Opinión

Nacionalistas de hojalata: mucho ruido y poca dominicanidad

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Por Abril Peña

Durante los últimos días he recibido insultos, ataques y hasta cuestionamientos sobre mi dominicanidad por haber dicho algo que, francamente, me parecía de sentido común: que Bulin 47 grabe una canción con un artista haitiano no lo convierte en traidor a la patria, yo no dije que la situación haitiana no represente un peligro para la República Dominicana. No dije que debamos renunciar al control de nuestra frontera. No defendí la inmigración irregular ni los partos masivos de extranjeras que presionan nuestro sistema sanitario.

Tampoco negué los riesgos demográficos, económicos, sociales y de seguridad derivados del colapso del Estado haitiano, Haití sí representa un problema grave para la República Dominicana. Negarlo sería irresponsable.

Pero una colaboración musical no es una invasión, una canción no modifica nuestras fronteras, no entrega el territorio nacional ni elimina nuestra Constitución y confundir el intercambio cultural con traición a la patria demuestra que, en muchos casos, hablamos de dominicanidad sin comprender todo lo que significa.

Pensé en demandar aunque sea por fuñir el parto, pero en cambio decidí hacer algo más productivo, he decidido iniciar una serie, escrita y hablada a la que he llamado “Nacionalistas de hojalata”. ¿Y por qué ese nombre?

Porque el nacionalismo de hojalata hace mucho ruido, pero tiene poca profundidad, se indigna ante una canción, insulta en las redes sociales y señala traidores y quita nacionalidad con una facilidad extraordinaria; pero muchas veces por no decir la mayoría de las veces desconoce nuestra historia, no protege nuestra cultura, maltrata nuestro idioma, desprecia nuestras expresiones populares y consume todo lo extranjero mientras ignora lo dominicano.

Esta serie nace a raíz del odio que he recibido, sí, pero no será una respuesta personal a quienes me insultaron, quiero aprovechar esa controversia para iniciar una discusión mucho más importante: si realmente nos preocupa tanto la dominicanidad, hablemos entonces de todo lo que significa defenderla.

Porque la soberanía de una nación no se sostiene únicamente protegiendo sus fronteras, la integridad territorial es indispensable. Sin territorio no existe Estado, pero una nación también necesita identidad, memoria histórica, instituciones, capacidad productiva, autonomía para tomar decisiones y una cultura suficientemente fuerte para transmitirse de una generación a otra.

Podemos tener la frontera físicamente protegida y, al mismo tiempo, perder nuestra identidad desde adentro. La dominicanidad se debilita cuando nuestros jóvenes conocen más las celebraciones extranjeras que las fechas fundamentales de nuestra historia; cuando celebramos Halloween y Thanksgiving con mayor entusiasmo que muchas de nuestras conmemoraciones nacionales; cuando podemos repetir acontecimientos de otros países, pero no sabemos explicar qué ocurrió durante la Restauración.

Se debilita cuando la clase media considera elegante hablar permanentemente en spanglish; cuando maltratamos el español y convertimos en motivo de burla a quien intenta hablarlo correctamente. Nuestro español dominicano tiene identidad, ritmo y una historia propia, pero eso no significa que debamos renunciar a conocer y cuidar el idioma o degradarlo hasta volverlo irreconocible.

También perdemos soberanía cuando desconocemos nuestra música más allá del merengue y la bachata comercial; cuando no sabemos qué son los palos, el pri-prí, la mangulina, la salve o tantos bailes y ritmos que forman parte de nuestro patrimonio.

La perdemos cuando nuestras artesanías quedan reducidas a recuerdos para turistas; cuando no sabemos nombrar a nuestros artistas plásticos, escritores, dramaturgos y poetas; cuando nuestros niños conocen personajes extranjeros, pero no han leído a Pedro Mir, Salomé Ureña, Manuel del Cabral, Aída Cartagena Portalatín o Marcio Veloz Maggiolo.

La soberanía también se cocina. Está presente en nuestros platos, ingredientes y maneras de compartir la mesa. Pero no basta con decir que el mangú, el sancocho o las habichuelas con dulce son dominicanos. Debemos conocer los aportes taínos, africanos, europeos y caribeños que, al encontrarse en esta tierra, construyeron nuestra gastronomía.Reconocer esas influencias no hace menos dominicana nuestra cultura. Al contrario: nos permite comprender cómo se formó.

También debemos hablar de soberanía económica y alimentaria.

La República Dominicana produce alimentos. El problema no es afirmar que aquí no se produce nada, porque eso sería falso. El verdadero problema es que una parte considerable de esa producción depende de semillas, fertilizantes, pesticidas, combustibles, maquinarias y otros insumos importados.

Es decir, producimos localmente, pero numerosos eslabones de nuestra producción dependen del exterior, en una crisis internacional prolongada, una guerra, una ruptura de las cadenas de suministro o una emergencia en los países que nos venden esos productos, nuestra capacidad de producir alimentos podría verse seriamente afectada, el tema no es solamente cuánto producimos, sino con qué producimos, de quién dependemos para producir y cuánto tiempo resistiríamos si esos insumos dejaran de llegar.

Pero la soberanía económica no consiste solamente en producir materias primas, también exige transformar lo que tenemos, agregarle valor, construir marcas y lograr que el mundo asocie determinados productos con la República Dominicana. Tenemos larimar, una piedra semipreciosa que solo se encuentra en nuestro país. Poseemos un ámbar de características excepcionales, incluido el codiciado ámbar azul. Sin embargo, todavía debemos preguntarnos cuánto valor capturamos realmente mediante el diseño, la joyería, la certificación de origen, la industrialización y la promoción internacional de esos recursos.

