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Ramón Alburquerque: el niño de Monte Plata que conquistó la ciencia y la política

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Por Abril Peña

La historia de la República Dominicana contemporánea no puede escribirse sin mencionar a Ramón Alburquerque Ramírez. Más allá de las consignas partidarias y de los debates televisivos, su trayectoria encarna, quizá como pocas, el ideal del esfuerzo propio: el niño de provincia que, a fuerza de libros y disciplina, se convirtió en una de las mentes más brillantes del Caribe.

De los campos de Monte Plata al mundo

Nacido en la provincia de Monte Plata, Alburquerque nunca olvidó sus raíces. Su origen campesino marcó su carácter frontal y su lenguaje llano, pero también forjó una ética de trabajo que lo acompañaría toda la vida. Desde temprano comprendió que la educación era la herramienta más poderosa para romper los ciclos de pobreza y dependencia.

Esa convicción lo llevó a obtener una beca para estudiar Ingeniería Química en la Universidad de Kansas, en Estados Unidos, una carrera que en su época parecía reservada para minorías privilegiadas. No se detuvo ahí: amplió su formación con estudios en planificación económica en la Universidad McGill, en Montreal, Canadá, consolidando una visión integral entre ciencia, economía y desarrollo.

Un políglota con mentalidad renacentista

Lo que distinguió a Ramón Alburquerque de buena parte de la clase política tradicional fue su profundidad intelectual. Dominaba cinco idiomas, lo que le permitió acceder directamente a las corrientes globales de pensamiento en energía, economía y geopolítica, sin intermediarios ni traducciones interesadas.

Fue, ante todo, un académico de pura cepa. Como catedrático de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), formó a generaciones de profesionales, transmitiendo no solo conocimientos técnicos, sino un profundo sentido de soberanía nacional. Sus ponencias en foros internacionales sobre minería, energía y termodinámica le granjearon el respeto de la comunidad científica mucho antes de que su nombre se convirtiera en referencia política.

El hombre detrás de la figura pública

Fuera de los micrófonos de Los Sabios en la Z, Ramón era un hombre de familia, de hábitos sencillos y conversación profunda. Quienes lo trataron de cerca recuerdan su memoria prodigiosa: podía citar versos de poetas clásicos con la misma precisión con la que evocaba el precio del barril de petróleo en 1970 o las cifras de una crisis energética pasada.

A pesar de su trayectoria, mantuvo una coherencia vital poco común. Siempre se asumió como un hijo de la provincia, un “campesino ilustrado” que utilizó su intelecto no para distanciarse del pueblo, sino para darle voz y herramientas de comprensión.

Un legado en construcción

La vida y obra de Ramón Alburquerque dejan una lección esencial a la juventud dominicana: la política sin formación es ciega, y la ciencia sin compromiso social es estéril. Su ejemplo demuestra que el rigor académico puede —y debe— convivir con la sensibilidad social, y que entender el mundo es también una forma de intentar transformar el país.