Por: Dr. Carlos Amin Báez
Hay un ejercicio de masoquismo silencioso que realizamos los que nacimos a mediados de los noventa. Consiste en mirar una fotografía vieja, de esas que huelen a papel químico y a 1998, y observar a nuestros padres. En la imagen, mi padre, nacido en los 70s, me sostiene en brazos. Él tiene apenas 20 y tantos años. A esa edad, ya había levantado las columnas de una familia estable, conducía un vehículo propio y, con la disciplina de quien conoce el hambre de futuro, ya había cimentado las bases para la posteridad.
Hoy, tengo casi 6 lustros. Me miro en ese mismo espejo y el reflejo me devuelve un vacío existencial. Pertenezco a esa cohorte de jóvenes entre los 28 y 36 años que habitamos una paradoja cruel: parecemos exitosos en las pantallas, pero caminamos descalzos sobre un suelo que no nos pertenece.
La realidad es que hoy, para muchos de nosotros, abandonar el hogar materno es una utopía sin el subsidio emocional y económico de nuestros padres. Nos acostumbramos a la comodidad del nido, quizás por miedo, o quizás porque no estamos dispuestos a encarnar los procesos lentos y dolorosos que la vida exige para hacer la metamorfosis de niño a hombre. A cambio de la estabilidad que ellos tuvieron, nosotros exhibimos trofeos de cristal: el celular de última generación, la camisa con el logo del caballo, el pantalón del señor gordo meditando o la camiseta del perro salchicha que tanto vemos en la clase política. Poseemos objetos, pero no raíces. Conducimos vehículos cuyo inicial fue un regalo de nuestros progenitores, mientras las cuotas mensuales nos asfixian el alma.
¿Es esto una casualidad? En absoluto.
Nuestra generación cambió el patrimonio por la narrativa. Vivimos para satisfacer la vanidad de una publicación dominguera que demuestre un fin de semana envidiable, una inmediatez de un clic que nos nubla la vista hacia los días venideros. Pero seamos justos: el viento sopla más fuerte hoy. En la República Dominicana de los años 90, la inflación promedio rondaba el 9% (salvo crisis puntuales), y el poder adquisitivo permitía que un sueldo de clase media comprara bloques, cemento y terreno. Hoy, con una inflación acumulada y un mercado inmobiliario dolarizado y voraz, el peso dominicano es un cabo recién salido de Yamasá o Sierra Prieta donde terminan de entrenarse.
Sin embargo, la economía no es la única culpable, nosotros somos cómplices por distracción. Nuestros padres no tenían que elegir entre el ahorro y la membresía de Netflix, HBO y Disney. No sentían la obligación social de cenar en un restaurante diferente cada semana ni la presión estética de conocer el mundo entero con los bolsillos vacíos. En los 80 y 90, quien iniciaba su vida laboral se preparaba para la escasez, nosotros nos preparamos para el siguiente concierto. Ellos tenían la capacidad de recibir al pariente que venía del campo para ayudarlo a estudiar, nosotros apenas podemos gestionar nuestra propia ansiedad financiera.
No escribo esto para hundirnos en la culpa, sino para encender una lámpara. Si queremos dejar de ser la «generación descalza», debemos aprender a calzarnos con la responsabilidad de los procesos.
1- La Regla del 15% : Debemos ahorrar antes de que el sueldo sea devorado por las necesidades ficticias que nos creamos. Nunca se es tan rico que no se necesite nada, ni tan pobre que no se pueda dar. El ahorro no es lo que sobra, es lo que se siembra.
2-La Cuota de Gratitud (Responsabilidad Familiar): Entregar una parte de nuestros ingresos a nuestros padres no es solo un acto de ayuda; es un ejercicio de madurez. Nos obliga a entender que el dinero tiene un propósito social y familiar, moldeando nuestro carácter para dejar de ser hijos dependientes.
3–El Ayuno de Vanidad: Propongo el sacrificio consciente de la imagen pública. Aprender a decir «no» al viaje que no podemos pagar o a la ropa de marca que solo busca validación externa. La verdadera libertad no es viajar por el mundo, sino saber que tienes un lugar al cual volver que es realmente tuyo.
4-Inversión en Activos de Conocimiento sobre Activos de Moda: Cambiar el costo del próximo festival por una formación que aumente nuestra capacidad de generar valor. Mientras la moda se devalúa en el clóset, el conocimiento es lo único que nos permitirá competir en un mercado que ya no perdona la improvisación.
Nuestros padres construyeron sobre piedra con manos cansadas. Es hora de que nosotros soltemos el celular, miremos el suelo y empecemos, ladrillo a ladrillo, a construir algo que sobreviva a la próxima actualización de nuestras redes sociales.



