Denny Agramonte
Hay países que construyen escuelas para educar a sus ciudadanos y hay países que construyen escuelas para demostrar que las tienen. La diferencia, que parece insignificante, acaso sea una de las grandes tragedias de nuestro tiempo.
En la República Dominicana hemos aprendido a contar aulas, estudiantes, tandas, computadoras, programas, becas, presupuestos y kilómetros de infraestructura. Hemos aprendido, incluso, a pronunciar con solemnidad palabras como calidad, innovación, competencias y reforma. Pero hay una cifra que ninguna estadística parece capaz de registrar: cuántos hombres y mujeres salen de nuestras escuelas siendo más libres, más rigurosos, más virtuosos y más capaces de pensar que cuando entraron.
Quizá allí comience el verdadero problema.
Porque una escuela puede tener paredes nuevas y seguir siendo antigua. Puede estar conectada a internet y permanecer desconectada del mundo. Puede entregar un dispositivo a cada alumno y no haberle enseñado todavía qué hacer con su pensamiento. Puede enseñar a leer sin enseñar a comprender; enseñar a repetir sin enseñar a juzgar; enseñar a aprobar sin enseñar a aprender.
Y puede producir, año tras año, generaciones enteras de personas que conocen las respuestas de los exámenes pero no saben formular las preguntas de su propia existencia.
La ducación dominicana parece padecer una paradoja semejante a la de aquel mapa imposible que cubría exactamente el territorio que representaba: cuanto más intenta describir la realidad mediante reformas, programas y documentos, más se aleja de la realidad concreta del estudiante.
El estudiante no es una estadística.
Es un destino.
Tiene una inteligencia que puede ser despertada o desperdiciada, una conciencia que puede ser formada o deformada, una voluntad que puede aprender a gobernarse o permanecer sometida al capricho, y una imaginación que puede convertirse en instrumento de creación o en simple refugio frente al vacío.
Pero nuestra discusión educativa suele comenzar y terminar en lo administrativo.
Hablamos de cobertura cuando deberíamos hablar también de conocimiento. De infraestructura cuando deberíamos hablar de carácter. De tecnología cuando deberíamos hablar de pensamiento. De currículo cuando deberíamos preguntarnos qué clase de ciudadano queremos formar.
La pregunta fundamental no es cuánto aprende un estudiante.
Es en qué clase de ser humano se convierte mientras aprende.
Hay una palabra que ha ido desapareciendo silenciosamente de nuestro vocabulario educativo: disciplina.
No hablo de la disciplina entendida como obediencia ciega, castigo o sometimiento. Hablo de la disciplina como una forma superior de libertad: la capacidad de hacer aquello que debe hacerse incluso cuando no se desea hacerlo.
Una nación que no enseña a sus jóvenes a dominarse a sí mismos termina enseñándoles, inevitablemente, a ser dominados por algo: por el consumo, por la moda, por el algoritmo, por la propaganda, por la multitud, por el resentimiento, por la recompensa inmediata.
La verdadera educación debería producir hombres capaces de decirle no a sus propios impulsos.
Porque quien no puede gobernarse difícilmente podrá gobernar una institución, una empresa, una comunidad o un Estado.
Y quizá ésta sea una de las grandes ausencias de nuestra escuela: la formación del carácter.
Se enseñan asignaturas; no siempre se forman personas.
También hemos cometido otro error más sutil: hemos confundido educación con información.
El mundo contemporáneo ha hecho casi imposible la ignorancia factual. Un teléfono contiene más datos de los que un hombre del siglo XIX podía acumular durante toda su vida. Sin embargo, jamás habíamos necesitado tanto como ahora la sabiduría.
Saber dónde ocurrió una batalla no equivale a comprender la guerra.
Saber quién gobernó un país no equivale a comprender el poder.
Saber definir la democracia no equivale a saber vivir democráticamente.
Saber citar a Aristóteles no equivale a poseer prudencia.
Saber el nombre de Duarte no equivale a comprender la idea de nación.
Y memorizar una fórmula moral no significa haber adquirido una conciencia moral.
La información llena la memoria.
La educación verdadera transforma el juicio.
Por eso la literatura debería ocupar un lugar mucho más profundo en nuestras aulas.
Un país que deja de leer novelas no solamente pierde lectores: pierde habitantes de otras vidas.
Leer a Dostoievski es entrar en una conciencia desgarrada y descubrir que el mal no siempre tiene el rostro monstruoso que imaginamos.
Leer a Cervantes es descubrir que la realidad puede ser menos firme de lo que creemos.
Leer a Homero es comprender que la humanidad lleva milenios preguntándose por el regreso, la guerra, la gloria y la muerte.
Leer a Shakespeare es descubrir que el poder, el amor, los celos y la ambición no han cambiado tanto como nuestros teléfonos.
Leer a Borges es sospechar que quizá el universo sea un laberinto y que cada hombre lleva dentro de sí otro.
Leer a nuestros propios escritores es reconocernos.
Pero la literatura no debería enseñarse como quien descifra un cadáver: autor, fecha, movimiento literario, obra principal, examen.
Una novela no es un objeto para aprobar.
Es una máquina para transformar la conciencia.
Y luego está la historia.
Una nación que no conoce su historia queda condenada a recibir su identidad de manos ajenas.
El estudiante dominicano debería conocer la Independencia, la Restauración, las ocupaciones extranjeras, las dictaduras, las guerras civiles, las transformaciones económicas y sociales de la República, no para venerar automáticamente a sus protagonistas, sino para interrogarlos.
La historia no debería fabricar santos ni demonios.
