Opinión

La dictadura de la indignación

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Por Abril Peña

Hay días en los que pareciera que indignarse se ha convertido en una obligación. Antes de terminar el primer café ya existe un video que debemos ver, una declaración que condenar, alguien a quien defender y, casi siempre, alguien a quien destruir. No basta con enterarse: hay que reaccionar y hacerlo rápido. Esperar el contexto, escuchar otra versión o simplemente pensar antes de opinar se ha convertido casi en una rareza.

Vivimos bajo lo que podríamos llamar la dictadura de la indignación. No porque indignarse sea malo. Hay injusticias y abusos frente a los cuales la indiferencia sería cuestionable. El problema comienza cuando la indignación deja de ser una respuesta ante lo extraordinario y se convierte en nuestro estado emocional permanente y, peor aún, en entretenimiento.

Las plataformas, los medios, los políticos, las marcas y los creadores compiten por nuestra atención y el conflicto funciona. Una explicación serena difícilmente compite con una pelea y un análisis de varios minutos tiene problemas para sobrevivir frente a quince segundos convenientemente recortados. Hasta nuestro lenguaje cambió: alguien ya no responde, “explota”; no contradice, “destroza”; no cuestiona, “humilla”. Cada día aparece un nuevo escándalo que parece importantísimo durante unas horas hasta que otro ocupa su lugar.

Pero quizás estamos mirando solamente una parte del fenómeno. Hablamos mucho de cómo nos comportamos en las redes y bastante menos de cómo años viviendo dentro de ellas pueden estar influyendo en nuestro comportamiento fuera de las pantallas.

Ya prácticamente no “entramos” a internet. Vivimos conectados. Trabajamos, compramos, estudiamos, nos informamos, discutimos, buscamos pareja, hacemos negocios y nos entretenemos dentro del mismo ecosistema digital. Y aunque conservamos capacidad de elección, esa elección no ocurre en el vacío. Los algoritmos aprenden de nuestras interacciones y deciden buena parte de lo que colocan frente a nosotros. Haber visto dos o tres contenidos por simple curiosidad puede ser suficiente para comenzar a recibir decenas relacionados con el mismo asunto, hasta crear la sensación de que aquello que la plataforma identificó como nuestro interés constituye una parte mucho mayor de la realidad de lo que verdaderamente es.

No estamos ante un fenómeno completamente nuevo. La publicidad lleva décadas estudiando cómo estimular el consumo y los productos culturales han participado históricamente en la difusión de modelos de belleza, éxito, sexualidad, patriotismo, relaciones personales y estilos de vida. Por supuesto que las personas conservamos capacidad crítica y ningún contenido determina automáticamente nuestra conducta.

Pero sería extraño aceptar que horas de publicidad pueden influir en lo que compramos y que años de exposición a determinados modelos culturales pueden influir en nuestras aspiraciones, para después asumir que pasar varias horas diarias dentro de un ecosistema digital no deja ninguna huella sobre nuestra manera de relacionarnos.

Ni siquiera nuestra fascinación por el conflicto es nueva. Roma tenía su pan y circo y multitudes acudían a observar espectáculos violentos que hoy nos resultarían inconcebibles. La fascinación humana por el conflicto no nació con el algoritmo; el algoritmo aprendió a explotarla a una escala y con una precisión que Roma jamás pudo imaginar. La gran diferencia es que aquel espectáculo terminaba cuando el ciudadano abandonaba la arena. El nuestro cabe en un bolsillo, nos acompaña al trabajo, llega a nuestra cama y vuelve a estar frente a nosotros segundos después de despertar.

Durante años internet permitió además comportamientos que difícilmente reproducíamos cara a cara. Desde detrás de una pantalla insultábamos, ridiculizábamos y hablábamos con desconocidos de una manera en que probablemente jamás lo hubiéramos hecho sentados frente a ellos. Existía una frontera bastante clara entre la conducta digital y la vida cotidiana. Esa frontera prácticamente desapareció.

Y aquí surge la pregunta que realmente me interesa: ¿estamos trasladando a la vida real los códigos de comportamiento que normalizamos en las redes? ¿Tiene alguna relación este ecosistema permanentemente confrontativo con que estemos más ariscos, más explosivos ante cualquier “quítame esta paja”, más bravucones y menos capaces de sostener una conversación con alguien que piensa diferente sin convertirlo en enemigo?

No pretendo atribuirle a un algoritmo todos los males de la convivencia moderna. La agresividad, la intolerancia y la polarización existían mucho antes de Facebook, X, Instagram o TikTok. Pero tampoco me parece razonable pensar que podemos permanecer durante años varias horas al día dentro de un ambiente que premia determinadas conductas sin que absolutamente nada de aquello termine acompañándonos cuando apagamos la pantalla.

Quienes trabajamos en comunicación tampoco estamos fuera del problema. Nosotros decidimos diariamente si explicamos un acontecimiento o lo explotamos, si contextualizamos una declaración o escogemos los segundos que garantizan la controversia. Después no podemos sorprendernos de que una sociedad acostumbrada a consumir el desacuerdo como espectáculo comience también a comportarse como si cualquier diferencia necesitara vencedores y vencidos.

Quizás la gran paradoja de nuestro tiempo sea esa. Creamos un espacio donde podíamos decir y hacer cosas que las normas sociales contenían en la vida presencial y, después de vivir durante años dentro de él, podríamos estar trasladando parte de aquella conducta nuevamente hacia la calle.

No tengo la pretensión de resolver aquí una relación tan compleja. Pero sí creo que deberíamos empezar a hacernos una pregunta que va mucho más allá del tiempo que pasamos mirando una pantalla. Durante años nos hemos preocupado por lo que hacemos nosotros en las redes. Quizás ha llegado el momento de preguntarnos también qué están haciendo las redes con nosotros.