@abrilpenaabreu
Todos estamos esperando respuestas tras el fallo eléctrico que paralizó el Aeropuerto Internacional de Las Américas Dr. José Francisco Peña Gómez (AILAJFPG), pero pocos se detienen a hacer la pregunta más humana de todas: ¿Quién se hará responsable por las pérdidas de los pasajeros?
Más de 30 vuelos fueron suspendidos. Si asumimos una ocupación promedio, estamos hablando de cientos de personas afectadas, con implicaciones económicas y personales enormes:
Reprogramación de vuelos.
Pérdida de días laborales.
Cancelación de citas médicas.
Conexiones aéreas perdidas.
Hoteles, comida, transporte…
Ropa y artículos personales que debieron comprarse si las maletas ya estaban en bodega.
En otras ocasiones, cuando las demoras han sido causadas por fenómenos naturales, las aerolíneas se escudan en que se trata de hechos fuera de su control y evaden compensaciones. Pero ¿puede aplicarse esa misma lógica cuando el problema es un fallo eléctrico en la infraestructura del aeropuerto?
Aquí, lo más doloroso es el patrón que se repite una y otra vez:
Cuando el pleito es entre el grande y el chiquito, el chiquito pierde.
Pasa con los bancos, las telefónicas, las aseguradoras, las empresas eléctricas, y ahora también con los aeropuertos. En el modelo de negocios dominicano ya sea público o privado, el usuario parece más un suplicante que un cliente. Se nos olvida que estamos pagando por un servicio.
En este caso, todos han hablado del impacto para el turismo, para la seguridad nacional, para la imagen país… pero los únicos que han sido ignorados son los verdaderos afectados: los usuarios. Pasajeros comunes, con familias, responsabilidades, compromisos. Nadie ha dicho esta boca es mía.
Y lo más grave: tampoco nosotros, la prensa, hemos hecho las preguntas incómodas. Nos concentramos en el ruido institucional, pero no en el dolor cotidiano. Y en ese silencio, se institucionaliza la impunidad que todo lo corroe. Un sistema donde los consumidores, aunque pagan, no tienen a quién reclamarle.



