@abrilpenaabreu
En un país con menos de 12 m² de áreas verdes por habitante —cuando la OMS recomienda al menos 16—, el Jardín Botánico Nacional no es un lujo: es una necesidad vital.
No se trata solo de un parque bonito para pasear. El Jardín Botánico “Dr. Rafael M. Moscoso” es la mayor reserva botánica del Caribe insular. Allí se conservan más de 1,500 especies de plantas, muchas de ellas endémicas o en peligro de extinción, en un espacio que sirve como laboratorio vivo para la ciencia, refugio para la biodiversidad y pulmón para la ciudad más contaminada del país.
Y sin embargo, hoy enfrenta una amenaza camuflada de progreso.
Una propuesta del Ministerio de Obras Públicas plantea reducir una franja del Botánico para ampliar la avenida República de Colombia. No importa si son 1,500 o 11,000 metros cuadrados: tocar uno solo de ellos es romper un límite sagrado. Porque cuando se sacrifica naturaleza por más asfalto, lo que perdemos es futuro.
Desde hace años, hemos tolerado una visión de desarrollo centrada en el cemento, donde el verde solo vale si cabe en un balcón. Pero ese modelo ya no aguanta. Lo que necesitamos no son más avenidas, sino mejores sistemas de transporte público, planificación urbana sostenible y voluntad política para defender lo que nos queda.
El Jardín Botánico no es negociable. Su valor no se mide en metros cuadrados sino en oxígeno, en temperatura regulada, en especies que aún existen gracias a él. El argumento de “agilizar el tránsito” no puede ser excusa para abrirle paso al retroceso. Sería como quemar una biblioteca para construir un atajo.
Quien toque el Botánico se enfrentará no solo a la ciencia y al sentido común, sino también a una ciudadanía cada vez más consciente de que el medio ambiente no es decorado: es derecho.
Y los derechos no se recortan.



