Por Roberto Monclús
Texto inspirado en una reflexión del cronista deportivo Raúl Bretón
Las navidades dominicanas de los años 70 y 80 ocupan un lugar privilegiado en la memoria colectiva del país. No solo por lo que se celebraba, sino por cómo se celebraba. Eran tiempos donde la Navidad no se medía en megabytes ni en reproducciones digitales, sino en abrazos, en música compartida, en mesas largas y en la certeza de que, aunque hubiera poco, alcanzaba para todos.
En aquellos años, la Navidad comenzaba mucho antes del 24 de diciembre. Se anunciaba con el olor a hojas de plátano, el sonido lejano de un radio encendido y los primeros acordes de un merengue clásico que se colaba por las ventanas abiertas. Johnny Ventura, Wilfrido Vargas, Los Hijos del Rey y Fernando Villalona no eran simples artistas: eran la banda sonora de un país entero. La música no se escuchaba con audífonos; se compartía en bocinas, en patios, en colmadones improvisados, como un acto colectivo de identidad.
Las familias se reunían sin necesidad de invitaciones digitales. Bastaba el parentesco, la vecindad o la amistad de toda la vida. El puerco en puya, los pasteles en hoja, el moro, el pan telera y el ron eran excusas para el encuentro. No había exceso de luces LED ni decoraciones importadas: había creatividad popular, bombillitos sencillos, arbolitos modestos y una ilusión auténtica que no dependía del consumo.
Monclús recuerda con especial nostalgia “El Angelito”, aquel tradicional intercambio de regalos que marcaba las navidades de barrio y de familia. No se trataba del valor material, sino del gesto, de la sorpresa y de la emoción de dar y recibir, muchas veces con sacrificio. Era una dinámica sencilla, pero profundamente humana, donde todos participaban y nadie quedaba fuera.
También evoca una anécdota que resume el espíritu de aquellas navidades: el año en que ahorró durante meses para “estrenarse” unas gafas Ray-Ban fotogrey, símbolo de estatus juvenil de la época. Logró su objetivo, se puso sus lentes de jevito, pero terminó pasando las navidades completicas “sin un peso arriba”. No hubo lujos ni excesos, pero sí una satisfacción genuina, una alegría simple que hoy parece casi irrepetible en una era dominada por el crédito y la inmediatez.
Las navidades de hoy, en contraste, reflejan la velocidad y la fragmentación de la modernidad. Todo es inmediato, visual, medible. Las celebraciones se organizan por grupos de WhatsApp, se transmiten por historias de Instagram y se validan con “likes”. La música ya no une a todos en un mismo ritmo; se escucha de forma individual, personalizada, aislada. La mesa familiar, muchas veces, compite con la pantalla del celular.
No se trata de idealizar el pasado ni de demonizar el presente. La modernidad ha traído avances, comodidades y nuevas formas de expresión. Pero también ha impuesto una lógica donde la Navidad corre el riesgo de convertirse en un evento más del calendario comercial, despojado de su dimensión humana y comunitaria.
Como bien sugiere la reflexión que inspira este texto, atribuida al cronista Raúl Bretón, el verdadero contraste no está solo en la tecnología o en el consumo, sino en el sentido de pertenencia. Antes, la Navidad era un punto de encuentro nacional; hoy, muchas veces, es una experiencia individualizada.
Tal vez el desafío de estas navidades modernas sea rescatar lo esencial de aquellas décadas: la conversación sin prisa, la música que convoca, la solidaridad espontánea, el valor del otro. Porque más allá del tiempo y de la tecnología, la Navidad dominicana sigue teniendo una misión clara: recordarnos que somos comunidad, historia viva y memoria compartida.
Y en esa memoria, los años 70 y 80 no son solo nostalgia: son una lección vigente.



