@abrilpenaabreu
El presidente tiene que plantearse, sin rodeos ni paños tibios, una revisión total del sector salud dominicano, no una comisión cosmética., no un parche comunicacional. Una revisión profunda, estructural y urgente, porque, por donde quiera que se mire, el sistema supura pus, como si estuviese podrido hasta los huesos.
El solo hecho de que los encartados en Senasa pudieran operar durante tanto tiempo sin ser detectados —o peor aún, sin ser detenidos— es una prueba fehaciente de que el problema no es un caso aislado, sino un sistema que falló de manera sistemática.
Y la pregunta es inevitable: ¿son los únicos?
¿Cuántos años llevamos los medios denunciando que la gente se está muriendo por el deterioro visible y palpable del 911 un servicio que llegó a ser ejemplo regional y que hoy se ha convertido, para demasiadas familias, en un dolor de cabeza: ambulancias que llegan tarde, que no llegan, equipos que fallan, personal insuficiente, protocolos que no se cumplen. En emergencias, el tiempo no es un detalle técnico: es la diferencia entre vivir y morir.
¿Y los hospitales? Estamos hartos de leer —semana tras semana— sobre hospitales sin equipos, sin agua, sin luz, sin medicamentos, sin seguridad. Historias de mala praxis. Historias de abandono. Historias de gente que muere no porque su enfermedad fuera invencible, sino porque el sistema nunca estuvo de su lado.
La respuesta no puede seguir siendo la misma: “demande”. No es justo que un ciudadano tenga que recorrer un vía crucis judicial, gastar lo que no tiene, esperar años, para que tal vez —solo tal vez— un juez falle a su favor. La salud no puede depender de la capacidad de litigar. Eso no es justicia social, es selección por desgaste.
Durante más de un año se denunciaron irregularidades en el programa de Alto Costo. Como de costumbre, se desestimó todo bajo la etiqueta cómoda de “politiquería”. Un año después, la realidad nos explota en la cara. No como relato opositor, sino como evidencia cruda.
El sector salud, público y privado, supura y los medios lo muestran semana tras semana, no por maldad, no por agenda, sino porque es imposible tapar una herida que sangra frente a todos.
Esto no es campaña sucia, no es politiquería, es la verdad, dura y pura, aunque duela.
Para muchos, lamentablemente, ya es demasiado tarde. Pero para el país todavía hay margen de rectificación. Porque cuando la impotencia ciudadana se acumula sin respuesta, la historia demuestra que los pueblos terminan intentando enderezar el barco a su manera. Y cuando eso ocurre, casi nunca es ordenado, ni predecible, ni indoloro.



