Por Abril Peña
Antes de que existieran influencers, reinas del pop o portadas de streaming, hubo una dominicana que conquistó la meca del cine con mirada firme, voz profunda y acento intacto. Se llamaba María África Gracia Vidal, pero el mundo la conocería como María Montez.
Nació el 6 de junio de 1912 en Barahona. Hija de un diplomático español y una mujer dominicana, creció entre privilegios y disciplina. Pero su destino no estaba en las casas solariegas ni en la etiqueta: estaba en la pantalla grande. En plena década del 40 —cuando las mujeres latinas apenas figuraban en el cine estadounidense—, Montez se convirtió en la reina del Technicolor, protagonizando películas de aventuras como Las mil y una noches y Cobra Woman.
Fue sensual sin vulgaridad. Exótica sin caricatura. Y dominicana sin pedirle permiso a nadie.
Pero detrás de la imagen de diva glamorosa, había una mujer culta, políglota, lectora empedernida y con una aguda conciencia de sí misma. María escribía, dirigía sus entrevistas, y moldeaba su imagen con inteligencia. Sabía que el sistema de Hollywood usaba mujeres… y supo usarlo también.
Murió joven, a los 39 años, pero no sin dejar huella. Su nombre aún aparece en estudios de cine, biografías femeninas y archivos de la historia visual del siglo XX. En un país que por mucho tiempo ignoró su legado, hoy la reconocemos como pionera, símbolo cultural y rostro internacional de una República Dominicana que también sabe brillar fuera del merengue.
María Montez no fue solo una actriz. Fue la primera dominicana en mirar de frente a la cámara del mundo… y hacer que la cámara la siguiera.



