ¿dónde estaban las autoridades?

En un país donde estos escenarios son previsibles, donde cada Semana Santa se repite el mismo patrón, la ausencia de control efectivo no es un detalle menor, es parte del problema.

No se trata solo de presencia simbólica, se trata de orden, de qimpedir que se utilicen las orillas como carriles, de sancionar a quienes violan las normas, de enviar un mensaje claro de que el desorden no será tolerado.

Porque cuando no hay consecuencias, el mensaje que se envía es otro: “haz lo que quieras” y así, año tras año, repetimos el mismo ciclo: indisciplina, falta de control y caos.

Este tipo de situaciones no se resuelven con discursos ni con operativos mediáticos. Se resuelven con decisiones firmes, con autoridad real y con la voluntad de imponer el orden, aunque incomode.

Porque mientras sigamos tolerando que algunos “sean más vivos” que los demás, lo que tendremos no es movilidad… es desorden organizado.

Y ese, al final, lo pagamos todos.