@abrilpenaabreu
Hay que reírse a veces, aunque la soberanía de los pueblos y la integridad de su territorio sean asuntos demasiado serios para tomarlos a relajo. La canciller haitiana, Raina Forbin, convocó al embajador dominicano para conversar sobre informaciones relativas a presuntas incursiones de nuestro Ejército en territorio haitiano. Y uno se pregunta: ¿con qué pruebas?
Porque mientras esas informaciones esperan aclaración, Haití enfrenta una tragedia que no necesita demostración: bandas armadas, secuestros, muertes y comunidades sometidas al miedo. Esa pérdida de autoridad sobre su propio territorio debería concentrar los mayores esfuerzos de sus gobernantes.
Desde luego, Haití tiene derecho a pedir explicaciones. La gravedad de su crisis no le quita ese derecho. Pero precisamente porque hablamos de soberanía, corresponde actuar con rigor: identificar los hechos, establecer dónde ocurrieron y presentar las evidencias. Una denuncia de incursión militar no puede descansar en la confusión sobre dónde termina un territorio y comienza el otro.
República Dominicana debe responder con serenidad y firmeza. Que nuestro embajador asista, escuche y solicite las pruebas. Defender nuestra posición también exige claridad.
Lo que resulta cuestionable es esa facilidad para mirar con suspicacia hacia este lado de la frontera, mientras del otro las organizaciones criminales desafían al Estado. Ojalá la diligencia diplomática venga acompañada de una determinación todavía mayor para recuperar las comunidades sometidas por las bandas.
Nuestro país ha brindado asistencia humanitaria y apoyo logístico a los esfuerzos internacionales en Haití. Esa cooperación no nos obliga a cargar con su crisis ni convierte la protección de nuestra frontera en una agresión.
República Dominicana no tiene nada que buscar militarmente en territorio haitiano. Tiene bastante que proteger en el suyo. Y las autoridades haitianas también tienen una responsabilidad frente a esta frontera: impedir que la violencia, el tráfico de armas y las redes criminales amenacen al vecino.
La soberanía exige respeto en ambas direcciones. Y defenderla empieza por recuperar la autoridad dentro de la propia casa.
Porque de poco sirve vigilar las ramas si se está perdiendo el tronco.



