Editorial

Ni víctimas ni verdugos: una nueva ley de alquileres con equilibrio real

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@abrilpenaabreu

Durante décadas, el debate sobre los alquileres en República Dominicana ha estado dominado por una narrativa incompleta: inquilinos como víctimas y propietarios como victimarios. Sin embargo, la realidad, como casi siempre, es mucho más compleja. Lo que muchos prefieren ignorar —pero los tribunales conocen muy bien— es que en este país la ley ha sido usada sistemáticamente para abusar del derecho de propiedad. Inquilinos que duran años sin pagar, que destruyen las viviendas, que se niegan a salir pese a órdenes judiciales, mientras los dueños —sin herramientas legales eficaces— terminan perdiendo no solo dinero, sino sus propios inmuebles.

La actual Ley 4314 de 1955, desfasada y disfuncional, es cómplice de esta distorsión. Lejos de equilibrar los derechos entre partes, ha facilitado una cultura de informalidad, impunidad y manipulación legal, especialmente en perjuicio de quienes arriesgan su patrimonio alquilando propiedades.

Por eso, una eventual reforma de la Ley de Alquileres no puede repetir esta tara. Si realmente queremos una legislación moderna, no basta con proteger al inquilino: hay que garantizar el equilibrio. Un equilibrio donde el que alquila tenga reglas claras, plazos razonables y protección frente a abusos, pero también donde el que renta no quede atado de manos frente a la irresponsabilidad o la mala fe.

El ejemplo de países como España debería ser una advertencia. Allá, el fenómeno de los okupas —personas que invaden viviendas y se amparan en vacíos legales para no ser desalojadas— ha provocado una crisis social y judicial. Los propietarios, incluso con sentencias a favor, deben esperar meses o años para recuperar lo que es suyo. En Argentina, la regulación excesiva provocó un colapso en el mercado de alquileres formales. En Colombia, el desbalance llevó a una explosión de desalojos extrajudiciales y violencia urbana.

¿Queremos repetir esos errores?

Una nueva ley dominicana debe corregir los vicios del pasado, pero con visión de futuro. Eso implica:

Contratos obligatorios, pero ágiles y digitalizados.

Procesos de desahucio más rápidos, con garantías mínimas para ambas partes.

Un sistema de mediación eficiente, sin burocracia ni favoritismos.

Incentivos a la formalidad, tanto para propietarios como para inquilinos.

Penalización clara al abuso: del que no paga, y del que hostiga o desaloja arbitrariamente.

No se trata de favorecer a unos sobre otros. Se trata de que ambos —arrendatarios e inquilinos— tengan reglas claras, derechos protegidos y deberes exigibles. Porque ni todos los inquilinos son víctimas, ni todos los propietarios son verdugos.

Lo que está en juego no es solo justicia contractual. Es la confianza en el Estado de derecho, en la inversión, y en nuestra capacidad de regular con sensatez.

Una ley que siga permitiendo que “el vivo” se salga con la suya no será una reforma: será una repetición. Y esta vez, el costo social será mayor.