Danilo Cruz Pichardo
Los feminicidios no acabarían nunca en República Dominicana ni en ningún país del mundo, pero se pueden reducir considerablemente si se toman las medidas de prevención que demanda cada caso. El problema nuestro, particularmente, es que no podemos obtener resultados diferentes usando siempre los mismos métodos.
Hasta ahora el denominado Punto Vida, que son espacios habilitados en oficinas públicas y comercios privados, para que nuestras muchachas pidan ayudas inmediatas, no ha funcionado, porque los ataques son sorpresivos, de corta duración y no dan tiempo a nada.
La segunda alternativa es la Línea de Emergencia 212, un servicio telefónico del Ministerio de la Mujer para rescate y atención de víctimas de violencia, tampoco ha resuelto nada. De igual manera, no ofrece resultados favorables la Fuerza de Tarea Conjunta entre la Policía Nacional y el Ministerio de Interior y Policía. Ni decir de la orden de alejamiento que los fiscales dan a los maridos o exmaridos celosos y obsesionados.
Dentro del conjunto de medidas preventivas, la que más puede contribuir a evitar tragedias es la famosa Casa de Acogida, que son refugios estatales temporales para salvaguardar a mujeres en peligro. Sin embargo, la mayoría de nuestras féminas rechazan esa opción, porque en efecto es una interrupción a la normalidad de su vida, independientemente del riesgo a que se exponen residiendo en el mismo sitio y visitando los mismos lugares.
Mientras tanto, después de tener un año 2025, con apenas 27 feminicidios, ya en lo que va de 2026 el número se acerca a los 50, lo que revela que estaríamos encaminándonos al retorno de años anteriores, donde el promedio osciló entre 140 a 180 casos cada 12 meses. Y el incremento de la pena, de 30 a 40 años, con la entrada en vigencia del Nuevo Código Penal no contribuye a reducir los niveles de violencia de género.
Creo que el principal problema radica en que no se ha estudiado debidamente, desde punto de vista sicológico, la conducta del hombre celoso.
Mucho menos del obsesionado no correspondido. Todos esos organismos, que se dedican a la protección de la mujer, debían de estar asistidos por profesionales de la conducta, entiéndase sicólogos y siquiatras.
Y esos expertos debían de estudiar el pensamiento de 100 hombres que estén atravesando por episodios de depresión y ansiedad producto de la obsesión hacia damas que se resisten a la reconciliación. A partir de los resultados se podría establecer que son enfermos y como tales constituyen un peligro potencial.
Y una amenaza a sus excompañeras es suficiente para apresarlos y llevarlos a cárceles especializadas (que aquí no las hay y debían ser construidas de inmediato) para este tipo de pacientes, donde reciban las terapias requeridas para dormir bien y levantar el ánimo.
Encerrarlos en cárceles comunes se les hace mayor daño, daño que viene desde el mismo momento en que su caso fue conocido por una jueza feminista que lo percibió, erróneamente, como un monstruo, tratándose sencillamente de un individuo que no tuvo la capacidad de buscar ayuda profesional, quizás por menor nivel de escolaridad.
Usando los métodos de siempre nunca obtendríamos resultados diferentes.
Los obsesionados amorosos son enfermos mentales, queen muchos casos no tienen el manejo correcto a la crisis y ahí es que vienen las ideas fatalistas de querer suicidarse. Y en efecto muchos se suicidan, pero una parte de ellos, en un acto de egoísmo, para que la dama no se quede “gozando” con otro o con otros, decide matarla primero.



