Por Denny Agramonte
Pocas figuras en la historia de las ideas han ejercido una influencia comparable a la de Pablo de Tarso. Su nombre está unido al nacimiento del cristianismo universal, pero reducirlo a la condición de predicador sería desconocer una de las inteligencias religiosas más penetrantes de la Antigüedad.
Pablo fue teólogo, escritor, polemista, misionero y pensador. Fue, además, el gran mediador entre tres mundos: el judaísmo, la cultura griega y el orden romano. En su pensamiento confluyeron la tradición de Israel, las categorías intelectuales del helenismo y la universalidad política del Imperio.
Su trayectoria resulta casi paradójica. El hombre que inicialmente persiguió a los seguidores de Jesús terminó convirtiéndose en su más formidable propagador. Su conversión no fue simplemente el tránsito de una doctrina a otra: fue una transformación radical de la existencia que convirtió al perseguidor en apóstol y al defensor de la antigua ley en uno de los grandes intérpretes de la novedad cristiana.
Pero Pablo no fue únicamente un hombre de fe. Fue también un hombre de extraordinaria inteligencia.
Pablo ante los filósofos de Atenas
Uno de los episodios más reveladores de su dimensión intelectual ocurrió en Atenas. Allí fue llevado al Areópago, espacio asociado a la deliberación pública y al debate intelectual de la ciudad.
El relato de los Hechos de los Apóstoles presenta a Pablo dialogando con miembros de las escuelas filosóficas epicúrea y estoica. Lo extraordinario no es solamente que predicara allí, sino la manera en que construyó su argumento.
Pablo no comenzó atacando las creencias de sus interlocutores. Partió de aquello que podía servir como punto de encuentro. Observó su religiosidad, evocó su altar «al dios desconocido» y utilizó referencias provenientes de la propia cultura griega. Incluso citó a poetas griegos para expresar una verdad que pretendía conducir hacia el Dios de Israel.
Aquella escena posee una enorme importancia filosófica: Pablo comprendió que la evangelización del mundo culto no podía realizarse únicamente mediante la repetición de fórmulas religiosas. Era necesario entrar en diálogo con la razón.
En Atenas aparece, por tanto, uno de los primeros grandes encuentros entre el cristianismo naciente y la filosofía griega.
Pablo no era un filósofo académico en el sentido técnico del término. Pero poseía algo quizá más decisivo: la capacidad de pensar el cristianismo en categorías comprensibles para una civilización filosófica.
El escritor de las epístolas
A ello se añade su extraordinaria producción epistolar.
El Nuevo Testamento conserva trece cartas atribuidas tradicionalmente a Pablo, aunque la autoría de algunas de ellas ha sido objeto de debate entre los especialistas. Las cartas consideradas auténticamente paulinas por la mayoría de los estudiosos constituyen uno de los conjuntos literarios y teológicos más influyentes de la Antigüedad.
Romanos, Corintios, Gálatas, Filipenses, Tesalonicenses y las demás epístolas muestran a un escritor capaz de desplazarse entre la argumentación teológica, la exhortación moral, la polémica, la reflexión antropológica y la preocupación pastoral.
Su escritura posee una intensidad particular.
Pablo argumenta, interroga, contrapone, provoca, persuade. Puede desarrollar una tesis con rigor y, pocas líneas después, elevar el lenguaje hasta la poesía. El capítulo 13 de la Primera Carta a los Corintios, con su célebre reflexión sobre el amor, constituye uno de los textos más memorables de la literatura religiosa universal.
En Pablo conviven el jurista formado en la tradición judía, el polemista, el místico y el escritor apasionado.
Su prosa no es ornamental: es una prosa de combate intelectual.
El arquitecto del cristianismo universal
Aquí aparece su dimensión histórica.
Jesús fue el fundador y centro originario del movimiento cristiano. Pero Pablo desempeñó un papel decisivo en su transformación en una comunidad universal, abierta a los pueblos no judíos.
La cuestión era gigantesca: ¿ debía el cristianismo permanecer vinculado fundamentalmente a las estructuras religiosas y culturales de Israel, o podía convertirse en una realidad universal?
Pablo respondió con una fuerza extraordinaria.
