Opinión

Nacionalistas de hojalata: la patria también se pinta, se talla y se esculpe

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Por Abril Peña

Hay dominicanos capaces de escribir veinte publicaciones diarias sobre la soberanía nacional pero incapaces de mencionar cinco artistas plásticos dominicanos sin acudir a Google, y no lo digo como insulto sino porque esa contradicción merece una conversación seria, porque aquí solemos hablar de identidad como si fuera exclusivamente una cuestión de pasaportes, fronteras y banderas, y sí, la frontera importa, la política migratoria importa, el cumplimiento de las leyes importa, pero una nación también empieza a perderse cuando sus ciudadanos dejan de reconocer las imágenes, los colores y las formas con las que ha aprendido a contarse a sí misma.

La patria también se pinta, se pinta en los personajes populares de Yoryi Morel, en el colorido de Cándido Bidó, en la fuerza expresiva de Ramón Oviedo y en las exploraciones de Jaime Colson, en los paisajes de Guillo Pérez y en las inquietantes composiciones de Gilberto Hernández Ortega, en la sensibilidad de Elsa Núñez, en la obra de Clara Ledesma y en las búsquedas de Ada Balcácer, y habría que mencionar también a Celeste Woss y Gil, Darío Suro, Paul Giudicelli, José Cestero, Iván Tovar, Dionisio Blanco, Amaya Salazar, Belkis Ramírez, Jorge Pineda y tantos creadores que han utilizado la pintura, el grabado y la instalación para preguntarse quiénes somos, de dónde venimos y qué estamos haciendo con esta nación. Cada uno aportó una forma distinta de mirar el país, distinta sí, pero profundamente nuestra.

Porque el arte dominicano no es una colección de cuadros destinados a oficinas elegantes y apartamentos costosos, es memoria, es denuncia, es imaginación, es una conversación entre el pasado y el presente y también es una advertencia.

Pero hagamos la pregunta incómoda: ¿cuántos estudiantes dominicanos terminan la escuela conociendo la obra de nuestros pintores? ¿Cuántos pueden reconocer un Bidó, explicar quién fue Celeste Woss y Gil o mencionar una artista dominicana contemporánea? Y una todavía más incómoda: ¿cuántos de los patriotas más escandalosos de las redes sociales han entrado alguna vez al Museo de Arte Moderno?

No todo el arte vive entre marcos y paredes blancas. Hay otro país creador que trabaja con barro, madera, piedra, papel y materiales reciclados, que transforma la vida cotidiana en piezas capaces de contar nuestra historia sin necesidad de discursos. Las máscaras de carnaval elaboradas con imaginación y paciencia, las caretas de diablos cojuelos y los personajes tradicionales que convierten las calles en galerías populares, los santos de palo, la cerámica artesanal, las piezas en higüero, los tejidos y bordados, los murales comunitarios, la joyería en ámbar y larimar, las propuestas que reinterpretan símbolos taínos, memorias africanas y referencias europeas dentro de una misma experiencia caribeña. Nada de eso apareció por accidente, nuestra identidad artística es el resultado de siglos de encuentros, conflictos, mezclas, resistencias y transformaciones, y por eso resulta tan pobre imaginar la dominicanidad como una caja cerrada e inmóvil, porque lo dominicano no deja de ser dominicano porque reconozca su complejidad.

Conservar esta riqueza exige bastante más que compartir una bandera cada 27 de febrero. Exige educación artística, museos accesibles y activos, programas culturales y apoyo real a los creadores, exige que las escuelas enseñen quiénes fueron nuestros artistas y que los niños puedan conocer su obra sin pensar que el arte nacional es un asunto reservado para especialistas. Y exige proteger a nuestros artesanos, porque celebrar el larimar mientras exportamos la piedra sin desarrollar suficientemente el talento local es una contradicción, aplaudir las artesanías dominicanas mientras permitimos que las imitaciones desplacen a quienes las producen también lo es, y promocionar la riqueza cultural ante los turistas sin garantizar condiciones dignas para sus creadores es otra forma de vaciar la identidad de contenido. No basta con decir que algo es dominicano, hay que procurar que también beneficie a los dominicanos que lo crean.

Un artista que abandona su oficio por falta de apoyo es una pérdida para el país, un artesano que no puede transmitir su técnica a la siguiente generación es una pérdida para el país. Una obra que desaparece, un museo abandonado o una tradición convertida en simple decoración turística también son pérdidas para el país, aunque ninguna ocurra en la frontera.

Entiendo la preocupación por Haití, entiendo el debate migratorio y las inquietudes alrededor de la soberanía, lo que no entiendo es que algunos pretendan defender la identidad dominicana sin dedicar siquiera una parte de esa energía a conocerla, enseñarla y fortalecerla. Si una canción compartida con un artista extranjero provoca más indignación que la desaparición de nuestras tradiciones, tenemos un problema de prioridades. Si nos preocupa tanto quién entra al país pero no sabemos qué estamos dejando salir de nuestra memoria, también.

Y si hablamos de dominicanidad sin conocer a nuestros pintores, nuestros escultores, nuestros artesanos y nuestras expresiones visuales, entonces no estamos defendiendo la patria. Apenas estamos defendiendo una idea superficial de ella.

La soberanía no solamente se protege en la frontera, también se pinta, se talla, se esculpe y se enseña.

Lo demás, muchas veces, es puro nacionalismo de hojalata.