Editorial

La crisis de confianza: cuando la tribu deja de cuidarnos

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@abrilpenaabreu

Cada vez que un hecho violento revela que el peligro no llegó desde fuera, sino desde el círculo de confianza de la víctima, junto con la indignación aparece una conclusión cada vez más frecuente: no se puede confiar en nadie. La frase, repetida después de asesinatos, robos, estafas, conflictos familiares y traiciones profesionales, comienza a trascender la prudencia para convertirse en síntoma de un problema social más profundo: la erosión de la confianza.

El caso del merenguero Julián Oro Duro volvió a colocar esa inquietud sobre la mesa. Su esposa, Zeneida Socorro Castillo, murió durante el violento asalto en su residencia y el artista resultó herido. Según las informaciones ofrecidas por la Policía Nacional durante la investigación, entre los señalados figuraban personas que habían mantenido vínculos laborales con el artista o su entorno. El dato resulta especialmente perturbador porque transforma la percepción del peligro: ya no se trata únicamente del desconocido que llega desde fuera, sino de alguien que puede conocer la casa, las rutinas y las vulnerabilidades de quienes viven en ella.

No es, lamentablemente, un fenómeno desconocido. Amigos que estafan a amigos, socios que roban a socios, familias destruidas por una herencia o una propiedad, empleados que utilizan información privilegiada para delinquir. Y sin necesidad de llegar al crimen están las pequeñas traiciones cotidianas: confidencias convertidas en armas, información llevada maliciosamente de un lugar a otro y envidias profesionales que terminan transformándose en obstáculos colocados deliberadamente en el camino ajeno.

La respuesta social ha sido construir un extenso manual de supervivencia: no hablar de dinero, no contar los planes antes de realizarlos, evitar mostrar lo que se posee, tener cuidado con quien entra a la casa, limitar la información que conocen empleados y conocidos y desconfiar incluso de determinadas relaciones familiares o comerciales. Buena parte de esos consejos son sensatos. El problema aparece cuando, sumados, terminan transmitiendo un único mensaje: mientras menos confíes, más seguro estarás.

¿Pero puede una sociedad vivir de esa manera? La prudencia es necesaria; la paranoia tiene un costo. Ninguna comunidad funciona sin confianza. Confiamos nuestros hijos a otras personas, permitimos que trabajadores entren a nuestros hogares, delegamos responsabilidades en compañeros, compartimos patrimonio con socios y revelamos nuestras vulnerabilidades a familiares y amigos. Pretender eliminar todo riesgo implicaría también eliminar buena parte de los vínculos sobre los cuales construimos la vida en sociedad.

Durante prácticamente toda la historia humana, pertenecer a una tribu significó protección. La supervivencia dependía de cooperar, compartir recursos y defender colectivamente al grupo. Por eso resulta tan inquietante la sensación contemporánea de que la propia tribu puede convertirse en amenaza: que quien conoce nuestras vulnerabilidades pueda utilizarlas en nuestra contra, que el éxito ajeno sea interpretado como una amenaza y que la cercanía termine proporcionando las herramientas para perjudicar.

La respuesta, sin embargo, no puede ser sospechar de todo empleado, amigo, compañero o familiar. Sería injusto y, además, terminaría destruyendo aquello que pretendemos proteger.

Quizás lo que necesitamos recuperar sean los límites.

Humanizar las relaciones laborales nunca debió significar borrar completamente la frontera entre empleado y empleador. Querer a un amigo no obliga a contarle cada proyecto. Ser familia no concede acceso ilimitado a la intimidad. Ayudar a alguien tampoco exige entregarle las llaves de todas nuestras vulnerabilidades. La confianza puede convivir perfectamente con la discreción.

El desafío de estos tiempos, por tanto, no debería ser aprender a no confiar, sino aprender a confiar mejor: establecer límites, proteger información sensible, observar comportamientos, separar los espacios personales de los profesionales y comprender que cercanía no significa acceso irrestricto.

Existe una enorme distancia entre la ingenuidad y la paranoia. En medio está la prudencia. Porque una sociedad en la que nadie cuenta nada, todos sospechan de todos y cada hogar termina convertido en una fortaleza quizás parezca más segura, pero también será una sociedad más fría, aislada y sola.

El ser humano continúa necesitando comunidad, cooperación, afecto y pertenencia. Continúa necesitando una tribu. Lo que estos tiempos parecen exigirnos es aprender mejor a quién dejamos entrar en ella.

Porque vivir confiando ciegamente puede ser peligroso, pero una sociedad que deja de confiar en todo el mundo corre un riesgo diferente: terminar destruyendo los vínculos que hacen posible vivir juntos.