Opinión

La degradación desde arriba y desde abajo

Juan Rivera es….


Todavía estamos a tiempo


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Las recientes reflexiones del padre Rogelio Cruz sobre el deterioro social y moral de la República Dominicana merecen atención. Comparto el fondo de su preocupación, aunque introduciría una precisión importante: no creo que la sociedad dominicana, en su conjunto, haya alcanzado todavía el grado de descomposición que pudiera desprenderse de ese diagnóstico.

Sí existe un segmento preocupante que parece ir a la deriva. Más grave aún: se han creado condiciones para que determinados códigos de conducta, hasta hace poco marginales, se extiendan con rapidez si no reaccionamos.

Pero para entender lo que ocurre debemos aceptar una verdad que no cae bien: la degradación no viene solamente desde abajo. También baja desde arriba.

Sería demasiado fácil atribuir la pérdida de valores exclusivamente a determinados sectores populares, a la música urbana, a las redes sociales, al lenguaje de la calle o a fenómenos culturales recientes que escandalizan a una parte de nuestra sociedad.

Hay deterioro en los barrios, ciertamente. Pero también lo hay en los partidos políticos, en las instituciones públicas, en determinados círculos empresariales y en sectores de nuestras élites.

Cambian el vocabulario, los modales, los restaurantes y hasta la vestimenta. El principio deformador, sin embargo, puede ser exactamente el mismo: sustituir mérito, preparación, ética, trabajo y responsabilidad por dinero, conexiones, privilegios y beneficio personal.

Estamos frente a una enfermedad social que todavía puede ser contenida, pero cuyas células comienzan a multiplicarse. Y si queremos detenerla, tendremos que examinar sus causas, no limitarnos a condenar sus manifestaciones más ruidosas.

El fenómeno popularmente identificado como “Foke” no apareció de la nada. Llegó después. Es, en buena medida, consecuencia y síntoma antes que causa.

Mucho antes de esa expresión cultural, los propios partidos políticos habíamos comenzado a abrirle las puertas al tigueraje: al banquista transformado súbitamente en dirigente; al “dame lo mío”; al “hay que buscársela”; a “la logística” convertida en requisito para participar, y al perverso criterio de: “vamos a poner a este porque tiene la paca”.

Ahí comenzó una parte importante del problema.

Luego apareció otra deformación: convertir el partido y posteriormente el Estado en instrumentos para pagar compromisos privados.

“Pon a mi mujer”.
“Pon a mi hijo”.
“Pon a mi querida”.
“Pon a mi chofer”.

Lo verdaderamente grave no son las frases. Es la concepción del poder que revelan.

El Estado deja de ser patrimonio de todos y comienza a ser visto como un botín disponible para quienes circunstancialmente lo administran.

Pero sería injusto colocar toda la responsabilidad sobre quienes reproducen esa cultura desde abajo. Porque mientras abríamos las puertas al tigueraje, desde arriba se desarrollaba otra degeneración: una suerte de popicracia gubernamental.

Personas promovidas a posiciones públicas más por apellido, relaciones sociales, apariencia, padrinazgo o proximidad a determinados círculos de poder que por preparación, experiencia, trayectoria o vocación de servicio.

Y aquí conviene ser claros: tan pernicioso es creer que alguien merece una posición porque “tiene la paca” como asumir que otro está naturalmente destinado a dirigir un ministerio porque pertenece a una familia influyente, estudió en determinado colegio o frecuenta los círculos adecuados.

Parecen extremos opuestos.

No lo son.

Son dos expresiones de la misma enfermedad: el desprecio por el mérito.

Cuando conocimiento, experiencia, capacidad, trayectoria, honestidad y compromiso dejan de ser criterios determinantes para seleccionar dirigentes y funcionarios, la sociedad recibe un mensaje devastador: prepararse sirve menos que tener dinero; trabajar sirve menos que tener conexiones; perseverar sirve menos que contar con un padrino.

Y las sociedades también aprenden de los malos ejemplos.

A esta crisis debemos agregar la responsabilidad de determinados sectores empresariales que, en ocasiones, confunden la legítima iniciativa privada con la voracidad económica.

