Economía

Si crecemos tanto… ¿por qué hay tanta desigualdad?

Capítulo 6 – El precio que todos pagamos

Por Abril Peña

Durante cinco capítulos hemos mostrado cómo crece la economía… pero no el bienestar.

Cómo se concentra la riqueza, se debilita la redistribución fiscal, se priorizan obras para pocos y se mantiene al grueso de los trabajadores en la precariedad.

Pero hoy toca ir más allá: ¿Qué consecuencias tiene tanta desigualdad? ¿Y por qué nos afecta a todos —incluso a los que se sienten protegidos?

1. Menos desarrollo, más desperdicio

Un país desigual desperdicia su propio talento. Millones de dominicanos crecen sin acceso real a buena educación, salud o redes de apoyo.

Eso significa menos profesionales, menos innovación, menos productividad. Mientras se educa con precariedad a la mayoría, el país crece con freno de mano.

– Un niño sin internet hoy será un adulto con menos oportunidades mañana.

– Una joven que deja la universidad por falta de recursos, es una pérdida para el país, no solo para ella.

La desigualdad no es solo injusta. Es ineficiente.

2. Inseguridad e incertidumbre

Nadie vive tranquilo rodeado de desesperación. La exclusión y la pobreza extrema alimentan la informalidad, la violencia y la criminalidad.

Los barrios sin oportunidades terminan convirtiéndose en zonas de riesgo. El delito organizado se nutre de la falta de opciones. Y las clases medias viven atrapadas: con miedo abajo, con frustración arriba.

Un país donde la mayoría vive al margen no puede ofrecer seguridad a nadie.

3. Más gasto, menos soluciones

La desigualdad obliga al Estado a gastar más… para resolver menos. Más subsidios. Más asistencia social. Más operativos, parches y controles.

Pero sin atacar las causas estructurales: falta de educación de calidad, empleos dignos, vivienda accesible y servicios públicos universales.

El Estado termina gastando más en contener consecuencias que en construir soluciones.

4. Polarización y desconfianza

Cuando la desigualdad se normaliza, también se rompe la cohesión social.

La gente deja de creer en las instituciones. Se profundiza el clientelismo: “resolver” se vuelve más útil que “transformar”. Y la democracia se vuelve vulnerable, porque amplias capas de la población dejan de sentirse representadas.

En un país desigual, la política pierde legitimidad. Y cuando la política se vacía de sentido, lo que sigue es el ruido, la rabia o la rendición.

5. Nadie está realmente a salvo

Hay quienes creen que la desigualdad no les afecta porque tienen seguro privado, carro propio o pueden pagar un colegio caro.

Pero cuando lo común se desmorona, lo privado también empieza a fallar.

Si el tránsito colapsa, no hay ruta exclusiva que te salve. Si el sistema de salud pública no funciona, la presión llega también al sector privado. Si la inseguridad aumenta, ni las torres, ni los guardias ni las rejas bastan.

Nadie vive en una burbuja que flote sobre el país.

¿Y qué podemos exigir?

✅ Invertir en equidad no es caridad. Es estrategia de desarrollo.

✅ Redistribuir mejor no empobrece al rico: enriquece a la nación.

✅ Asegurar derechos a todos no debilita la democracia: la fortalece.

✅ Cerrar brechas no genera dependencia: genera oportunidades.

✅ Reconstruir lo público es construir futuro compartido.

La desigualdad no es un problema de pobres. Es una amenaza para la estabilidad, el crecimiento y la democracia. Y mientras sigamos creciendo así —desigualmente— todos, en algún momento, pagaremos el precio.

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