@abrilpenaabreu
La República Dominicana está envejeciendo. No se trata de una percepción ni de una advertencia lejana, sino de una transformación demográfica que ya comenzó y que obligará al Estado a revisar sus políticas de salud, pensiones, empleo, vivienda y cuidados.
Las nuevas proyecciones de la Oficina Nacional de Estadística revelan que la edad media de la población dominicana pasó de 21.6 años en 1950 a 32.9 años en 2026. Para 2050 alcanzaría los 40.3 años y, al finalizar el siglo, podría situarse en 51.6 años.
La población vive más y tiene menos hijos, la esperanza de vida al nacer, que era de apenas 44 años en 1950, alcanza actualmente los 75.7 años. En el caso de las mujeres llega a 79.1 años, mientras que para los hombres se sitúa en 72.4. Al mismo tiempo, la fecundidad cayó desde un promedio de 7.57 hijos por mujer en 1950 hasta 1.97 en 2026, por debajo del nivel necesario para garantizar el reemplazo generacional.
Estos cambios representan un avance social, vivir más tiempo y reducir los embarazos no planificados son indicadores relacionados con mejores condiciones sanitarias, mayor educación y nuevas oportunidades para las mujeres. El problema no es que la sociedad dominicana envejezca. El problema es que lo haga sin estar preparada.
La ONE estima que la población de 65 años o más pasará de representar aproximadamente el 9 % del total en 2025 al 17 % en 2050. Para finales de siglo podría alcanzar el 36 %. Hacia mediados de siglo, por primera vez en nuestra historia, habría más adultos mayores que niños, eso transformará profundamente las necesidades del país.
La demanda de escuelas podría disminuir en algunas zonas, mientras aumentará la necesidad de hospitales, medicamentos, especialistas en geriatría, residencias asistidas, servicios domiciliarios y programas de atención para enfermedades crónicas. También crecerá la cantidad de personas que dependerán de pensiones o de la ayuda económica de sus familiares.
Sin embargo, buena parte de las políticas públicas continúa concebida para una República Dominicana predominantemente joven, el sistema de seguridad social ya presenta dificultades para garantizar pensiones suficientes. Miles de trabajadores se encuentran fuera del empleo formal y, por tanto, llegarán a la vejez sin haber acumulado los fondos necesarios para sostenerse, otros recibirán pensiones incapaces de cubrir alimentación, vivienda, medicamentos y cuidados, si no se actúa ahora, el envejecimiento podría convertirse en una fábrica de pobreza.
También existe una dimensión que suele permanecer invisible: el cuidado, cuando una persona mayor pierde autonomía, generalmente es una mujer de la familia quien reduce su jornada laboral, abandona su empleo o asume sin remuneración la responsabilidad de atenderla.
La ausencia de un sistema nacional de cuidados no significa que el cuidado no exista. Significa que su costo económico, físico y emocional es trasladado silenciosamente a los hogares y, especialmente, a las mujeres.
La transformación demográfica también afectará al mercado laboral. Una población con menos nacimientos implica que, en el futuro, habrá proporcionalmente menos jóvenes ingresando a la fuerza productiva y más personas retiradas. Esto ejercerá presión sobre las pensiones, la recaudación fiscal y el sistema sanitario.
Todavía contamos con una ventana de oportunidad, según las proyecciones oficiales, en 2026 existen 51.7 personas dependientes por cada 100 en edad de trabajar, la relación de dependencia más baja de nuestra historia reciente. Esta ventaja demográfica podría extenderse aproximadamente hasta 2065.
Pero una ventana abierta no permanece abierta para siempre, el país debe aprovechar este periodo para elevar la productividad, reducir la informalidad, mejorar los salarios, ampliar la cobertura de la seguridad social y fortalecer el ahorro previsional. También necesita formar más especialistas en geriatría y gerontología, adaptar el sistema sanitario a las enfermedades crónicas y desarrollar servicios públicos de cuidado.
Las ciudades tendrán que transformarse. Aceras intransitables, transporte público poco accesible, edificios sin ascensores y servicios concentrados lejos de las comunidades representan obstáculos que se vuelven más graves con la edad. La planificación urbana debe comenzar a considerar una sociedad con más personas de movilidad reducida, mayor necesidad de espacios seguros y una creciente demanda de viviendas adaptadas.
Prepararnos tampoco significa tratar a los adultos mayores como una carga. Una población que vive más años acumula conocimientos, experiencia y capacidad productiva. Será necesario combatir la discriminación por edad, facilitar modalidades laborales flexibles y crear oportunidades para quienes quieran continuar activos después de la edad tradicional de retiro.
El envejecimiento no llegará de repente en 2050, ya está ocurriendo en los hogares que sostienen económicamente a sus padres, en las mujeres que cuidan familiares sin recibir apoyo, en los trabajadores informales que se acercan a la vejez sin pensión y en los hospitales que atienden cada vez más enfermedades crónicas.
Las cifras de la ONE no deben quedar archivadas como una curiosidad estadística. Son una advertencia y, al mismo tiempo, una oportunidad para anticiparnos. La República Dominicana todavía tiene tiempo para construir un sistema de protección social capaz de acompañar dignamente a su población durante todas las etapas de la vida. Pero cada año sin reformas reduce ese margen. Envejecer es una conquista de la sociedad. Hacerlo en abandono sería un fracaso del Estado.



