Editorial

Una 3era guerra mundial sin un solo misil en RD

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@abrilpenaabreu

República Dominicana no está preparada para una ruptura prolongada del comercio mundial., no basta con decir que producimos alimentos si las semillas, los fertilizantes, el combustible y hasta la genética del pollo dependen del exterior.

En los últimos días han circulado por todo el mundo teorías, especulaciones y pronósticos sobre la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial. Algunas afirmaciones son alarmistas; otras responden a intereses políticos, propaganda o simples ansias de notoriedad. Pero desecharlas todas como fantasías sería otra forma de irresponsabilidad.

El problema no es solamente si una guerra mundial comenzará mañana, dentro de un año o si nunca llegará a producirse, problema para República Dominicana y al pregunta que debe hacerse es mucho más cercana: ¿qué ocurriría con nuestro país si el enfrentamiento entre las grandes potencias interrumpiera durante meses las rutas comerciales, encareciera todavía más la energía y limitara el acceso a los insumos que sostienen nuestra producción?

La mayor parte de la población mundial conoce las dos guerras mundiales a través de documentales, películas o fotografías en blanco y negro. El recuerdo del hambre, las ciudades arrasadas, los desplazamientos masivos y millones de muertos se ha ido alejando con las generaciones. Quizás por eso hoy se habla con tanta ligereza de escalamientos militares, armas nucleares y choques entre potencias, como si la guerra fuese una serie que puede verse desde la comodidad del hogar y apagarse cuando termina el capítulo. Sin embargo, en nuestro caso, no hace falta que un misil caiga sobre Santo Domingo para que una guerra nos alcance.

La guerra entre Rusia y Ucrania fue suficiente para alterar los mercados de cereales, fertilizantes, combustibles y transporte. La confrontación entre Estados Unidos e Irán ha vuelto a colocar bajo presión las rutas energéticas del golfo Pérsico y ha contribuido a disparar el petróleo y los costos de los combustibles. Dos conflictos, geográficamente lejanos, han afectado los presupuestos de gobiernos, empresas y familias que no participan directamente en ellos. Si esas dos guerras han puesto en jaque precios, cadenas de suministro y políticas de subsidios, ¿qué sucedería ante una confrontación simultánea entre varias potencias?

A comienzos de este año, cuando estalló la guerra con Irán, este medio planteó la necesidad de que República Dominicana comenzara a pensar seriamente en su independencia productiva. No porque una Tercera Guerra Mundial estuviera a las puertas, sino porque nuestra dependencia del exterior nos convierte en presa fácil de decisiones, intereses y disputas geopolíticas sobre los cuales no tenemos control alguno. Meses después, no hemos dado pasos visibles que correspondan a la magnitud del riesgo.

Repetimos que República Dominicana produce buena parte de los alimentos que consume. Y es cierto que contamos con agricultores, ganaderos, avicultores, industrias y cadenas comerciales capaces de generar valor dentro del territorio nacional. Pero esa afirmación, presentada sin explicar de dónde proceden los insumos, crea una sensación engañosa de seguridad.

¿Podemos hablar de verdadera autosuficiencia cuando importamos semillas, fertilizantes, pesticidas, combustibles, maquinarias, repuestos y componentes tecnológicos indispensables para producir? ¿Cuánto tiempo podría sostenerse el campo dominicano si esos productos dejaran de llegar, llegaran tarde o multiplicaran su precio?

El caso del pollo lo ilustra con claridad. Decimos, correctamente, que producimos pollo en el país. Aquí se cría, se procesa, se distribuye y se vende. Pero una parte decisiva de esa cadena depende del maíz y la soya utilizados en el alimento balanceado, de vacunas,, medicamentos, equipos y del material genético avícola —huevos fértiles, aves reproductoras y líneas genéticas— que provienen del exterior.

En otras palabras, producimos pollo, pero no controlamos todos los elementos necesarios para continuar produciéndolo cuando el sistema internacional se paraliza. Lo mismo puede decirse de numerosos cultivos y productos que consideramos nacionales.

