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Nacionalistas de hojalata: un país que olvida su música y sus raíces

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Por Abril Peña

Para algunos, defender la dominicanidad consiste en vigilar permanentemente qué hacen los haitianos, quién colabora con un artista del vecino país y cuál dominicano merece ser declarado traidor a la patria por mezclarse con una cultura diferente.

Pero basta hacer una pregunta sencilla para descubrir la fragilidad de ese nacionalismo: ¿cuántos ritmos y bailes dominicanos conocen?

Probablemente responderán merengue y bachata. Los más aventajados agregarán el son. Después llegará el silencio.

La República Dominicana posee una riqueza musical y danzaria extraordinaria, construida durante siglos mediante la mezcla de influencias indígenas, africanas, españolas y caribeñas. Porque nuestra cultura nunca ha sido químicamente pura ni ha vivido encerrada dentro de una vitrina, es producto de encuentros, conflictos, migraciones, adaptaciones y apropiaciones creativas.

Eso no la hace menos dominicana, la hace auténticamente nuestra.

Somos más que merengue y bachata. El merengue es posiblemente nuestra expresión cultural más reconocida. Está presente en las fiestas, los campos, las campañas electorales, las celebraciones familiares y hasta en los momentos en que el dominicano decide bailar sin que nadie lo haya invitado.

La UNESCO lo declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2016 y destaca que sus conocimientos se transmiten mediante la observación, la participación y la imitación. En otras palabras, el merengue no se aprendía viendo tutoriales: se aprendía mirando a los mayores y entrando al baile.

La bachata, despreciada durante décadas por considerarse música de guardia, de cabaret o de sectores populares, terminó conquistando el mundo. En 2019 también fue reconocida por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Hoy muchos celebran a Juan Luis Guerra, Romeo Santos y Prince Royce, pero olvidan a José Manuel Calderón, Luis Segura, Leonardo Paniagua, Mélida Rodríguez, Luis Vargas, Anthony Santos y tantos otros que sostuvieron el género cuando las élites dominicanas sentían vergüenza de él.

Esa historia debería enseñarnos algo: con frecuencia despreciamos lo nuestro hasta que recibe la aprobación del extranjero. Los ritmos que casi nadie puede identificar Nuestra música no comenzó con la

orquesta de merengue ni termina con la bachata moderna.

Tenemos el carabiné, antiguo baile colectivo y de pareja que alcanzó especial presencia en el Sur; la mangulina, alegre y rápida; el chenche matriculado, vinculado también con comunidades sureñas; y el pri-prí, característico de Villa Mella y ejecutado tradicionalmente con acordeón, güira y tambora.

Existe el pambiche, una modalidad cadenciosa del merengue; el merengue típico o perico ripiao, con el acordeón, la güira y la tambora como protagonistas; y el son dominicano, que echó raíces y desarrolló características propias dentro de nuestra vida popular.

También sobreviven expresiones rituales y comunitarias como los palos o atabales, las salves, la sarandunga de Baní, los congos de Villa Mella, el gagá de los bateyes y la bamboulá, preservada especialmente en comunidades de Samaná.

No todas surgieron como entretenimiento, algunas acompañan velaciones, procesiones, fiestas patronales, promesas religiosas, funerales y celebraciones comunitarias. Son música, baile, espiritualidad, memoria y organización social al mismo tiempo.

Los Congos de Villa Mella fueron reconocidos por la UNESCO debido a su extraordinario espacio cultural, en el que se combinan cantos, danzas, procesiones y tambores vinculados a la Cofradía del Espíritu Santo.

También está la tradición del teatro bailado cocolo, preservada por los Guloyas de San Pedro de Macorís. Esta manifestación nació entre descendientes de trabajadores procedentes del Caribe británico y mezcla danzas de raíz africana con relatos bíblicos y medievales europeos, adaptados a la realidad dominicana.

Sí: una tradición nacida de una comunidad inmigrante también terminó formando parte de la dominicanidad. Así funciona la cultura, aunque a los nacionalistas de hojalata les resulte difícil comprenderlo.