Porque no es lo mismo exportar una piedra que exportar una joya terminada con identidad dominicana, diseño reconocido y una marca capaz de competir en los mercados internacionales. Lo mismo ocurre con nuestra industria de la belleza. Tenemos excelentes líneas capilares, productos formulados para cabellos rizados y afrodescendientes, conocimientos transmitidos durante generaciones y una técnica de salón tan reconocida que el “Dominican blowout” se ofrece fuera del país como un servicio diferenciado.

Pero ¿hemos convertido esa fortaleza en una verdadera política pública? ¿Tenemos una estrategia nacional para certificar nuestros productos, financiar nuestras marcas, profesionalizar el sector, proteger nuestras fórmulas, participar en ferias internacionales y posicionar la belleza dominicana como una industria exportable?

Puede parecer un asunto superficial, pero no lo es. Corea del Sur convirtió la cosmética en una herramienta de identidad, influencia cultural y crecimiento económico. Francia lleva siglos asociando su nombre con perfumes, moda, vinos y productos de lujo. Colombia ha logrado proyectar sectores como la ropa interior, las fajas y la moda.

Esos países no solamente fabrican productos: construyen reputación nacional alrededor de ellos.

La República Dominicana también posee fortalezas que podría convertir en marcas de país. Tenemos cacao, café, ron, tabaco, cosmética capilar, artesanía, joyería, moda, gastronomía y conocimientos que pueden generar empleos, divisas y reconocimiento internacional.

Conocer nuestros productos, consumirlos, exigir calidad, ayudarlos a crecer y proyectarlos hacia el exterior también es defender la dominicanidad. Porque ser buen dominicano no consiste únicamente en denunciar lo que amenaza al país. También consiste en identificar lo que hacemos bien, transformarlo en riqueza y conseguir que el mundo lo reconozca como nuestro.

También debemos revisar nuestra soberanía educativa, un país que no enseña su historia con rigor termina criando ciudadanos incapaces de defenderla y cuando la historia se reduce a fechas para memorizar, sin explicar los procesos, los conflictos y las decisiones que formaron la nación, dejamos el terreno libre para la manipulación.

Necesitamos hablar, además, de soberanía institucional, porque un país no es soberano únicamente cuando evita que otro ejército cruce su frontera. También lo es cuando sus instituciones pueden tomar decisiones pensando en el interés nacional, sin obedecer automáticamente a gobiernos extranjeros, organismos internacionales, grupos económicos o agendas importadas. Cooperar no significa subordinarse, la República Dominicana necesita mantener relaciones con Estados Unidos, Europa, China, América Latina, el Caribe y, por supuesto, con Haití. La cooperación internacional es necesaria, lo que no puede aceptarse es que la cooperación se convierta en obediencia o que otros pretendan imponernos las consecuencias de una crisis que nosotros no provocamos y que no tenemos capacidad para resolver solos.

Defender la soberanía dominicana exige controlar la frontera, aplicar las leyes migratorias y enfrentar con responsabilidad la crisis haitiana, en eso no puede haber ingenuidad, pero tampoco puede haber simplismo.

Haití no es el único desafío para nuestra identidad. Es el más visible, el más inmediato y probablemente el que genera mayor temor, pero no es el único. Una nación puede perderse por una invasión territorial, pero también puede vaciarse culturalmente, volverse económicamente dependiente, olvidar su historia, abandonar su idioma y permitir que sus decisiones sean tomadas desde fuera.

Durante esta serie hablaremos de historia, educación, idioma, música, bailes, literatura, artes plásticas, artesanía, gastronomía, producción agrícola, dependencia económica, industrias nacionales, valor agregado, migración y relaciones internacionales.

No para encerrarnos ni para rechazar todo lo extranjero, la cultura dominicana nunca se construyó en aislamiento. Somos el resultado de encuentros, mezclas, conflictos y adaptaciones. Lo que debemos evitar es relacionarnos con el mundo desde el desconocimiento de nosotros mismos.

Porque quien conoce su identidad puede intercambiar, aprender y colaborar sin desaparecer. Quien no la conoce termina copiando, obedeciendo y sustituyendo lo propio sin siquiera darse cuenta.

Así que a quienes están tan preocupados por la dominicanidad, los invito a ir más allá de los insultos, de los videos virales y de la indignación selectiva.

Defender la patria no es solamente atacar a un artista por grabar una canción con un haitiano. Defender la patria también es conocer nuestra historia, cuidar el idioma, consumir nuestra literatura, escuchar nuestra música, preservar nuestros bailes, valorar la artesanía, fortalecer el campo, proteger la producción nacional, agregar valor a nuestros recursos, impulsar nuestras marcas y exigir instituciones capaces de decidir con independencia.

Eso es mucho más difícil que escribir “traidor” en una red social, Pero también es mucho más útil, porque la soberanía no solamente se vigila en la frontera, la soberanía también se habla, se cultiva, se cocina, se escribe, se baila, se transforma y se enseña.

Y aquello que una nación deja de cuidar, tarde o temprano termina perdiéndolo, esto es “Nacionalistas de hojalata”. Durante los próximos días vamos a descubrir juntos cuánto sabemos (yo incluida) realmente sobre la dominicanidad que decimos defender.