@abrilpenaabreu
Hay funcionarios que parecen nacer con una flor en cierta parte… o quizás habría que preguntarse a qué santo le rezan. Porque, en cualquier otro gobierno, una cadena tan larga de errores de comunicación, anuncios fallidos y retrocesos probablemente habría costado un cargo. Pero aquí algunos parecen tener una capacidad extraordinaria para sobrevivir políticamente.
Y si hay un caso que ha generado conversación pública, es el de Milton Morrison.
Desde el episodio del ‘huevo del muro’ en el Malecón —que terminó incluyendo hasta una improvisada lección de trigonometría— pasando por las cuestionadas afirmaciones sobre la supuesta reducción de los tapones, hasta el episodio de los motoristas, donde primero se anunció el uso obligatorio de dos cascos y luego hubo que desmontar el mensaje… pareciera existir un patrón: anunciar primero, explicar después y corregir al final.
Y por si fuera poco, esta semana ocurrió otro episodio incómodo: la decisión de finalmente flexibilizar el absurdo requisito de renovar licencias por apenas dos años a mayores de 65, una medida que fue , una instrucción presidencial dada hace tiempo. Es decir, una orden que habría tardado años en ejecutarse y que solo terminó materializándose cuando el tema se convirtió en tendencia negativa.
Aquí la pregunta ya no es solo sobre un funcionario. Es una pregunta sobre gestión política.
Porque un gobierno no se desgasta únicamente por grandes escándalos. También se erosiona por pequeñas crisis repetidas, por mensajes contradictorios, por decisiones mal comunicadas y por la sensación de improvisación.
Y el problema es que, cada vez que ocurre uno de estos episodios, quien termina saliendo a apagar el incendio es el presidente Luis Abinader. Como el Chapulín Colorado de la administración pública: entrando de emergencia a sacar las castañas del fuego.
La pregunta es inevitable: ¿hasta qué punto un presidente puede seguir corrigiendo a funcionarios sin que eso empiece a proyectar una imagen de descoordinación interna?
Porque gobernar también es gobernar el mensaje. Y cuando un funcionario se convierte más en un problema comunicacional que en una solución de gestión, la discusión deja de ser personal… y pasa a ser política.”



