Editorial

Héroes sin capa: el valor silencioso de nuestros rescatistas

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Santo Domingo. Cuando la tragedia golpea, cuando el caos y el desconcierto se apoderan de las calles, hay quienes no retroceden. No llevan capa ni salen en campañas publicitarias, pero están allí, a cualquier hora, con un solo objetivo: salvar vidas o, al menos, dar respuestas a los que esperan con el corazón en vilo. Me refiero a nuestros bomberos, rescatistas, miembros de la Defensa Civil, Cruz Roja y brigadas de emergencia de los distintos cuerpos castrenses. Hoy, más que nunca, merecen ser reconocidos.

Desde que ocurrió el colapso en la discoteca Jet Set, estos hombres y mujeres han trabajado sin descanso, muchos sin el equipo ideal, sin pausa y, en el caso de los bomberos voluntarios, sin sueldo alguno. Y, sin embargo, lo han dado todo. Se han lanzado a los escombros, han acompañado el dolor de las familias, han sostenido la esperanza en los peores momentos. Ellos también lloran, pero no se detienen.

El país ha sido testigo —una vez más— del compromiso de estos servidores públicos y voluntarios. A pesar de las limitaciones materiales, han mostrado una capacidad de respuesta admirable. Quienes han estado en el lugar coinciden: es la humanidad de estos equipos lo que sostiene a las familias cuando las horas pasan y la incertidumbre crece.

Su labor, sin descanso, no solo busca rescatar cuerpos. También busca sostener el alma de una nación herida.

Durante las largas jornadas de rescate, el país ha sido testigo de su humanidad: consuelan a familiares, se abrazan cuando hay hallazgos, lloran en silencio… y siguen. A veces con mascarillas improvisadas. A veces sin descanso. A veces, sin saber si volverán a casa con vida.

Han sido —una vez más— los pilares invisibles de una operación nacional de emergencia.

Y aquí es donde debemos también hacer una pausa crítica. En cada tragedia se repite la historia: escuchamos llamados desesperados pidiendo que se les lleve agua, comida, herramientas, linternas, mascarillas o guantes. La pregunta que no podemos seguir ignorando es: ¿por qué, año tras año, siguen operando en condiciones de precariedad?

¿Cómo es posible que los responsables de salvar vidas no cuenten con los recursos mínimos para cuidar las suyas?

Y SI en esta ocasión hay que reconocerlo: el sector público y el privado se volcaron en apoyar. Empresas, ciudadanos y autoridades respondieron llevando agua, comida, herramientas, lámparas, guantes y respiradores. Fue un gesto hermoso de solidaridad nacional.

Pero la pregunta incómoda persiste:

¿Por qué hay que esperar a que ocurra una tragedia para dotarlos de lo esencial?

¿Por qué tienen que trabajar al borde de la improvisación, dependiendo de donaciones y buena voluntad?

No se puede seguir gestionando el rescate con base en la emergencia. La preparación es también un acto de respeto a quienes se juegan la vida por nosotros.

Honrar su labor no puede quedarse en palabras ni en medallas simbólicas. Necesitan presupuestos reales, equipos modernos, entrenamientos continuos y cobertura de salud garantizada. Reconocerlos implica dignificarlos. Y eso se hace con políticas públicas que pongan fin a la desigualdad institucional que históricamente han padecido.

Cada tragedia tiene nombres. Los de las víctimas, los de los sobrevivientes… y los de quienes estuvieron allí cavando, cargando, buscando, consolando. Que el país no olvide los rostros sudorosos, los uniformes empolvados, las manos sucias que en medio del dolor colectivo se convirtieron en símbolo de esperanza.

Hoy más que nunca, gracias a cada bombero, rescatista y voluntario que ha estado en el lugar que nadie quiere estar. Ojalá no tengamos que esperar otra catástrofe para hablar de ustedes. Y ojalá, de una vez por todas, puedan trabajar con la seguridad, el respeto y los recursos que merecen.

Gracias, héroes sin capa. Que esta vez no los olvidemos. Y que esta vez —de verdad— aprendamos.