Por Abril Peña
En medio del dolor nacional por lo ocurrido en la discoteca Jet Set, no solo estamos enfrentando una tragedia humana. También estamos frente a un espejo: el de cómo tratamos el sufrimiento ajeno. Porque mientras equipos de rescate luchaban por salvar vidas entre escombros, en redes sociales y grupos de mensajería comenzaban a circular imágenes de cadáveres, videos de personas agonizando, y capturas que ningún ser humano debería ver… y mucho menos compartir.
No es la primera vez que ocurre. Pero tiene que ser la última que lo dejemos pasar.
Este país cuenta desde 2019 con la Ley 192-19, creada precisamente para proteger la imagen, intimidad y dignidad de personas fallecidas o accidentadas. Una ley que surgió, en parte, por la indignación colectiva tras la publicación de las imágenes del cadáver del alcalde Juan de los Santos. Una ley que hoy está siendo ignorada sin consecuencias visibles.
Y es que hay una gran diferencia entre libertad de expresión y morbo, entre informar y explotar el sufrimiento. Ninguna cobertura justifica exponer a una madre a ver el cuerpo de su hijo por un mensaje de WhatsApp. Ningún interés público puede estar por encima de la dignidad humana.
En países como Francia, durante el atentado a Charlie Hebdo, ni una sola imagen explícita fue filtrada. En Estados Unidos, la policía debió pagar millones a Vanessa Bryant por haber compartido imágenes del accidente donde murieron su esposo Kobe y su hija. Allí se entiende que el dolor también tiene derechos.
Aquí, en cambio, normalizamos lo inaceptable. Mientras las familias esperaban noticias de sus seres queridos, lo que recibían era horror. Y lo que circulaba no era información: era violencia digital.
Este es un momento clave. La Procuraduría Especializada contra Crímenes y Delitos de Alta Tecnología (PEDATEC) y la Policía Cibernética deben actuar. Quienes filtraron esas imágenes deben ser sometidos. Quienes las difundieron, investigados. No por venganza. Sino por justicia. Porque si no se pone un ejemplo hoy, mañana volverá a pasar.
Respeto, empatía y humanidad no deberían ser valores opcionales. En una tragedia colectiva, no todos pueden rescatar cuerpos. Pero todos podemos rescatar la decencia.



