Editorial

La Cumbre de las Américas: dignidad, estrategia y realidad

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@abrilpenaabreu

La Cumbre de las Américas siempre ha sido un espacio de concertación hemisférica, un intento —a veces genuino, a veces simbólico— por mantener un diálogo político entre las naciones del continente. En esta edición, tres países no fueron invitados. Muchos lo interpretan como una maniobra para complacer la agenda de Estados Unidos, pero lo cierto es que ninguno de esos tres cumple con los requisitos mínimos de la democracia que todos conocemos y valoramos. En otras palabras, su exclusión no fue solo impuesta: también ha sido, en parte, una autoexclusión que se repite en otras instancias internacionales.

Dicho esto, República Dominicana debe actuar con prudencia. Aunque no podemos forzar la asistencia de nadie, el éxito diplomático de nuestra participación dependerá de algo crucial: que la mayoría de los jefes de Estado —no solo cancilleres— asistan. Si las grandes economías del continente deciden enviar representantes de bajo nivel o excusarse con pretextos, la cumbre corre el riesgo de enviar un mensaje de debilidad y podría poner en entredicho nuestro liderazgo regional.

No se trata de sumisión ni de genuflexión ante Washington. Se trata de entender que vivimos en un mundo de realidades asimétricas, donde la prudencia estratégica vale más que el discurso vacío. Estados Unidos es una potencia global y, nos guste o no, sus decisiones siguen teniendo efectos directos en la región. Mantener una relación de cooperación sin renunciar a la soberanía es el verdadero desafío.

República Dominicana le es útil a Washington en la medida en que puede ser aliada o al menos no obstáculo para sus intereses. Nuestra tarea es llevar una agenda propia en paralelo, procurando avanzar los intereses nacionales sin entrar en conflicto directo con los de la primera potencia del mundo. No es sencillo, pero es lo que impone la realidad del tablero geopolítico actual.

Si logramos que las mayores economías del continente participen activamente, fortalecemos nuestra posición. Pero si la cumbre se debilita por ausencias notorias, ninguna estrategia comunicacional podrá revertir el daño simbólico. Las naciones que, por una “dignidad mal entendida” o un revanchismo sin sentido, decidan aislarse, solo lograrán perder espacio y oportunidad.

En diplomacia, estar presente es también una forma de resistencia. Quien se ausenta se borra. Quien se sienta a la mesa, aunque no imponga su agenda, al menos puede defenderla. En este escenario incierto, lo inteligente no es abandonar el territorio, sino permanecer, participar y tratar de salvar lo salvable. Porque si algo ha demostrado la historia reciente, es que separados, América Latina y el Caribe tienen poca fuerza. Juntos, tal vez —solo tal vez— puedan construir puntos en común.

Y si no, bueno… que Dios reparta suerte.