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Cuando la voz de la mujer se volvió voto

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Por Abril Peña

El 16 de mayo de 1942, las mujeres dominicanas cruzaron una línea que por siglos les había sido negada: la línea electoral. Ese día, votaron por primera vez en una elección presidencial, y aunque el escenario era una dictadura sin garantías democráticas, la conquista del sufragio femenino fue real, y fue suya.

Una lucha sembrada desde fuera del poder

Desde los años 20, mujeres como Abigail Mejía, Consuelo Montalvo de Frías, Delia Weber y Ercilia Pepín abrieron camino desde el pensamiento, la docencia, la poesía y la organización social. Exigieron el derecho al voto cuando aún era impensable, y lo hicieron sin respaldo oficial, sin privilegios, y sin el favor del régimen.

Estas mujeres no solo querían votar. Querían ser ciudadanas completas.

Y eso, en una época en que la mujer estaba reducida al espacio privado, era un acto revolucionario.

Fueron ellas quienes sostuvieron la lucha por convicción, no por estrategia política.

Una diplomática clave… desde dentro del régimen

Aunque la dictadura de Trujillo concedió el voto en 1942, la historia no puede contarse sin Minerva Bernardino, una figura que operó dentro del aparato estatal como diplomática, y que logró avances reales en favor de la mujer, tanto en el país como en el escenario internacional.

Fue delegada de República Dominicana ante la ONU, una de las redactoras de la Carta de 1945, y defensora firme de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

Sí: lo hizo desde dentro del régimen.

Y eso la vuelve una figura compleja: instrumental para el logro del sufragio, pero no autónoma como las pioneras que la precedieron.

Un derecho ganado… en plena dictadura

El primer voto femenino se ejerció bajo el régimen de Rafael Leónidas Trujillo.

Para algunos, fue una estrategia del dictador para proyectar modernidad.

Para otros, una maniobra para legitimar su poder ante el mundo.

Y es cierto: las elecciones estaban controladas, la oposición silenciada y los resultados, garantizados.

Pero eso no borra lo que ocurrió. Porque incluso en medio del autoritarismo, una puerta se abrió para siempre.

La mujer dominicana, desde ese día, ya no podía ser excluida del juego político. Ni por decreto. Ni por costumbre.

Lo simbólico también importa. Podrá decirse que no fue una conquista perfecta. Pero fue un inicio. Y los inicios también se celebran.

Después de ese voto vinieron más luchas: por la participación plena, por la representación política, por leyes que protegieran sus cuerpos y sus derechos.

Algunas batallas se han ganado. Otras siguen en curso. Pero aquel 16 de mayo de 1942, la democracia dejó de ser un club de hombres.

Y aunque seguía siendo una democracia incompleta —como lo es aún hoy—, ese día empezó a tener voz de mujer.

Un voto entre sombras… y luz, El voto llegó bajo dictadura, en elecciones sin competencia.

Pero aún así, el acto simbólico de votar cambió la historia. Desde ese día, la mujer dominicana dejó de ser espectadora en los procesos políticos. Aunque el sistema la usó como ornamento, ella se convirtió en sujeto político. Y esa puerta, una vez abierta, no volvió a cerrarse.