La empresa privada es indispensable para el desarrollo de cualquier sociedad moderna. Produce, invierte, innova, paga salarios, crea empleos y genera riqueza.

Pero el mercado no puede convertirse en una selva donde todo quede justificado por la rentabilidad.

Cuando el afán de lucro desconoce la dignidad del trabajador; cuando el poder económico intenta capturar decisiones públicas; cuando algunos procuran privatizar las ganancias mientras socializan las pérdidas; cuando se pretende convertir la influencia económica en poder político sin controles, dejamos de hablar de libre empresa responsable y comenzamos a acercarnos al capitalismo salvaje.

Por eso el problema no está solamente en el barrio.

Está también en la oficina donde se negocia un privilegio.

En el dirigente que exige “lo suyo”.

En quien compra influencia política.

En el funcionario que distribuye cargos entre familiares, amigos y relacionados.

En el empresario que entiende que ganar dinero justifica cualquier método.

Y está en la élite que exige disciplina, sacrificio y educación a los pobres mientras considera absolutamente naturales sus propios privilegios.

La regeneración moral que necesitamos, por tanto, no puede ser selectiva.

No podemos exigir valores hacia abajo mientras toleramos privilegios, incompetencia, tráfico de influencias y ausencia de escrúpulos hacia arriba.

Los partidos políticos tenemos una responsabilidad especial.

Durante décadas fueron espacios de formación ciudadana, discusión ideológica, educación política y construcción de liderazgos. Hoy corremos el peligro de reducirlos a simples maquinarias electorales obsesionadas con reunir dinero, movilizar votantes y conquistar posiciones públicas.

Cuando un partido recompensa más al que aporta dinero que al que aporta ideas, sacrificio y trabajo; cuando el recién llegado desplaza al militante de trayectoria porque posee mayores recursos; cuando el tránsfuga recibe más honores que quien permaneció defendiendo principios durante años, estamos impartiendo una pedagogía política profundamente destructiva.

Después nos sorprendemos porque los jóvenes reproducen exactamente los mismos códigos.

Pero los jóvenes miran.

Observan.

Aprenden.

Si desde la política les enseñamos que todo tiene precio, no podemos escandalizarnos cuando preguntan cuánto les toca.

Si les enseñamos que una posición se compra, no podemos exigirles después militancia basada en ideales.

Si ven que el mérito pierde constantemente frente al dinero, al apellido, la influencia o el padrinazgo, tampoco podemos pedirles que crean ciegamente en el esfuerzo.

Una generación no aprende solamente de lo que sus mayores predican. Aprende, sobre todo, de lo que ve que sus mayores premian.

A pesar de todo, sigo siendo optimista.

La República Dominicana conserva enormes reservas morales.

Millones de dominicanos se levantan cada mañana a trabajar honestamente. Padres y madres realizan sacrificios extraordinarios para educar a sus hijos. Hay maestros, profesionales, empresarios responsables, agricultores, obreros, religiosos, dirigentes comunitarios y servidores públicos que todavía creen que hacer lo correcto tiene valor aunque nadie esté mirando.

Ese país también existe.

Y probablemente sigue siendo mayoría.

Por eso creo que todavía estamos a tiempo.

Pero necesitamos algo más que discursos sobre valores. Necesitamos un gran regreso moral que comience por la política y alcance al Estado, al empresariado y a toda la sociedad.

Los partidos deben volver a ser escuelas de ciudadanía.

El Estado debe restablecer el mérito como principio y no como excepción.

El empresariado debe asumir que la riqueza también genera responsabilidades.

Y la ciudadanía debe dejar de considerar normal aquello que, por repetirse durante demasiado tiempo, terminamos normalizando.

La pregunta fundamental, entonces, no puede ser únicamente quién ganará las próximas elecciones.

Hay otra pregunta anterior y mucho más importante:

¿Qué país recibirá quien las gane?

Porque si no corregimos el rumbo, puede llegar el momento en que nuestras grandes disputas electorales consistan simplemente en decidir quién tendrá el privilegio de conducir el barco mientras se hunde.

Todavía podemos evitarlo.

Todavía podemos reparar el timón, recuperar la brújula moral y cambiar el rumbo.

Pero el tiempo no es infinito.

Hay que comenzar ahora.