Opinión

Romantizar la vida: la rebelión de volver a disfrutar

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Por Abril Peña

Hace unos días encontré un artículo de Vogue sobre el regreso del romanticismo. Aunque partía de la moda, la idea me pareció mucho más amplia: después de años dominados por el minimalismo, la productividad, la prisa y la necesidad de optimizar cada aspecto de nuestra existencia, estamos comenzando a sentir hambre de belleza, emoción y fantasía.

Quizá nos cansamos de vivir como si fuéramos máquinas. Nos enseñaron a utilizar el tiempo pero no necesariamente a disfrutarlo, a producir, resolver, cumplir y llegar, aunque pocas veces nos preguntamos cómo queremos sentirnos durante el trayecto. Convertimos nuestras casas en espacios funcionales, reservamos la ropa bonita para ocasiones especiales y guardamos perfumes, vajillas y hasta emociones esperando un momento extraordinario que muchas veces nunca llega, mientras tanto, la vida sucede.

Romantizar la vida aparece entonces como una pequeña rebelión contra esa existencia mecánica, no consiste en negar las dificultades ni en construir una fantasía irresponsable donde los problemas desaparezcan, y mucho menos significa vivir para producir imágenes perfectas para las redes sociales, se trata de impedir que las preocupaciones ocupen cada centímetro de nuestra experiencia. Porque tenemos demasiados problemas como para aceptar, además, una vida deliberadamente fea.

Romantizar nuestros días puede comenzar con algo tan sencillo como servir el café en la taza que más nos gusta, poner música mientras organizamos la casa, comprar flores sin esperar que alguien nos las regale o usar un martes cualquiera ese perfume que reservamos para una ocasión especial. También puede significar preparar la mesa aunque comamos solos, cambiar la iluminación de una habitación, caminar sin perseguir una meta, leer algunas páginas antes de dormir o vestirnos de una manera que nos haga sentir atractivos aunque no tengamos ningún compromiso importante. Son gestos pequeños pero producen algo grande: nos devuelven la sensación de estar participando en nuestra propia vida.

Durante mucho tiempo se nos hizo creer que interesarnos por la belleza era superficial, y especialmente a las mujeres se nos ha exigido justificar cada gusto, si nos arreglamos demasiado somos frívolas, si invertimos en nuestro bienestar somos egoístas, si descansamos somos improductivas, como si solo tuviéramos derecho a disfrutar después de haber resuelto todos los problemas y atendido las necesidades de todo el mundo. Pero los problemas nunca terminan, siempre habrá una factura pendiente, una preocupación familiar, una meta laboral, una noticia terrible esperando nuestra atención, y si condicionamos la alegría a que todo esté finalmente en orden corremos el riesgo de pasarnos la vida esperando.

Por eso embellecer nuestro cuerpo, nuestros espacios y nuestros días no tiene que ser frivolidad, puede ser una manera de cuidar nuestra salud emocional, el entorno influye en nuestro estado de ánimo, la forma en que nos presentamos modifica nuestra disposición, y la expectativa de un pequeño placer puede ayudarnos a atravesar una jornada difícil. Y no hace falta una fortuna, el nuevo lujo del que hablamos no está determinado necesariamente por el precio de las cosas sino por tener tiempo para sentarnos a conversar sin mirar el teléfono (es lo más difícil para mí) cocinar algo que nos gusta, crear tradiciones, cuidar un objeto heredado, encender una vela, bailar en la casa o transformar una comida corriente en un momento especial. El lujo verdadero puede ser conservar la capacidad de asombro.

En las redes ha comenzado a circular la idea de construir una manic pixie dream life, una vida curiosa, espontánea, colorida y llena de pequeños descubrimientos, pequeñas cosas que te hacen feliz, concepto que proviene de aquel personaje femenino del cine que llegaba para enseñarle a un hombre aburrido a disfrutar la existencia, con la diferencia de que ahora muchas mujeres estamos reclamando esa energía para nosotras mismas, ya no se trata de aparecer para hacer más interesante la vida de otro, se trata de convertirnos en protagonistas de la nuestra.

Quizá por eso regresan el color, los encajes, las flores, los objetos artesanales y los espacios con personalidad, porque después de tanta perfección impersonal queremos casas que parezcan habitadas, ropa que exprese algo, muebles con recuerdos, fotografías impresas y objetos que conserven las huellas de quienes amamos. Frente a un mundo cada vez más automatizado, sentir se convierte en una forma de resistencia, y frente a una cultura que intenta convertir cada minuto en rendimiento, disfrutar sin una finalidad productiva puede ser un acto de libertad.

La vida seguirá siendo compleja y romantizarla no eliminará las pérdidas ni las incertidumbres, pero puede ayudarnos a recordar que incluso dentro de una etapa difícil todavía existen momentos capaces de producir placer, ternura y belleza, y que la ocasión especial no es el día en que finalmente desaparezcan todas las preocupaciones.

La ocasión especial es estar vivos.