Debería fabricar ciudadanos capaces de comprender.
Duarte debe ser estudiado no únicamente como una estatua, sino como un problema: ¿qué significa fundar una nación?
Santana no debería reducirse a una etiqueta: ¿qué ocurre cuando la concepción del orden entra en conflicto con la idea de soberanía?
Bosch no debería ser solamente un capítulo: ¿puede la ética sobrevivir en la política?
Balaguer no debería ser únicamente una figura partidaria: ¿cómo conviven inteligencia, cultura, poder y autoritarismo?
La historia comienza a educar verdaderamente cuando deja de pedir reverencias y comienza a exigir preguntas.
El profesor, por su parte, debería recuperar una dignidad intelectual que ningún salariopuede otorgarle por decreto.
Un maestro no es un funcionario que administra contenidos.
Es un mediador entre el pasado y el porvenir.
Cada profesor tiene, sin saberlo, una pequeña porción del futuro de la República entre sus manos.
Puede enseñar a un niño a odiar el conocimiento o a amarlo.
Puede convertir la pregunta en una molestia o en una aventura.
Puede hacer que un estudiante mediocre se considere condenado a la mediocridad o descubra, quizá por primera vez, que posee una inteligencia que todavía no ha sido despertada.
Por eso la reforma educativa dominicana no puede limitarse a cambiar planes de estudio. Tiene que dignificar la profesión docente, elevar sus exigencias intelectuales, seleccionar cuidadosamente a quienes enseñan y ofrecerles una formación permanente que esté a la altura de la responsabilidad que han recibido.
Una nación no puede aspirar a maestros excelentes si trata la enseñanza como una ocupación secundaria.
Pero existe un problema todavía más profundo.
La escuela dominicana no puede resolver sola aquello que la sociedad se niega a resolver.
El niño aprende en el aula, pero también aprende en la casa, en la calle, en la televisión, en las redes sociales, en la conversación familiar, en el ejemplo de sus dirigentes y en la conducta de los adultos.
No podemos pedirle a una escuela que enseñe honestidad mientras el niño contempla todos los días que la astucia suele ser recompensada.
No podemos pedirle que enseñe civismo mientras los adultos convierten el espacio público en propiedad privada.
No podemos exigirle amor por la lectura si los adultos que lo rodean jamás leen.
No podemos reclamar pensamiento crítico y castigar al joven cada vez que piensa de manera diferente.
La educación no es solamente aquello que el Estado prescribe.
Es aquello que una sociedad admira.
Los jóvenes terminan pareciéndose, en buena medida, a aquello que observan.
Quizá por eso el verdadero fracaso educativo no pueda medirse solamente mediantepruebas.
Hay otra prueba, infinitamente más difícil.
Preguntemos a un joven de dieciocho años:
¿Puedes leer un texto difícil sin abandonar?
¿Puedes permanecer una hora pensando sin mirar el teléfono?
¿Puedes defender una idea sin insultar a quien la contradice?
¿Puedes reconocer que estabas equivocado?
¿Puedes distinguir entre una opinión y un argumento?
¿Puedes leer la historia de tu país sin convertirla en propaganda?
¿Puedes trabajar durante años por algo que todavía no existe?
¿Puedes sacrificar una gratificación inmediata por un bien futuro?
¿Puedes sentir admiración por alguien sin querer imitarlo servilmente?
¿Puedes estar solo sin sentirte vacío?
¿Puedes gobernar tus deseos?
Si la respuesta es afirmativa, quizá estemos frente a una persona educada.
Si es negativa, poco importa cuántos certificados posea.
La República Dominicana no necesita únicamente profesionales.
Necesita ciudadanos.
Necesita médicos que no reduzcan al paciente a una factura; abogados que comprendan que la justicia es algo más grande que la victoria procesal; periodistas que sepan que la verdad no puede subordinarse siempre al clic; empresarios que entiendan que prosperidad y responsabilidad no son enemigos; funcionarios que sepan que el Estado no es botín; maestros que comprendan que cada estudiante es una posibilidad humana irrepetible.
Necesita, sobre todo, una élite intelectual en el mejor sentido de la palabra: no una casta económica, sino una minoría exigente consigo misma, formada por hombres y mujeres que hayan aprendido a pensar, a estudiar, a trabajar y a servir.
La democracia necesita ciudadanos instruidos.
La República necesita ciudadanos virtuosos.
Y el siglo XXI necesita ciudadanos capaces de ambas cosas.
Algún día quizá comprendamos que la reforma educativa más importante no comienza en una oficina ministerial.
Comienza en una conciencia.
Comienza cuando un niño descubre un libro y comprende que existen mundos que no aparecen en ninguna pantalla.
Comienza cuando un profesor decide que no enseñará solamente para que sus alumnos aprueben, sino para que aprendan a pensar.
Comienza cuando un padre entiende que educar no consiste únicamente en alimentar, vestir y proteger, sino también en transmitir disciplina, curiosidad y sentido de responsabilidad.
Comienza cuando una sociedad deja de preguntar cuánto dinero produce una carrera y empieza a preguntar qué clase de hombre produce.
Porque al final de todos nuestros presupuestos, reformas y estadísticas queda una pregunta mucho más antigua que cualquier ministerio:
¿Qué clase de ser humano queremos poner en el mundo?
Si no sabemos responderla, todas las demás preguntas educativas son secundarias.
Y si algún día conseguimos responderla, quizá descubramos que la escuela nunca fue simplemente el lugar donde los niños aprendían a ganarse la vida.
Era el lugar donde una República intentaba decidir qué clase de hombres y mujeres merecía su futuro.