Su misión llevó el mensaje cristiano fuera de Palestina y hacia las grandes ciudades del Mediterráneo. Antioquía, Filipos, Tesalónica, Corinto, Éfeso, Atenas y Roma aparecen como escenarios de su actividad.
De esta manera, el cristianismo comenzó a abandonar las dimensiones de un movimiento religioso localizado para adquirir una vocación universal.
Por eso puede afirmarse, con la necesaria precisión histórica, que Pablo fue el gran arquitecto intelectual y misionero del cristianismo universal.
Sin Jesús no existiría el cristianismo; sin Pablo, probablemente el cristianismo habría tenido una historia radicalmente diferente.
Una nueva antropología
La grandeza intelectual de Pablo alcanza también el terreno de la antropología.
Su pregunta fundamental no era únicamente qué debe creer el hombre, sino qué puede llegar a ser.
El hombre viejo y el hombre nuevo, la carne y el espíritu, la ley y la gracia, Adán y Cristo, muerte y resurrección: todas estas categorías expresan una concepción dramática de la existencia.
Para Pablo, el ser humano es un ser dividido, capaz de reconocer el bien y, sin embargo, experimentar una profunda dificultad para realizarlo. En este sentido, sus reflexiones sobre el conflicto interior anticipan problemas que siglos después reaparecerían en Agustín, Pascal, Kierkegaard, Dostoyevski y otras grandes exploraciones de la conciencia occidental.
Pero Pablo no se detiene en el diagnóstico. Propone una transformación.
El cristianismo, entendido desde su pensamiento, no consiste solamente en adoptar una doctrina, sino en convertirse en un hombre nuevo.
La revolución de la persona
También existe en Pablo una extraordinaria dimensión sociológica.
En una sociedad organizada mediante diferencias étnicas, religiosas, económicas y jurídicas, proclamó que en Cristo las fronteras fundamentales podían ser trascendidas: judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer.
No estaba formulando un programa político moderno. Estaba introduciendo algo mucho más profundo: una concepción de la dignidad humana fundada en una pertenencia espiritual que no dependía de la posición social.
La comunidad cristiana podía convertirse así en una nueva forma de fraternidad.
Esta idea tendría consecuencias enormes para la historia posterior de Occidente.
Pablo y la metafísica de la esperanza
Pero quizá el punto culminante de su pensamiento se encuentre en su concepción de la muerte, la resurrección y la eternidad.
Para Pablo, el universo no es un mecanismo cerrado sobre sí mismo. La existencia posee una dimensión trascendente y la historia se dirige hacia una consumación.
La resurrección de Cristo no es para él un episodio marginal: constituye el fundamento de una nueva comprensión de la realidad.
La muerte deja de ser el último absoluto.
La esperanza se convierte entonces en una categoría metafísica.
El hombre no está condenado a agotarse en los límites de su existencia biológica. Existe una posibilidad de transformación que trasciende el tiempo.
Pablo: una inteligencia que cambió la historia
Pablo de Tarso fue mucho más que uno de los primeros predicadores cristianos. Fue un hombre situado en el punto de encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma; entre la revelación bíblica, la razón griega y la universalidad romana.
Fue escritor, polemista, teólogo, misionero y pensador.
Fue capaz de dialogar con filósofos en Atenas, escribir cartas que atravesarían dos milenios, fundar comunidades en distintas ciudades del Mediterráneo y convertir una experiencia religiosa nacida en un pequeño territorio oriental en una propuesta destinada a todos los pueblos.
Su grandeza no consiste únicamente en haber hablado de Cristo.
Consiste en haber pensado las consecuencias de Cristo para el hombre, para la sociedad, para la historia y para la eternidad.
Por eso Pablo ocupa un lugar singular en la historia intelectual de Occidente.
Jesús constituye el centro y fundamento del cristianismo; Pablo fue, en cambio, su gran intérprete, sistematizador, universalizador y arquitecto intelectual.
Y quizá esa sea la razón por la que, veinte siglos después, todavía resulte imposible comprender plenamente la civilización occidental sin enfrentarse con la inteligencia de aquel hombre de Tarso que, ante los filósofos de Atenas, tuvo la audacia de colocar la fe cristiana frente a la razón del mundo antiguo.