Los bailes que dejamos de bailar ¿Cuántos niños dominicanos han visto alguna vez el baile de la cinta? ¿Cuántos reconocerían una mangulina, un carabiné o una sarandunga?

Celebramos actividades escolares en las que los estudiantes interpretan coreografías importadas de las redes, pero rara vez les enseñamos los bailes que forman parte de su propio patrimonio. Sabemos identificar el twerking, las tendencias de TikTok y los pasos del artista internacional del momento, pero desconocemos el movimiento de los Guloyas, la danza de los Congos o el sentido religioso de los palos.

No hay nada malo en aprender expresiones extranjeras, el problema comienza cuando las incorporamos sustituyendo completamente las nuestras. La cultura que no se practica termina convertida en una exhibición ocasional para turistas y después desaparece.

Tampoco cuidamos a quienes construyeron nuestra música, hablar de soberanía cultural también implica conocer a nuestros creadores.

Antes de que el merengue llenara grandes escenarios internacionales estuvieron Ñico Lora, Luis Alberti, Joseíto Mateo, Johnny Ventura, Félix del Rosario, Wilfrido Vargas, Cuco Valoy y Fernando Villalona. Estuvieron mujeres fundamentales como Casandra Damirón, Joseíto Fernández —perdón, ese era cubano—, Fefita la Grande, Milly Quezada y Belkis Concepción, que tuvieron que abrirse paso en espacios dominados principalmente por hombres.

Nuestra memoria musical también incluye a Luis Días, que investigó, rescató y transformó ritmos tradicionales; a Sonia Silvestre, Víctor Víctor, Xiomara Fortuna, Roldán Mármol y tantos creadores que demostraron que lo popular, lo experimental y lo profundamente dominicano podían convivir.

Y están las portadoras de tradiciones comunitarias, como Enerolisa Núñez, cuya vida estuvo ligada a los cantos de salve y a la preservación de una herencia que difícilmente habría sobrevivido desde una oficina pública.

Ellos también defendieron la patria, lo hicieron con acordeones, guitarras, tambores, voces, investigaciones y escenarios, la música urbana también es parte del país, defender la tradición no significa negar el presente.

El rap, el reguetón y el dembow han sido apropiados y transformados por jóvenes dominicanos hasta desarrollar sonidos, códigos y formas de expresión propias. Nos gusten o no sus letras, también cuentan historias de barrios, aspiraciones, desigualdades, humor y supervivencia.

La discusión no debería consistir en expulsar lo urbano de la cultura dominicana, sino en exigir mayor creatividad, calidad y responsabilidad, mientras evitamos que su dominio comercial borre todo lo demás.

Bulin 47 puede grabar con un haitiano sin dejar de ser dominicano. Un merenguero puede incorporar jazz; una bachata puede dialogar con el bolero; un artista urbano puede utilizar palos, salves o pri-prí. Las culturas fuertes no temen al intercambio: lo absorben, lo transforman y le imprimen su carácter.

El verdadero peligro aparece cuando ya no existe una base cultural suficientemente sólida desde la cual crear, la soberanía también se escucha y se baila No basta con declarar el merengue y la bachata patrimonios de la humanidad. Hay que enseñar su historia, apoyar a sus intérpretes y garantizar que las nuevas generaciones puedan conocerlos.

Necesitamos escuelas que enseñen nuestros ritmos, festivales que no se limiten a los artistas comercialmente rentables, archivos sonoros accesibles, apoyo para los músicos tradicionales y políticas culturales que conecten el patrimonio con las industrias creativas.

Porque la identidad nacional no se conserva solamente controlando una frontera. También se conserva cuando una niña aprende a tocar la güira, cuando un joven descubre el pri-prí, cuando una comunidad mantiene vivos sus palos y cuando una familia enseña a bailar merengue sin esperar que llegue febrero.

Podemos escuchar música extranjera, bailar ritmos de cualquier parte y colaborar con artistas haitianos, puertorriqueños, colombianos o africanos. Nada de eso nos quita lo dominicano.

Lo que sí puede quitárnoslo es dejar de conocer, practicar y transmitir lo nuestro, el nacionalista verdadero no solamente agita la bandera: sabe cuál es el ritmo que la hace bailar.