Opinión

Keiko Fujimori: entre el peso de la historia y la promesa de un nuevo Perú

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Por Rosanna Barrera

Hay elecciones que enfrentan candidatos. Otras enfrentan ideas. Y algunas, como la que vive hoy Perú, enfrentan a un país con su propia historia.

La figura de Keiko Fujimori trasciende la de una simple candidata presidencial. Su nombre evoca uno de los capítulos más determinantes, complejos y controvertidos de la política peruana contemporánea. Para millones de peruanos representa la posibilidad de recuperar el orden, la estabilidad y la confianza en las instituciones. Para otros, simboliza el retorno a una etapa marcada por profundas controversias políticas que aún generan división en la sociedad.

La pregunta que sobrevuela esta elección no es únicamente si Keiko puede llegar al Palacio de Gobierno. La verdadera interrogante es si Perú está dispuesto a reencontrarse con una parte de su pasado para intentar construir su futuro.

La historia comienza con su padre, Alberto Fujimori, posiblemente la figura política más influyente y discutida de las últimas décadas en Perú. Cuando llegó al poder en 1990, el país atravesaba una de las peores crisis de su historia. La economía se encontraba prácticamente colapsada, la inflación castigaba a las familias y el terrorismo de Sendero Luminoso amenazaba la estabilidad nacional.

Bajo su liderazgo, Perú logró estabilizar su economía, reducir la inflación y recuperar el control frente a la amenaza terrorista que mantenía al país sumido en el miedo. Muchos ciudadanos recuerdan aquellos años como el período en que el Estado recuperó autoridad y sentó las bases del crecimiento económico que posteriormente convertiría a Perú en una de las economías más dinámicas de América Latina.

Pero la historia no termina ahí.

El gobierno de Alberto Fujimori también quedó marcado por decisiones que dividieron profundamente a la sociedad peruana. El cierre del Congreso en 1992, la concentración de poder en el Ejecutivo, los casos de corrupción y las posteriores condenas judiciales por violaciones a los derechos humanos transformaron su legado en uno de los más debatidos de toda la región.

Por eso, hablar del fujimorismo en Perú sigue siendo hablar de una herida política que nunca terminó de cerrarse. Para unos fue el liderazgo que rescató al país del caos. Para otros, representó una peligrosa erosión de las instituciones democráticas.

Es precisamente en medio de esa dualidad donde emerge Keiko Fujimori.

Desde muy joven estuvo vinculada a la vida pública y, con el paso de los años, se convirtió en la principal heredera política del fujimorismo. Ha sido candidata presidencial en varias ocasiones y ha construido una estructura partidaria que continúa siendo una de las más organizadas e influyentes del país.

Sin embargo, enfrenta un desafío singular: construir una identidad propia sin poder desprenderse completamente de la historia que la llevó hasta donde está.

Su apellido le abre puertas y le cierra otras. Le garantiza una base electoral sólida, pero también le recuerda constantemente al país los episodios más polémicos del pasado. Hereda fortalezas y debilidades en la misma proporción.

La elección de este domingo llega después de una década particularmente turbulenta para Perú. En pocos años, el país ha visto pasar varios presidentes, renuncias, destituciones, enfrentamientos entre el Ejecutivo y el Congreso, protestas masivas y una creciente desconfianza ciudadana hacia la clase política.

Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo y Dina Boluarte representan distintas etapas de una crisis institucional que ha puesto a prueba la estabilidad democrática peruana. La constante ha sido la falta de gobernabilidad y la dificultad para construir consensos duraderos.

Ese desgaste explica, en parte, el escenario actual.

A pocas horas de la votación, Keiko Fujimori aparece como una ligera favorita en buena parte de las encuestas conocidas. Su mensaje de orden, seguridad, estabilidad económica y fortalecimiento institucional ha encontrado eco en una población cansada de la incertidumbre política y preocupada por el aumento de la criminalidad y la pérdida de confianza en las instituciones.

Sin embargo, la ventaja es estrecha.

La elección sigue profundamente polarizada. No solo entre derecha e izquierda, sino entre quienes consideran que el fujimorismo representa una solución a la crisis y quienes entienden que su regreso significaría revivir conflictos que el país aún no ha superado.

Del otro lado permanece vivo un fuerte sentimiento antifujimorista que durante años ha demostrado capacidad de movilización electoral. Ese factor convierte la elección en una de las más impredecibles de la historia reciente peruana.

La discusión de fondo es mucho más profunda que una disputa entre candidatos.

_¿Puede una nueva generación del fujimorismo ofrecer estabilidad sin repetir los errores del pasado?_ _¿Es posible rescatar los aspectos positivos asociados a aquella etapa sin reabrir las heridas que todavía dividen al país?_ _¿Puede Perú reconciliarse con su historia sin quedar atrapado en ella?_

Más allá del resultado electoral, estas elecciones representan un ejercicio de memoria colectiva. Los ciudadanos no solo evalúan propuestas de gobierno; también juzgan una historia que sigue viva en el debate nacional.

Por eso, cuando los peruanos acudan mañana de nuevo a las urnas, no estarán decidiendo únicamente quién gobernará los próximos años. Estarán definiendo qué lugar ocupa el pasado en la construcción del Perú que aspiran a legar a las próximas generaciones.

La historia de los Fujimori ha marcado al Perú durante más de tres décadas. Ahora será el propio Perú quien decida si esa historia continúa escribiéndose desde el poder.

Y pocas veces una elección ha reflejado con tanta claridad la tensión entre la memoria y la esperanza.

Porque, en el fondo, la candidatura de Keiko Fujimori plantea una pregunta que trasciende a una familia y a una elección: _¿puede un país reconciliarse con su historia sin renunciar a su futuro?_