Opinión

La política no se “Farmea»

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Por Mihail García


En términos biológicos, un virus es un agente infeccioso que necesita de células vivas para reproducirse. Por sí mismo no basta: necesita invadir, utilizar los mecanismos de la célula y hacer copias de sí mismo para sobrevivir y propagarse.

El cuerpo, por supuesto, no permanece indiferente. Activa sus mecanismos de defensa, genera anticuerpos y responde ante aquello que reconoce como una amenaza. En esa permanente lucha entre propagación y defensa está, quizás, una metáfora útil para entender algunos de los fenómenos de nuestro tiempo.

Con la democratización de internet y, específicamente, después de la irrupción de las redes sociales, el mundo de la información, la comunicación y, por qué no, de la fama, se ha horizontalizado. Esto ha provocado el surgimiento de fenómenos capaces de diseminarse rápidamente por el ecosistema digital y que, haciendo una analogía con la propagación de los virus biológicos, llamamos virales.

Un baile, el estribillo de una canción, una frase o un simple gesto pueden circular intensamente por las redes hasta convertirse en una tendencia nacional, regional o incluso mundial.

De ese ecosistema también han surgido los denominados influencers: personas que, en muchos casos, luego de hacer viral alguno de sus contenidos, generan un alto tráfico en sus perfiles y acumulan seguidores a los que, no necesariamente, influencian.

Como en todo, evidentemente hay excepciones. Hay quienes alcanzan notoriedad a partir de un fenómeno viral y luego encuentran un nicho, se preparan y desarrollan las capacidades necesarias para mantenerse activos y construir una comunidad. Algunos, quizás, nunca fueron un fenómeno pasajero; otros entendieron que la viralidad, por sí sola, no garantiza permanencia.

El error, a mi entender, está en creer que el posicionamiento alcanzado por una de esas dos vías permite irrumpir, como actor, en cualquier espacio. Hay áreas en las que hacerse visible no es suficiente; para influir y mantenerse se necesita ser célula y no virus.

La política es una de ellas.

En política puede ser necesario un contenido capaz de viralizarse rápidamente porque ayuda a abrir una conversación, a atraer miradas e incluso instalar un tema. Pero, después de lo viral, viene lo importante: la sustancia que debe sostener esa conversación cuando la atención inicial desaparece y cuando el enunciado tiene que ser desarrollado, explicado y defendido.

Porque una cosa es lograr que todos hablen de ti y otra muy distinta tener algo que decir cuando todos comienzan a preguntar.

En ese sentido, el tejido social, como cualquier organismo, también desarrolla sus propios mecanismos de defensa. Tarde o temprano exige respuestas, coherencia y contenido. Es entonces cuando los discursos que solo fueron diseñados para circular rápidamente comienzan a encontrarse con su principal límite: no todo lo que se propaga puede sostenerse.

En los últimos días se ha puesto de moda aquello que llaman “farmear aura”, una tendencia de internet en la que los jóvenes realizan gestos, poses o adoptan determinadas actitudes, en público o en videos, para acumular simbólicamente puntos de carisma, presencia y estilo.

Y está bien. Las redes tienen sus propios códigos, sus lenguajes y sus juegos.

Pero gestionar y dirigir un país exige algo más que farmear.

La política puede servirse de las tendencias, comprender los códigos de las nuevas generaciones y aprovechar las herramientas que ofrece el ecosistema digital. Lo que no puede hacer es confundirse con ellas.

Y en política, tarde o temprano, cuando pasa la tendencia y se apagan las cámaras, lo que queda no es cuántas veces lograste viralizarte, sino si fuiste capaz de convertir esa atención en confianza, esa conversación en influencia y esa influencia en resultados palpables que mejoren las condiciones materiales de existencia de la gente.

Porque, al final, la política no se “farmea”.