Una guerra mundial llegaría a República Dominicana primero por los puertos, la tasa de cambio, las estaciones de combustible y los supermercados. El cierre o la restricción de rutas como el estrecho de Ormuz, el mar Rojo o el canal de Suez elevaría los fletes, los seguros marítimos y los tiempos de entrega. El petróleo más caro aumentaría el costo del transporte terrestre, la generación eléctrica, la producción industrial y cada etapa de la distribución. Un dólar fortalecido encarecería todavía más las compras externas. Y la competencia internacional por alimentos, medicinas, fertilizantes y combustibles dejaría a los países pequeños negociando en condiciones desventajosas frente a quienes tienen más recursos y poder político.

Entonces no discutiríamos únicamente cuánto cuesta la gasolina, estaríamos hablando del precio del arroz transportado hasta el colmado, del alimento para los pollos, del combustible utilizado por los tractores, de la electricidad que sostiene las fábricas y de los medicamentos que necesitan los hospitales.

Los países que no participan directamente en las guerras no quedan fuera de ellas. Simplemente reciben sus consecuencias sin tener voz en las decisiones que las provocaron. La experiencia reciente debería habernos enseñado que las cadenas globales son eficientes mientras funcionan, pero extremadamente frágiles cuando coinciden guerras, sanciones, bloqueos, pandemias o desastres naturales. También debería habernos enseñado que el dinero no garantiza el abastecimiento cuando todos los países buscan el mismo producto al mismo tiempo.

Hablar de preparación no significa construir refugios para alimentar el miedo ni asumir como inevitable una guerra mundial (aunque media Europa y poderosos lo estén haciendo) Significa actuar con prudencia ante riesgos que, aunque no sepamos si se materializarán, tendrían consecuencias demasiado graves para ignorarlas.

República Dominicana necesita una estrategia de seguridad económica y alimentaria que no cambie con cada gobierno. Debe identificar qué insumos son realmente críticos, cuánto tiempo durarían las reservas disponibles y cuáles actividades productivas se paralizarían primero si se interrumpieran las importaciones.

También debe diversificar proveedores y rutas de abastecimiento; fortalecer las reservas estratégicas de combustibles, medicamentos, fertilizantes y alimentos esenciales; impulsar la producción nacional de insumos que sea técnica y económicamente viable; desarrollar alternativas energéticas; apoyar la investigación agrícola y proteger a los productores de menor escala.

La independencia real no significa aislarnos ni pretender fabricar absolutamente todo dentro de una isla. Ningún país moderno funciona de esa manera. Significa reducir vulnerabilidades, evitar depender de un solo proveedor y desarrollar capacidad para resistir durante una crisis sin que la población quede abandonada a la escasez y a la especulación.

Es posible que la temida Tercera Guerra Mundial nunca se produzca, Ojalá las especulaciones de estos días se desvanezcan y las grandes potencias comprendan que, en una era nuclear, nadie gana realmente una confrontación global. Pero un Estado responsable no planifica únicamente para el escenario más cómodo. También se prepara para aquello que espera que nunca ocurra.

República Dominicana no puede impedir las guerras, controlar el estrecho de Ormuz, decidir las sanciones internacionales ni establecer el precio del petróleo. Lo que sí puede hacer es reducir el número de decisiones extranjeras de las cuales depende la comida, la energía y la estabilidad de su gente.

Ese proceso debió comenzar hace tiempo, lo advertimos al inicio de la guerra con Irán y hoy debemos repetirlo con mayor urgencia: nuestra vulnerabilidad no radica solamente en lo que importamos terminado, sino en todo lo que necesitamos importar para poder producir aquí.

Si con dos guerras distantes el impacto sobre los combustibles, los alimentos y el costo de vida ya ha sido difícil, imaginemos por un instante una confrontación mundial que paralice rutas, destruya infraestructuras, restrinja exportaciones y obligue a cada potencia a reservar sus recursos para sí misma.

No necesitamos caer en el pánico. Necesitamos dejar de actuar como si nada pudiera ocurrir, porque si el combustible está como está con la guerra entre Estados Unidos e Irán, y todavía seguimos hablando de autosuficiencia sin mirar nuestra dependencia real, frente a una Tercera Guerra Mundial solo quedaría decir: que Dios nos agarre confesados.